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Abismo de Pasion Capitulo 20

7068 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 20

Sofía se recargó en el balcón de su departamento en Polanco, con la brisa nocturna de la Ciudad de México revolviéndole el cabello suelto. Las luces de los autos en Reforma parpadeaban como estrellas caídas, y el aroma a jazmín de su jardín vertical se mezclaba con el humo lejano de algún asador en la colonia. Hacía una semana que Marco había volado a Guadalajara por negocios, y cada noche sin él había sido un vacío que le picaba en el pecho. Ya viene, mi chulo, pensó, mientras checaba el reloj en su teléfono. Su piel se erizaba solo de imaginarlo: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la desarmaba.

El sonido de la llave en la cerradura la hizo voltear de golpe. Ahí estaba Marco, con su maleta en una mano y un ramo de rosas rojas en la otra. Sus ojos cafés se clavaron en ella como si no la hubiera visto en años. "¡Mi amor!" exclamó él, dejando todo en el piso para correr hacia ella. La abrazó fuerte, su cuerpo duro presionando contra el de ella, y Sofía inhaló profundo su colonia mezclada con el sudor del viaje. Olía a hombre, a aventura, a él.

"Te extrañé tanto, pendejo", murmuró ella contra su cuello, mordisqueando juguetona la piel salada. Marco rio bajito, esa risa ronca que le vibraba en el pecho y se le colaba hasta el alma. La cargó en brazos como si no pesara nada y la llevó adentro, cerrando la puerta con el pie. En la sala, con la luz tenue de las velas que ella había encendido, se besaron por primera vez esa noche. Sus labios se devoraron: suaves al principio, luego urgentes, con lenguas que bailaban y exploraban cada rincón. Sofía sintió el calor subirle por el vientre, un cosquilleo que le humedecía las bragas de encaje negro que se había puesto solo para él.

Se sentaron en el sofá de piel blanca, con una botella de tequila reposado y dos vasos. Marco sirvió, chocaron los cristales con un tintineo suave. "Por nosotros, mi reina", dijo él, y bebió un trago que le dejó los labios brillantes. Sofía lo imitó, el líquido ardiente bajándole por la garganta como fuego líquido, despertando todos sus sentidos. Hablaron de su viaje, de lo que extrañaba su cama, su cuerpo. Pero las palabras se volvieron susurros, las manos inquietas. La de él subió por su muslo, bajo la falda corta de algodón, rozando la piel sensible del interior.

Qué rico se siente su toque, como si me quemara por dentro. No aguanto más
, pensó ella, abriendo las piernas un poco más.

Marco la miró con ojos en llamas. "Vamos a la recámara, ¿va?" No esperó respuesta; la levantó de nuevo, besándola mientras caminaban. El pasillo olía a vainilla de la vela que ardía en la mesita. En la habitación, la cama king size con sábanas de satín gris los esperaba, iluminada por la luna que se colaba por las cortinas entreabiertas. Marco la dejó con gentileza sobre el colchón, y se quitó la camisa despacio, revelando el pecho torneado, los abdominales marcados por horas en el gym. Sofía se lamió los labios, saboreando de antemano el salado de su piel.

Se acercó gateando, besando su abdomen, bajando hasta el botón del pantalón. Lo desabrochó con dientes, oyendo su jadeo ronco. "¡Órale, Sofi, me vas a matar!" El zipper bajó con un zumbido lento, y ella liberó su verga dura, palpitante, con venas que latían bajo la piel suave. La tomó en la mano, sintiendo el calor, la rigidez. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y ligeramente almendrado del precum. Marco gruñó, enredando los dedos en su pelo. Esto es el paraíso, su boca es puro fuego, pensó él, pero Sofía no lo oyó; estaba perdida en el ritmo, chupando, succionando, con la lengua girando alrededor del glande hinchado.

Él no aguantó mucho. La jaló hacia arriba, quitándole la blusa con urgencia. Sus tetas saltaron libres, pezones rosados ya duros como piedritas. Marco las devoró, mamando uno mientras pellizcaba el otro, haciendo que Sofía arqueara la espalda con un gemido largo. "¡Ay, cabrón, sí!" El aire se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas, del roce de piel contra piel, del olor almizclado de su excitación creciente. Ella se quitó la falda y las bragas de un tirón, quedando desnuda, expuesta, poderosa en su vulnerabilidad.

Marco se desvistió completo, su cuerpo atlético brillando con sudor fino bajo la luz plateada. Se tendió sobre ella, piel con piel, corazón latiendo contra corazón. Se besaron lento ahora, saboreando el momento. Sus manos exploraron: la de él bajando por su espalda hasta las nalgas redondas, apretándolas, separándolas un poco para rozar su ano con un dedo juguetón. Sofía jadeó, el placer eléctrico subiéndole por la espina.

Siento su verga presionando mi entrada, dura como acero, lista para hundirse en mí. Quiero que me llene, que me rompa de placer
.

Él se posicionó, la punta rozando sus labios húmedos, empapados de jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Ambos gimieron al unísono. "¡Qué chingón te sientes, mi amor! Tan apretadita, tan caliente", gruñó Marco, empezando a moverse. Ritmo lento al principio, salida y entrada profunda, sintiendo cada pliegue de su coño abrazándolo. Sofía clavó las uñas en su espalda, oliendo el sudor que perlaba su piel, probando el sal en su hombro cuando lo mordió.

La intensidad creció. Él aceleró, embistiéndola con fuerza, la cama crujiendo bajo ellos, cabezales golpeando la pared con thuds rítmicos. Sofía levantó las caderas, encontrando cada thrust, su clítoris rozando su pubis peludo. El placer se acumulaba como una ola, tenso, inminente. "¡Más duro, pendejo, dame todo!" gritó ella, y Marco obedeció, sudando, gruñendo, sus bolas golpeando su culo con palmadas húmedas. El cuarto apestaba a sexo: almizcle, sudor, el dulzor de sus fluidos mezclados.

El orgasmo la golpeó primero, un estallido que la hizo convulsionar, el coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos. "¡Me vengo, ay Dios!" chilló, lágrimas de placer en los ojos, el mundo explotando en colores. Marco la siguió segundos después, hundiéndose profundo, chorros calientes inundándola, su rugido gutural llenando el aire. Se derrumbó sobre ella, exhaustos, pegajosos, perfectos.

Se quedaron así un rato, respiraciones calmándose, corazones enlenteciéndose. Marco se salió con un pop suave, y un hilo de semen mezclada con sus jugos corrió por el muslo de Sofía. Él lo limpió con ternura con los dedos, lamiéndolos después. "Deliciosa", murmuró. Se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, su brazo alrededor de su cintura, piernas entrelazadas.

Sofía sonrió en la oscuridad, trazando círculos en su pecho. Abismo de pasión, capítulo 20 de nuestra historia infinita, pensó, mientras el sueño los envolvía. Mañana sería otro día, pero esta noche, en el fondo de su deseo, habían tocado el cielo.

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