Pasion y Muerte en la Noche
La noche del Día de Muertos en San Miguel de Allende estaba viva con el aroma dulce de las cempasúchiles y el humo picante de las velas. Las calles empedradas bullían de calaveras de azúcar y rostros pintados, pero yo, Ana, me había escabullido a la fiesta en la hacienda de mi amiga Lupe. El aire era cálido, cargado de jazmín y algo más primitivo, como el sudor de cuerpos ansiosos. Llevaba un vestido negro ajustado, con bordados de flores de luto que se pegaban a mi piel morena, y una máscara de catrina que apenas ocultaba mis ojos cafés, llenos de un hambre que no saciaba desde hace meses.
Ahí lo vi. Diego. Alto, con la piel tostada por el sol de las rancherías, vestido de charro moderno con sombrero echado para atrás. Sus ojos negros brillaban bajo la luz de las farolas, y cuando sonrió, mostrando dientes perfectos, sentí un cosquilleo en el estómago. Órale, qué chulo el wey, pensé, mientras sorbía mi tequila con limón y sal. Él se acercó al altar improvisado, donde ofrendas humeaban con copal, y dejó una calaca de marzipán. Nuestras miradas chocaron, y el mundo se detuvo. Era como si la pasion y muerte de la noche nos hubiera marcado desde el principio.
—
¿Ya le vas a poner ofrenda a tu amor perdido, catrina?—dijo con voz ronca, acento norteño que me erizaba la piel.
Reí, quitándome la máscara. Mi cabello negro caía en ondas sobre mis hombros.
—
No seas pendejo, carnal. Mi amor no está muerto, solo anda de parranda.
Charlamos. Él era arquitecto, restauraba casonas antiguas en Guanajuato. Hablaba de las sombras de la historia, de cómo la muerte en México no asusta, sino que seduce. Yo le conté de mi galería en la ciudad, de pintar cuerpos entrelazados en lienzos que vendían como pan caliente. El tequila fluía, y con cada trago, su rodilla rozaba la mía bajo la mesa larga de madera. El sonido de mariachis lejanos, con trompetas que vibraban en el pecho, mezclaba con risas y el crepitar de velas. Su olor, a cuero y tabaco, me invadía las fosas nasales, haciendo que mi pulso se acelerara.
La tensión crecía como la niebla del valle. Quería tocarlo, sentir sus manos callosas en mi cintura. Esta noche, Ana, déjate llevar. La pasion y muerte te llaman, me dije en silencio.
Nos fuimos al jardín, donde altares con fotos de difuntos iluminaban senderos de grava. La luna llena bañaba todo en plata, y el aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Diego me tomó de la mano, su palma caliente y áspera contra mi piel suave.
—
Ven, te muestro algo chido.
Me llevó a un rincón apartado, detrás de un muro cubierto de buganvilias rojas como sangre. Ahí, un banco de piedra bajo un árbol de framboyanes. Se sentó y me jaló a su regazo. Sus labios rozaron mi cuello, y gemí bajito. Sabía a tequila y sal, su lengua trazando mi clavícula. Mis pechos se endurecían contra el vestido, los pezones rozando la tela como fuego.
—
Ay, Diego... me traes loca.
Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda. Tocaba con urgencia contenida, dedos fuertes separando mis piernas. Olía mi excitación, ese musk dulce que traiciona al cuerpo. Yo arqueé la espalda, sintiendo su verga dura presionando contra mi nalga. Qué rica se siente, gruesa y lista para mí. Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior, probando el sabor metálico de su sangre leve.
Pero no era solo lujuria. Hablamos en susurros entre besos. De la muerte que acecha en cada pasión intensa, de cómo en México bailamos con ella en las fiestas. —
Es como la pasion y muerte, Ana. Te consume hasta que renaces.—murmuró, mientras sus dedos encontraban mi clítoris, hinchado y sensible. Jadeé, el sonido ahogado por su boca. El jardín susurraba: hojas rozando, grillos cantando, un perro ladrando lejos. Mi piel ardía donde me tocaba, cada roce enviando chispas por mi espina.
Lo empujé suave contra el banco. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su pantalón con dientes. Su verga saltó libre, venosa y palpitante, oliendo a hombre puro. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, el pre-semen amargo en la punta. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo.
—
¡Neta, qué mamada tan buena, morra!
Chupé con devoción, garganta profunda, sintiendo su pulso en mi lengua. Mis jugos corrían por mis muslos, la panocha palpitando vacía. Quería más. Me levanté, quitándome el vestido de un tirón. Mis tetas rebotaron libres, pezones oscuros erectos. Él las tomó, mamando uno mientras pellizcaba el otro. Dolor placer mezclado, como la pasion y muerte que nos envolvía.
Lo monté despacio. Su verga entró en mí centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Ay, cabrón, me llenas toda. Gemí fuerte, el sonido perdido en la noche. Cabalgaba con ritmo, caderas girando, sintiendo cada vena frotando mis paredes. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sus manos en mi culo, guiándome, nalgadas suaves que ardían.
La intensidad subía. Pensaba en la muerte como clímax, esa pequeña muerte del orgasmo que prometía. Él se incorporó, mamándome mientras follábamos. Nuestros alientos jadeantes, corazones tronando al unísono. Olía a sexo crudo, a flores marchitas y tierra. —
Más fuerte, Diego, cógeme como si fuera la última noche.—supliqué.
Cambiamos. Me puso de espaldas contra el banco, piernas abiertas. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G. Cada embestida un trueno en mi vientre. Mis uñas en su espalda, arañando, dejando marcas rojas. Él gruñía palabras sucias: —
Tu panocha es tan rica, tan apretada, te voy a llenar.
El clímax llegó como avalancha. Sentí la muerte en oleadas, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando su verga. Grité su nombre, la voz rota. Él se corrió segundos después, semen caliente inundándome, pulsos que sentía en lo más hondo. Colapsamos, temblando, piel pegada en sudor.
En el afterglow, yacimos bajo las estrellas. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. El jardín olía a jazmín y nuestro amor líquido. La pasion y muerte nos había tocado, pero en vez de fin, era renacer. México nos enseñaba eso: la muerte no acaba, solo transforma.
—
¿Volveremos a bailar esta noche, catrina?—preguntó con voz perezosa.
Sonreí, besando su frente.
—
Claro que sí, charro. Hasta que la pasion nos mate de nuevo.
La fiesta seguía lejana, pero nosotros éramos un mundo aparte. En esa noche de ofrendas y sombras, encontramos nuestra propia eternidad.