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Frases de El Diario de una Pasion que Encienden el Alma y el Cuerpo

6857 palabras

Frases de El Diario de una Pasion que Encienden el Alma y el Cuerpo

La lluvia caía a cántaros sobre las calles de la Roma, en el corazón de la Ciudad de México. Ese viernes por la noche, Ana se acurrucaba en el sillón de su departamento, con una taza de chocolate caliente entre las manos. El aroma dulce y espeso se mezclaba con el olor terroso de la tormenta que azotaba las ventanas. Frente a ella, Marco, su carnal de toda la vida, ahora su amante secreto, la miraba con esos ojos cafés que siempre la ponían nerviosa como quinceañera.

«Si estás leyendo esto es porque ya no estoy aquí... Te amé siempre te amaré por siempre»
, recitó Ana en voz baja, recordando frases de la película El Diario de una Pasión que tanto le gustaban. Marco sonrió picoso, acercándose con esa chulería mexicana que la volvía loca.

—Neta, mi reina, ¿todavía te pones romántica con esa película gringa? —dijo él, quitándole la taza y poniéndola en la mesita. Sus dedos rozaron los de ella, un toque eléctrico que le erizó la piel. Ana sintió el calor subirle por el cuello, el pulso acelerado como tambor en fiesta de pueblo.

Era su tercer encuentro así, desde que se reencontraron en una taquería del centro, después de años de ser amigos de la prepa. La tensión había estado ahí siempre, latente, como el picor de un chile que no te deja en paz. Ahora, con la ciudad lavada por la lluvia, el deseo se sentía inevitable.

Marco se sentó a su lado, su muslo fuerte presionando contra el de ella. Olía a jabón fresco y a esa colonia barata que usaba, la que siempre me hace agua la boca, pensó Ana. —Ven, déjame mostrarte cómo se siente esa pasión de verdad —murmuró él, su aliento cálido contra su oreja.

Ana giró el rostro, sus labios a un suspiro de los de él. El sonido de la lluvia era un rugido constante, como si el cielo aprobara lo que iba a pasar. Sus bocas se unieron en un beso lento, profundo, con sabor a chocolate y promesas. Las lenguas danzaron, explorando, saboreando el dulzor compartido. Manos de Marco subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras ella metía las uñas en su camisa, rasgándola un poquito en la urgencia.

Se separaron jadeantes. —Es como en la película, susurró ella, recordando otra de esas frases de la película El Diario de una Pasión:

«Lo que más me duele es que no me elijas a mí»
. Pero Marco no la dejó terminar. La levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la piel morena, y la llevó al cuarto.

La cama era un nido de sábanas revueltas, oliendo a lavanda del detergente que usaba. La dejó caer suave, pero con hambre en los ojos. Ana se quitó la blusa, quedando en panties de encaje negro. Él se desvistió rápido, su verga ya dura asomando por el bóxer, gruesa y venosa, haciendo que ella se mordiera el labio. Qué chingona se ve, pensó, el corazón latiéndole en la entrepierna.

Marco se tendió sobre ella, peso delicioso que la hundía en el colchón. Besos en el cuello, lamidas que dejaban rastros húmedos y fríos al secarse. Bajó a sus pechos, chupando un pezón rosado, endurecido como cereza. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por el trueno afuera. Sus manos enredadas en el pelo negro de él, tirando suave. —¡Ay, Marco, no pares, cabrón! —suplicó, voz ronca de puro antojo.

Él rio contra su piel, vibraciones que le calaban hasta los huesos. —Tranquila, mi amor, esto apenas empieza. Te prometo que será para siempre, dijo imitando la película, y Ana se derritió más. Sus dedos bajaron por su vientre plano, metiéndose en los panties, encontrando la humedad caliente que ya la empapaba. Rozó el clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron retorcerse.

Siento su dedo grueso abriéndome, como si me reclamara entera. El olor de su excitación subía, almizclado y dulce, mezclándose con el sudor que perlaba sus cuerpos. Marco metió un dedo, luego dos, bombeando suave mientras lamía su ombligo, bajando más. Ana jadeaba, caderas alzándose para él, el placer construyéndose como ola en la costa de Acapulco.

Pero quería más. Lo empujó, volteándolo. Ahora ella arriba, cabalgando su torso. Le besó el pecho, saboreando la sal de su piel, mordisqueando pezones oscuros. Bajó, besos en el abdomen marcado por horas en el gym. Llegó a la verga, palpitante, goteando presemen. La lamió desde la base, lengua plana, hasta la cabeza roja. Marco gruñó, manos en su cabeza. —¡Qué rico, Ana, chúpamela toda!

Lo tomó en la boca, succionando profundo, garganta relajada por práctica. El sabor salado, varonil, la volvía loca. Lo mamaba con hambre, bolas en la mano masajeando, mientras él gemía como loco. Esto es poder, tenerlo así, rogando. Pero la tensión en él era palpable, listo para explotar.

Se subió, quitándose los panties. Se sentó en su verga, lenta, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. —¡Dios, qué prieta estás! —gimió él, manos en sus nalgas redondas, amasando. Ana empezó a moverse, vaivén hipnótico, pechos rebotando. El slap de piel contra piel, sus jugos chorreando, el colchón crujiendo. Sudor goteando, mezclándose.

Recordó otra frase:

«No es posible amar a dos personas al mismo tiempo ¿verdad?»
. —Solo tú, Marco, frases de la película El Diario de una Pasión y tú —jadeó ella, acelerando. Él se incorporó, abrazándola, besos fieros mientras embestía desde abajo, verga golpeando su punto G. El placer subía, espiral ardiente, músculos tensándose.

La volteó boca abajo, perrito estilo, su favorito. Entró duro, manos en caderas, jalando pelo suave. Ana gritaba placer, almohada ahogando sonidos. Siento cada vena, cada pulso, me parte en dos de gusto. El olor de sexo llenaba el cuarto, intenso, animal. Marco sudaba sobre ella, gruñendo en su oído: —¡Ven, mi reina, córrete conmigo!

El orgasmo la golpeó como rayo, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes saliendo. Él siguió bombeando, hasta vaciarse dentro, semen caliente inundándola. Colapsaron, entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose con la lluvia que amainaba.

Después, en afterglow, pieles pegajosas, Marco la besó la frente. —Esto es nuestro diario, Ana, una pasión que no se acaba. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

«El amor verdadero no tiene final»
, murmuró, citando de nuevo esas frases que los unían.

La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas. Afuera, México despertaba húmeda y viva, como ellos. Ana sabía que esto era real, no película, pero con la misma intensidad eterna.

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