Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Imágenes de la Pasión de Cristo Película que Despiertan la Lujuria Imágenes de la Pasión de Cristo Película que Despiertan la Lujuria

Imágenes de la Pasión de Cristo Película que Despiertan la Lujuria

6370 palabras

Imágenes de la Pasión de Cristo Película que Despiertan la Lujuria

Era una noche de Semana Santa en el depa de Coyoacán, con la lluvia golpeteando las ventanas como si el cielo estuviera enojado. Yo, Ana, estaba acurrucada en el sofá con mi carnal Carlos, mi novio desde hace dos años. La tele escupía las imágenes de la Pasión de Cristo película, esa que todos ven en estas fechas pero que pocos aguantan completa. El sudor en la frente de Jesús, la sangre resbalando por su piel, los latigazos que crujían como truenos. Neta, esas escenas me ponían los nervios de punta, pero no de miedo, sino de algo más hondo, más caliente.

Carlos tenía el brazo alrededor de mis hombros, su mano rozando apenas mi clavícula. Olía a su colonia barata mezclada con el aroma de los tacos de suadero que nos echamos antes. Órale, qué chido estar así, pensé, mientras la pantalla mostraba a María limpiando la cara de su hijo con un trapo empapado en lágrimas. Mi piel se erizaba, no solo por el aire acondicionado, sino porque el cuerpo de Carlos se pegaba al mío, duro y cálido. Sentía su respiración acelerada contra mi oreja, y su pierna presionando la mía. "¿Te late la peli?", me susurró, su voz ronca como si ya estuviera tramando algo.

"Sí, pero me da cosa... tanta pasión, tanta entrega", respondí, girando la cara para mirarlo. Sus ojos cafés brillaban con la luz parpadeante de la tele, y vi ese destello pícaro que siempre me hace derretir.

¿Y si esta noche nos entregamos nosotros como en esas imágenes? Neta, se me antoja
, se me cruzó por la mente. Él sonrió, ese smile de pendejo tierno que me encanta, y su mano bajó despacito por mi brazo, hasta entrelazar nuestros dedos. La película seguía: los clavos hundiéndose en la carne, gemidos de dolor que sonaban a éxtasis reprimido. Mi corazón latía fuerte, y entre las piernas sentía ese cosquilleo traicionero, húmedo ya.

El ambiente se cargaba como tormenta. Pausamos la peli en una escena donde Cristo carga la cruz, su espalda destrozada reluciendo bajo el sol. Carlos se volteó hacia mí, su boca a centímetros de la mía. "Ana, esas imágenes me prenden... me hacen pensar en ti, en cómo te entregas cuando estamos solos". Su aliento olía a chela Corona, fresco y tentador. Lo jalé por la nuca y lo besé, duro, con lengua explorando su boca como si fuera territorio nuevo. Sus manos subieron por mi blusa, palpando mis tetas por encima del brasier, pellizcando los pezones que ya estaban duros como piedras.

No mames, qué rico se siente su toque, pensé mientras gemía bajito. Me recargué en el sofá, abriendo las piernas para que él se acomodara entre ellas. La lluvia afuera arrecia, ahogando nuestros jadeos. Carlos me quitó la blusa con prisa, pero sin brutez, besando cada centímetro de piel que liberaba. Su lengua trazó círculos en mi ombligo, bajando hasta el borde del calzón. Olía a mi excitación, ese olor almizclado que nos volvía locos a los dos. "Estás mojadísima, mi reina", murmuró, metiendo la mano por dentro del calzón, sus dedos resbalando en mi concha empapada.

Yo no me quedaba atrás. Le desabroché el pantalón, liberando su verga tiesa, palpitante. La agarré con la mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba. Es tan gruesa, tan mía. La masturbé despacio, viendo cómo su cara se contorsionaba de placer, igualito que las imágenes de la Pasión de Cristo película que teníamos pausadas detrás. "Imagínate que soy tu Cristo, y tú mi Magdalena", dijo él riendo, pero con voz seria, empotrando dos dedos en mí. Grité, arqueando la espalda, el sofá crujiendo bajo nosotros.

La tensión subía como la marea. Nos quitamos toda la ropa a manotazos, quedando desnudos en el sofá. Su piel contra la mía era fuego: sudor salado en mi lengua cuando lo lamí del cuello, el roce áspero de su barba en mis tetas, el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mi chocha.

Quiero que me folle ya, pero no, que dure, que duela rico
. Carlos me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la cama. El colchón nos recibió suave, pero él no: me abrió las piernas y hundió la cara entre ellas, chupando mi clítoris como si fuera el último dulce del mundo.

Su lengua era un torbellino, lamiendo, succionando, metiendo la nariz en mi humedad. Gemí fuerte, "¡Ay, Carlos, no pares, pendejo!", jalándole el pelo. Él gruñía contra mi piel, vibraciones que me llegaban al alma. Sentía el olor de su sudor mezclado con mi jugo, el sabor salado cuando me metía los dedos en la boca para que los chupara. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo acercándose como un tren. Pero él se detuvo, subiendo para ponerme a cuatro patas. "Ahora sí, mi amor, agárrate".

Me penetró de un solo empujón, su verga llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! El dolor placentero inicial se volvió puro gozo, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas rítmicas. El sonido era obsceno: piel contra piel, húmedo y rápido. Agarré las sábanas, mordiendo la almohada para no gritar como loca. Él me jalaba el pelo suave, susurrando "Te amo, Ana, entrégate como Él", evocando esas imágenes que nos prendieron. Sudábamos a chorros, el cuarto oliendo a sexo puro, a pasión desatada.

El ritmo se aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Sentía su verga hincharse más, lista para explotar. "Me vengo, Carlos, ¡órale!", grité, y el orgasmo me partió en dos: olas de placer desde el estómago hasta los dedos de los pies, mi concha contrayéndose alrededor de él como puño. Él rugió, clavándose profundo, llenándome de su leche caliente, pulsación tras pulsación. Nos derrumbamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y temblorosos.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados, la lluvia calmándose afuera. Reanudamos la peli un rato, pero ya no con la misma intensidad; las imágenes de la Pasión de Cristo película ahora eran solo fondo para nuestras caricias perezosas. Carlos me besó la frente, oliendo a nosotros.

Esta noche transformamos el dolor en placer, la entrega en éxtasis. Neta, qué rifado
. Me dormí en su pecho, con el corazón lleno, sabiendo que nuestra pasión era eterna, como esas imágenes que nos unieron más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.