El Color de la Pasión Capítulo 28
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de encaje del balcón en mi suite del hotel en Playa del Carmen, tiñendo todo de un rojo pasión que me erizaba la piel. Hacía semanas que no veía a Marco, mi amante secreto, ese hombre que me hacía temblar con solo una mirada. El color de la pasión capítulo 28 de nuestra historia empezaba aquí, en esta habitación perfumada con jazmín y sal marina. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, ansioso por su llegada.
Me había puesto ese vestido negro ajustado que él adoraba, el que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. Nada de lencería complicada, solo unas tanguitas de encaje rojo que asomaban juguetones si me agachaba. Me miré en el espejo, pasé las manos por mis chichis firmes y mi culo redondo. Neta, estoy para comerme viva, pensé, mientras el aroma de mi perfume, mezcla de vainilla y almizcle, me envolvía. El sonido de las olas rompiendo en la playa de fondo me ponía cachonda, recordándome noches pasadas en la arena, con su boca devorándome.
La puerta se abrió con un clic suave. Ahí estaba Marco, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho velludo y bronceado. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis labios pintados de rojo fuego.
"Mamacita, ¿me extrañaste?", murmuró con esa voz ronca que me derretía, cerrando la puerta y avanzando hacia mí como un tigre en cacería.
"Órale, pendejo, ¿crees que no? Ven pa'cá", le respondí, tirando de su camisa para pegarlo a mí. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Sentí su verga dura presionando contra mi vientre, gruesa y lista, mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas, levantándome un poquito del suelo. El roce de su barba incipiente en mi cuello me hizo gemir bajito, un sonido que vibró entre nosotros.
Nos separamos solo para respirar, jadeantes. Él me miró con esa sonrisa pícara. "Estás más rica que un tamal oaxaqueño en día de fiesta", dijo, y yo reí, sintiendo el calor subir por mi pecho. Pero había tensión, una chispa de lo que nos había separado temporalmente: sus viajes de trabajo, mi inseguridad de que esto fuera solo un desmadre pasajero. "Te juro que esta vez no te suelto, Ana", susurró, besándome el lóbulo de la oreja, enviando chispas por mi espina.
Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y lavanda. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza palpitar bajo mis muslos. Mis manos desabotonaron su camisa del todo, revelando ese torso marcado por horas en el gym, con vello oscuro que me invitaba a lamerlo. "Quítate eso, cabrón", le ordené juguetona, y él obedeció, quitándose los pantalones con prisa. Su calzón boxer tentaba, con una mancha húmeda de pre-semen que me mojó la boca.
Me incliné para besarlo desde el pecho hasta el ombligo, inhalando su olor masculino, sudor fresco mezclado con su loción de sándalo. Mi lengua trazó círculos en su piel salada, bajando lento, torturándolo. Él gruñó, "¡No mames, nena, me vas a matar!", agarrando mis caderas. Sentí mi concha empapada, los labios hinchados rozando la tela de mis tangas, rogando por atención.
Acto dos de nuestra pasión: la escalada. Me quité el vestido de un tirón, quedando en tetas y tanga. Sus ojos se oscurecieron de deseo puro. "Eres mi diosa, Ana", dijo, incorporándose para mamarme un pezón, chupándolo fuerte mientras su mano se colaba entre mis piernas. Sus dedos gruesos separaron mis labios, encontrando mi clítoris hinchado. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras él me masturbaba despacio, círculos expertos que me hacían arquear la espalda.
Esto es lo que necesitaba, su toque que me hace sentir viva, poderosa, pensé, mientras el jugo de mi panocha le empapaba la mano. Le bajé el calzón, liberando su verga venosa, cabezona y reluciente. La tomé en mi mano, masturbándolo firme, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. Él jadeó, "¡Pinche rica, así!", y yo me lamí los labios antes de agacharme para mamársela. Mi boca la envolvió caliente, lengua girando en la cabeza, saboreando su sal precursora. El sonido obsceno de succión llenaba la habitación, mezclado con sus mugidos y el zumbido del aire acondicionado.
Pero no quería acabar así. Lo empujé de espaldas, trepándome encima. Froté mi concha mojada contra su pija, lubricándola con mis fluidos, hasta que la punta abrió mis labios. "Te quiero adentro, Marco, ya", supliqué, y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme delicioso. ¡Ay, cabrón, qué grande estás! El placer me nubló la vista, mis paredes apretándolo como guante.
Cabalgué lento al principio, mis tetas botando con cada movimiento, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. El slap slap de piel contra piel, el olor almizclado de nuestros sexos unidos, el sabor de su beso cuando me incliné... todo me volvía loca. Aceleré, mis caderas girando, clítoris rozando su pubis. Él me ayudaba, embistiéndome desde abajo, "¡Sí, mija, rómpeme!". Sudor perló nuestras pieles, resbaloso y caliente, el cuarto lleno de nuestros gemidos y el crujir de la cama.
La tensión crecía, mi orgasmo asomando como ola gigante. Sus manos en mi culo me guiaban, dedos rozando mi ano juguetón, sin entrar, solo prometiendo. "Voy a venirme, Ana, contigo", gruñó, y eso me empujó al borde. Mi concha se contrajo, chorros de placer me sacudieron, gritando su nombre mientras él explotaba dentro, semen caliente llenándome, pulsando en chorros.
Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su verga aún semi-dura dentro de mí, su mano acariciando mi espalda sudada. El afterglow era perfecto: el sol poniente pintando nuestras pieles de oro, el rumor del mar como arrullo. "Esto es nuestro color de la pasión, capítulo 28 y contando", murmuró él, besándome la frente.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte. Neta, con él me siento completa, empoderada, dueña de mi deseo. No más dudas; esto era real, ardiente, nuestro. El aroma de sexo y mar nos envolvía, prometiendo más capítulos en esta historia infinita.