Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Diario de una Pasion Torrent Diario de una Pasion Torrent

Diario de una Pasion Torrent

7045 palabras

Diario de una Pasion Torrent

Querido Diario de una Pasion Torrent, hoy todo cambió como si un río desbordado me hubiera arrastrado. Me llamo Ana, tengo treinta y cinco años y vivo en esta jungla de concreto que es la Ciudad de México. Trabajo en una galería de arte en Polanco, rodeada de cuadros que gritan emociones que yo apenas susurro. Pero esta mañana, en el café de la esquina, él apareció. Se llama Diego, un moreno alto con ojos cafés que brillan como el tequila bajo el sol. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y un olor a colonia fresca con un toque de sudor limpio que me revolvió las tripas.

Estábamos en la fila para el café, nuestros brazos rozándose por accidente. Sentí su piel cálida contra la mía, un cosquilleo que subió por mi espinazo como electricidad. "Órale, perdón", dijo con esa voz grave, ronca, que suena a promesas calientes. Le sonreí, neta, no pude evitarlo. Hablamos de tonterías: el tráfico infernal, el arte calleño que cubre las paredes. Pero sus ojos me devoraban, bajaban a mis labios, a mis chichis que asomaban un poco por el escote de mi blusa. Olía a café recién molido, a pan dulce calentito, y debajo, a hombre deseoso. Me fui con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo.

¿Por qué carajos me siento así? Como si mi cuerpo gritara por más roces, por sus manos en mí. Neta, Ana, contrólate, pero qué chido se ve ese pendejo.

Al día siguiente, Día 2 en mi Diario de una Pasión Torrent, no pude resistir. Le mandé un mensaje por Instagram –sí, lo busqué como desesperada–. Quedamos en el mismo café. Llegó puntual, con jeans que le ceñían el paquete de una forma que me hizo tragar saliva. Nos sentamos afuera, el sol calentando la mesa de metal, el ruido de los coches zumbando como abejas enojadas. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la taquería de la esquina, de cómo el pulque nos pone locos en fiestas. Su risa era profunda, vibraba en mi pecho.

Entonces, su mano rozó la mía al pasar el azúcar. No la quité. La dejó ahí, su palma áspera por el trabajo –es arquitecto, diseña casas que parecen sueños–. El calor de su piel se colaba por mis poros, bajando hasta mi entrepierna que ya se humedecía. "Me gustas, Ana", murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y deseo. Me besó ahí mismo, un beso suave al principio, labios carnosos probando los míos, lengua tímida explorando. Sabía a café con canela, dulce y ardiente. Mis pezones se endurecieron contra la tela de mi bra, el viento juguetón los rozando. Nos separamos jadeando, el mundo borroso alrededor.

Pero no fue suficiente. Esa noche, Día 3, lo invité a mi depa en la Roma. Limpio, minimalista, con velas de vainilla encendidas que llenaban el aire de dulzor cremoso. Llegó con una botella de mezcal artesanal, de Oaxaca, el que quema la garganta y enciende el alma. Nos sentamos en el sofá de terciopelo gris, nuestras piernas tocándose. El mezcal bajaba suave, calentando mi vientre, soltando mis inhibiciones. "Eres una chingona, Ana", dijo, su mano subiendo por mi muslo, dedos fuertes masajeando la carne suave bajo mi falda.

Siento su toque como fuego líquido, mi clítoris palpita pidiendo más. ¿Y si me lanzo? Neta, esta pasión es un torrent que me arrastra, no la puedo parar.

Lo besé yo esta vez, feroz, mis uñas clavándose en su nuca. Nuestras lenguas bailaban, húmedas, salvajes, saboreando el mezcal y el sudor que empezaba a perlar su frente. Le quité la camisa, revelando un pecho moreno, músculos duros por gym y vida activa. Lo lamí, salado, con vello que raspaba mi lengua deliciosamente. Él gimió, un sonido gutural que me mojó más. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas grandes, pezones rosados endurecidos. Los chupó, succionando fuerte, mordisqueando suave, enviando ondas de placer directo a mi coño que goteaba.

Me cargó al cuarto, su fuerza me hacía sentir liviana, deseada. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. El aire olía a nuestra excitación: almizcle femenino mezclado con su masculinidad terrosa. Se quitó los jeans, su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. "Te quiero dentro", le rogué, mi voz ronca de necesidad. Él sonrió pícaro, "Simón, morra, pero despacito pa que sientas todo".

Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, lengua trazando caminos húmedos hasta mi centro. Olía a mi propia excitación, dulce y salada. Lamio mi clítoris hinchado, círculos lentos que me arquearon la espalda, gemidos escapando como lamentos de placer. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, bombeando rítmico mientras succionaba. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, mis jugos resbalando. "¡Qué rico, Diego, no pares, cabrón!" grité, mis caderas moviéndose solas.

El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretando sus dedos, chorros de placer salpicando su mano. Jadeaba, visión nublada, piel erizada. Pero él no paró. Se puso un condón –siempre seguro, qué responsable–, y se hundió en mí despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, su grosor rozando paredes sensibles. Gemí largo, uñas en su espalda marcando surcos rojos.

Empezó a moverse, embestidas profundas, lentas al principio, el slap de piel contra piel resonando en la habitación. El olor a sexo impregnaba todo, sudor goteando de su pecho al mío. Aceleró, mis tetas rebotando, pezones rozando su torso peludo. "Eres tan apretada, tan mojada pa mí", gruñó en mi oído, mordiéndome el lóbulo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis caderas girando, sintiendo su verga golpear profundo. Sus manos en mis nalgas, azotando suave, el ardor delicioso avivando el fuego.

Él debajo, controlando el ritmo, subiendo fuerte, mi clítoris frotándose contra su pubis. Otro orgasmo me partió en dos, chillé su nombre, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Diego rugió, embistiendo salvaje unas veces más antes de correrse, su cuerpo temblando, calor llenando el condón dentro de mí. Colapsamos, enredados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose.

Después, en la quietud, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Olía a vainilla de las velas mezclada con nuestro clímax. Me acarició el cabello, besos suaves en la frente. "Esto fue chingón, Ana. Quiero más torrentes contigo", susurró. Yo sonreí, saciada, poderosa. Por primera vez en años, me sentía viva, deseada sin cadenas.

Mi Diario de una Pasión Torrent ahora tiene tinta fresca de placer. Esta pasión no es un río seco; es un torrente imparable. ¿Qué vendrá mañana? Solo sé que lo quiero todo con él.

Fin de esta entrada, pero no del torrente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.