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Pasión de Otoño Desenfrenada

6851 palabras

Pasión de Otoño Desenfrenada

El aire de octubre en la Ciudad de México traía ese olor fresco a tierra mojada y hojas secas que crujían bajo los pies. Ana caminaba por el Bosque de Chapultepec, envuelta en un suéter ligero de lana que rozaba su piel como una caricia tímida. El sol se filtraba entre las ramas doradas, pintando todo de un naranja cálido que hacía que su corazón latiera un poco más rápido. Hacía meses que no salía así, sola pero abierta a lo que el otoño le trajera. Pasión de otoño, pensó, recordando ese título de una novela vieja que su abuelita leía a escondidas.

Ahí lo vio. Javier, con su chamarra de cuero desgastada y jeans que se ajustaban justito a sus muslos fuertes. Estaba recargado en un árbol, fumando un cigarro con esa pose de wey confiado que tanto le gustaba a ella. Sus ojos oscuros la atraparon de inmediato, como si el viento otoñal los hubiera empujado uno hacia el otro. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, el tipo de hormigueo que sube por la espina y se asienta entre las piernas.

—Órale, qué bonita tarde para estar aquí sola, ¿no? —dijo él, con esa voz grave que vibraba en el aire fresco.

Ella sonrió, mordiéndose el labio inferior.

¿Y si le digo que sí, que busco un poco de calor en esta frescura? Neta, se ve chido.
—Pues sí, pero no tan sola ahora que te vi, guapo.

Charlaron caminando por el sendero, el crujido de las hojas bajo sus zapatos marcando el ritmo de sus risas. Él era de Coyoacán, carpintero de oficio, con manos callosas que olían a madera fresca y un poco a sudor limpio. Ana, maestra de primaria, le contó de sus alumnos y de cómo el otoño la ponía melancólica y cachonda a la vez. Javier la miró con hambre, sus ojos bajando a sus pechos que se marcaban bajo el suéter.

La tensión creció como la niebla matutina. Se sentaron en una banca apartada, rodeados de árboles que susurraban con la brisa. Sus rodillas se rozaron, y Ana sintió el calor de su pierna filtrándose a través de la tela. Él le tomó la mano, sus dedos ásperos contra su palma suave, y la acercó a su boca para besarla. El sabor salado de su piel la hizo jadear bajito.

—Me estás volviendo loco, mamacita —murmuró, su aliento caliente contra su oreja.

Ana se inclinó, sus labios encontrando los de él en un beso que empezó suave, como el roce de las hojas caídas, pero pronto se volvió feroz. Lenguas danzando, dientes mordisqueando, el sabor a tabaco y menta invadiendo su boca. Sus manos subieron por su espalda, apretándola contra su pecho duro. Ella olió su colonia barata mezclada con el aroma terroso del bosque, y un gemido escapó de su garganta.

Se levantaron casi corriendo, buscando un rincón más privado detrás de unos arbustos altos. El corazón de Ana tronaba como tambores en una fiesta patronal.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Quiero sentirlo todo.
Javier la empujó suavemente contra un tronco ancho, sus manos colándose bajo su suéter, palpando sus tetas llenas. Los pezones se endurecieron al instante bajo sus pulgares, enviando chispas de placer directo a su clítoris hinchado.

—Estás mojada ya, ¿verdad? —preguntó él, su voz ronca mientras deslizaba una mano por su falda, rozando el encaje de sus calzones.

—Sí, cabrón, neta que sí —confesó ella, arqueando la cadera para presionar su palma contra su calor húmedo.

El medio acto se desplegó en oleadas de deseo creciente. Javier se arrodilló, subiendo su falda con reverencia, besando el interior de sus muslos. La piel de Ana erizó con el roce de su barba incipiente, áspera y deliciosa. El olor de su propia excitación flotaba en el aire otoñal, almizclado y dulce. Él lamió despacio, su lengua plana recorriendo sus labios mayores, saboreando su jugo salado. Ana enterró los dedos en su pelo oscuro, tirando suave mientras sus caderas se mecían al ritmo de sus jadeos.

Qué rico, qué profundo va. Es como si el otoño nos regalara esto, esta pasión salvaje. Los pájaros piaban a lo lejos, indiferentes a su frenesí. Ella lo jaló arriba, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La piel suave sobre el acero duro, el olor almizclado de su hombría la embriagó. Ana se la chupó con ganas, saboreando la gota perlada en la punta, salada y adictiva. Javier gruñó, sus caderas empujando leve, respetando su ritmo.

—No aguanto más, ven pa'cá —dijo él, levantándola contra el árbol. Sus piernas se enredaron en su cintura, la falda arremangada como una bandera de rendición. Entró en ella de un solo empujón lento, llenándola hasta el fondo. Ana gritó bajito, el estiramiento ardiente convirtiéndose en placer puro. La corteza rugosa del árbol raspaba su espalda a través del suéter, un dolor placentero que contrastaba con el desliz suave de su verga adentro y afuera.

Se movieron juntos, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando mezclándose con el viento que agitaba las hojas. Sudor perlando sus frentes, el sabor salado en sus besos robados. Ana clavó las uñas en sus hombros, sintiendo sus músculos tensarse bajo la camisa.

Es mío este momento, esta pasión de otoño que me quema por dentro.
Él aceleró, sus embestidas profundas y precisas, rozando ese punto que la hacía ver estrellas naranjas como las hojas cayendo.

El clímax llegó como una tormenta repentina. Ana se vino primero, su coño apretándolo en espasmos rítmicos, un grito ahogado escapando mientras oleadas de éxtasis la sacudían. Javier la siguió segundos después, gruñendo su nombre, su semen caliente inundándola en chorros calientes. Se quedaron pegados, respirando agitado, el mundo girando lento a su alrededor.

En el afterglow, se deslizaron al suelo, cubiertos de hojas secas que crujían suaves. Javier la abrazó, su mano acariciando su pelo revuelto. El sol poniente teñía todo de rojo pasión, y el aire fresco secaba el sudor de sus cuerpos entrelazados. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido calmándose de su corazón.

—Qué chido fue esto, ¿verdad? Como una pasión de otoño de esas novelas —dijo él, riendo bajito.

Ella levantó la vista, besándolo suave. Esto no termina aquí. El otoño apenas empieza. Se vistieron despacio, robándose caricias y promesas mudas. Caminaron de la mano de vuelta al sendero principal, el bosque testigo de su secreto compartido. Ana sintió una calidez nueva en el pecho, no solo del sexo, sino de esa conexión inesperada. El crujir de las hojas bajo sus pies ahora sonaba a futuro, a más noches de fuego en la frescura del otoño mexicano.

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