Pasion Prohibida Capitulo 93 El Susurro Ardiente
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, como si el aire mismo supiera que algo prohibido estaba por pasar. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa aunque mi matrimonio con Carlos se estuviera enfriando como un café olvidado, caminaba por el jardín de la casa de mi mejor amiga Laura. La fiesta familiar estaba en su apogeo: risas, copas de tequila reposado chocando, el olor a carne asada en la parrillada mezclándose con jazmines frescos. Pero mis ojos no dejaban de buscarlo a él. Diego, el esposo de Laura, ese pendejo alto y moreno con ojos que prometían pecados deliciosos.
¿Por qué carajos me pones así, Diego? Neta, cada vez que te veo, siento que mi concha se aprieta de pura anticipación, pensé mientras lo divisaba junto a la alberca, riendo con unos primos. Llevábamos meses en este jueguito de miradas robadas, roces "accidentales" en las reuniones. Carlos andaba de viaje en Monterrey por negocios, y Laura, pobrecita, ya estaba medio peda con su tercer margarita. Era el momento perfecto para pasion prohibida capitulo 93, como yo lo llamaba en mi cabeza, imaginando nuestra aventura como una novela erótica interminable.
Me acerqué con una sonrisa casual, copa en mano.
"Órale, Ana, ¿ya te cansaste de bailar con los weyes?me dijo él, su voz grave retumbando en mi pecho como un tamborazo zacatecano. Su colonia, esa mezcla de sándalo y algo salvaje, me invadió las fosas nasales. Olía a hombre de verdad, no a los perfumes baratos que usaba Carlos.
Su aliento cerca, cálido con toques de tequila... Ay, Dios, si me besa ahora mismo, me rindo. Le contesté con un guiño:
Neta, Diego, estos primos no le llegan ni a los talones a un baile contigo. ¿Te animas?Bailamos pegaditos, mis tetas rozando su pecho firme, sus manos en mi cintura bajando un poquito más de lo decente. El sudor nos unía, piel contra piel, y sentía su verga endureciéndose contra mi muslo. Está cañón, el cabrón. Quiere cogerme tanto como yo a él.
La música ranchera sonaba bajito ahora, y Laura gritaba algo desde la casa. Diego me jaló hacia el fondo del jardín, detrás de unos arbustos altos.
Ana, no aguanto más esta pasion prohibida, murmuró, su boca a centímetros de la mía. Sus labios eran suaves pero urgentes, saboreando a sal y deseo. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes en celo, y gemí bajito cuando su mano subió por mi vestido, tocando mi nalga desnuda bajo el tanga.
El corazón me latía a mil, el pulso retumbando en mis oídos como un corrido prohibido. Lo empujé contra la pared de la casita de herramientas, mis uñas clavándose en su camisa. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga sentir viva, no un marido que llega cansado y se duerme. Le desabotoné la playera, lamiendo su pecho salado, oliendo su sudor mezclado con el jazmín. Él gruñó,
Chingada madre, Ana, qué rico sabes, y me levantó el vestido, sus dedos expertas encontrando mi clítoris hinchado.
Me corrí ahí mismo, un chorrito caliente bajándome por las piernas, jadeando contra su cuello.
Vente conmigo adentro, susurró, y corrimos como ladrones a la habitación de huéspedes, cerrando la puerta con seguro. La luz tenue de la lámpara pintaba sombras en su cuerpo atlético mientras se quitaba la ropa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma cargada. Qué chingona, más grande que la de Carlos. La quiero en mi boca ya.
Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la tomé con la mano, sintiendo su calor palpitante. Lamí la punta, saboreando el precum salado, luego la chupé profunda, mi garganta acomodándose a su tamaño. Diego jadeaba,
¡Sí, mamacita, así! Eres una puta deliciosa, enredando sus dedos en mi pelo. El sonido de mi succión, chapoteante y obsceno, llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos.
Me levantó, me tiró en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Se colocó entre mis piernas abiertas, besando mi interior de muslos, mordisqueando suave hasta llegar a mi panocha empapada. Su lengua era mágica, lamiendo mi botón con círculos perfectos, metiendo dos dedos gruesos que me estiraban delicioso. Me voy a venir otra vez, órale, no pares. Grité su nombre cuando el orgasmo me sacudió, olas de placer electricas recorriendo mi espina.
Ahora era mi turno de montarlo. Me subí encima, guiando su verga a mi entrada húmeda. Lentito, lo fui bajando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo.
¡Ay, Diego, qué rico te sientes! Cógeme duro. Empecé a moverme, mis caderas girando como en un baile de salsa prohibida, mis tetas rebotando con cada embestida. Él me agarraba las nalgas, clavándome las uñas, empujando hacia arriba con fuerza brutal. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, el olor a sexo crudo invadiendo todo.
Esto es pasion prohibida capitulo 93, el clímax que tanto esperábamos, pensé mientras aceleraba, mi sudor goteando en su pecho. Sus ojos clavados en los míos, llenos de lujuria y algo más tierno, prohibido.
Te amo, Ana, aunque sea pecado, jadeó, y eso me llevó al borde. Me vine fuerte, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió,
¡Me vengo, carajo!, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, hasta que desbordó y corrió por mis muslos.
Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopando. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y jazmín lejano. ¿Qué sigue ahora? Laura es mi amiga, pero esto... esto es adictivo. Diego murmuró:
Esto no termina aquí, mi reina. Será nuestro secreto, capítulo tras capítulo.
Nos vestimos entre risas culpables, arreglándonos el pelo antes de volver a la fiesta. Laura ni se dio cuenta, seguía bailando con un tío. Salí al jardín sintiéndome renacida, la concha aún palpitando con su esencia dentro. La noche de Polanco parecía más viva, las estrellas guiñándome como cómplices. Sabía que el próximo encuentro sería aún más intenso, porque en esta pasion prohibida capitulo 93, el fuego solo acababa de encenderse.