La Pasion de Cristo Jesus
En las calles empedradas de Guanajuato, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y a flores de bugambilia. Yo, María, caminaba entre la multitud devota, con el corazón latiéndome fuerte bajo el huipil bordado que mi abuela me había regalado. La procesión avanzaba lenta, con el Jesús de Nazarenos cargando su cruz de madera pesada. Pero mis ojos no se fijaban en la imagen de palo. No, se clavaban en él, el wey que la cargaba en hombros, alto, moreno, con barba espesa y ojos negros que brillaban como carbones encendidos.
Se hacía llamar Cristo Jesús, o eso decían los chismes del pueblo. Un carpintero local, pendejo guapo que cada año se ofrecía para las procesiones, porque decía que sentía la pasión de Cristo Jesús en las venas. Neta, cada vez que lo veía sudar bajo el sol del mediodía, con el torso semidesnudo brillando de aceite y sudor, mi concha se humedecía sin remedio. Ese día, el olor a su piel masculina se mezclaba con el humo de las velas, y yo mordía mi labio, imaginando cómo sabría su boca.
¿Por qué carajos me pongo así con este moreno? Es como si la Virgen misma me tentara.Pensé, mientras lo seguía con la mirada. La procesión paró frente a la iglesia, y él bajó la cruz con un gruñido ronco que me erizó la piel. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, una sonrisa chueca, pícara, como diciendo ven, mamacita, que te como aquí mismo.
Al final del vía crucis, en la plaza llena de puestos de elotes y aguas frescas, me lo topé. Estaba quitándose la corona de espinas falsa, con el pecho jadeante, gotas de sudor resbalando por sus pectorales duros. “¿Qué onda, güerita? ¿Te gustó el show?”, me dijo con voz grave, oliendo a hombre puro, a tierra mojada después de la lluvia.
“Más que el show, carnal, me gustó el actor principal”, respondí coqueta, sintiendo el calor subir por mis muslos. Nos reímos, y de ahí platicamos. Se llamaba Jesús de verdad, pero todos lo vacilaban con lo de Cristo. Vivía en una casita colonial cerca del Jardín Unión, hacía muebles de madera fina. Yo era maestra en la secundaria, soltera, con ganas acumuladas de puro fuego.
La tensión creció esa noche. Me invitó a su taller para ver unas tallas que estaba haciendo para la iglesia. “Ven, te enseño la pasión de Cristo Jesús de cerca”, me dijo guiñando. Caminamos por callejones iluminados por faroles, el eco de nuestras risas mezclándose con el ladrido lejano de un perro. Mi corazón latía desbocado, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.
En el taller, el olor a madera fresca y trementina me invadió las fosas nasales. Él encendió una vela, y la luz bailó sobre su piel olivácea. “Tócame, María. Siente lo que es cargar la cruz de verdad”, murmuró, tomando mi mano y poniéndola en su pecho. Su piel ardía, el músculo firme bajo mis dedos, el vello rizado que me hacía cosquillas. Lo miré a los ojos, y ahí estaba la invitación clara. Lo besé. Sus labios gruesos, salados por el sudor del día, se abrieron para mí como un fruto maduro. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, saboreando a tequila y a deseo puro.
¡Ay, Diosito! Este wey me va a volver loca. Su verga debe ser enorme, como la cruz que carga.
Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza juguetona. “Eres una chula, María. Neta, desde que te vi en la procesión, mi pito no para de pararse”. Reí contra su boca, mordiéndole el labio inferior. Nos quitamos la ropa despacio, saboreando cada roce. Su camisa voló, revelando ese torso esculpido por el trabajo duro. Yo me desaté el huipil, dejando mis tetas libres, pezones duros como piedras de obsidiana.
Él se arrodilló, como en la oración, pero en vez de rezar, besó mi ombligo, bajando lento por mi vientre. El aliento caliente en mi piel me hizo arquear la espalda. “Déjame adorarte, mi Virgen María”, susurró con voz ronca, y su lengua encontró mi concha empapada. ¡Madre santa! Lamía despacio, chupando mi clítoris con maestría, el sonido húmedo de su boca mezclándose con mis jadeos. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras sus dedos gruesos se hundían en mí, curvándose justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas.
Lo jalé del pelo, levantándolo. “Ahora tú, Cristo mío. Quiero tu verga en mi boca”. Se paró, y ¡uf!, qué pedazo de hombre. Su pito erecto, venoso, grueso como mi muñeca, goteando precum. Lo tomé con ambas manos, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Lo lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su sal, su esencia varonil. Él gruñó, agarrándome el pelo con ternura. “¡Así, chingada! Chúpamela rico, güerita”. Me metí lo más que pude, garganta profunda, saliva resbalando por mi barbilla. El sonido de succión, sus gemidos guturales, me volvían loca de lujuria.
La intensidad subió cuando me cargó como a la cruz, pero en vez de clavos, con besos fieros. Me tendió en su catre de madera, las sábanas oliendo a él, a sándalo y sudor. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. “¡Ay, Jesús! Eres enorme”, grité, uñas clavadas en su espalda ancha. Empezó a moverse, embestidas profundas, el choque de piel contra piel resonando como tambores en la noche. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.
Esto es la pasión de Cristo Jesús, pero en carne viva, en coños y vergas latiendo al unísono. No hay pecado, solo puro placer.
Sus caderas giraban, rozando mi clítoris con cada thrust. Yo le mordía el hombro, saboreando su sal, mientras mis tetas rebotaban al ritmo. “Más fuerte, pendejo. Fóllame como si fuera el último día”. Él obedeció, acelerando, el catre crujiendo bajo nosotros. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él rugió, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos de semen derramándose dentro.
Nos quedamos jadeando, enredados, su peso reconfortante sobre mí. El aire olía a sexo, a nosotros, a la vela que parpadeaba agonizante. Besó mi frente, suave. “Eres mi redención, María. Cada Semana Santa te espero para revivir la pasión de Cristo Jesús contigo”.
Me reí bajito, acariciando su barba. En ese afterglow, con el cuerpo plácidamente adolorido, supe que esto era más que un revolcón. Era conexión, fuego compartido en un pueblo de tradiciones. Afuera, el silencio de la noche envolvía Guanajuato, pero dentro de mí ardía una llama eterna.