La Pasión de Cristo Video
Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Javier y yo llevábamos semanas coqueteando con la idea de grabar algo chido, algo nuestro, un La Pasión de Cristo Video pero versión cachonda, neta. No mames, ¿quién iba a pensar que un título tan serio como ese nos prendería tanto el ánimo? Javier, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me derriten, me había convencido esa tarde mientras veíamos una peli aburrida.
"Órale, mi reina, imagínate: tú como la Virgen ardiente y yo como el Cristo sufriente, pero en vez de clavos, te clavo otra cosa", me dijo riéndose, y yo le di un coscorrón juguetón, aunque por dentro ya sentía ese cosquilleo en el vientre.
Estábamos solos, las luces bajas, una vela de vainilla quemándose en la mesita que llenaba el aire con su dulzor empalagoso. Me puse un vestido rojo ceñido que resalta mis curvas, el escote dejando ver justo lo suficiente para volverlo loco. Él preparó el celular en un trípode improvisado con libros, ajustando la luz para que pareciera una escena sacra pero con fuego en las venas. Mi corazón latía fuerte, un tambor en el pecho, mientras me acercaba a él en la cama king size que crujía bajo nuestro peso.
Empecé el juego, arrodillándome frente a él como en oración, mis manos temblorosas subiendo por sus muslos fuertes, cubiertos por unos bóxers negros que ya se tensaban. Olía a su jabón de sándalo mezclado con ese sudor varonil que me hace agua la boca. "Perdóname, mi señor, por mis pecados", susurré con voz ronca, mirándolo desde abajo, y él soltó una carcajada que se convirtió en gemido cuando le bajé el bóxer despacio, liberando su verga dura, palpitante, con esa vena gruesa que conozco de memoria.
La cámara rodaba, el puntito rojo parpadeando como un ojo voyeur. Lamí la punta, salada y cálida, saboreando el pre-semen que brotaba como ofrenda. Javier jadeó, sus dedos enredándose en mi cabello negro largo, tirando suave para guiarme. No mames, qué rico, pensé, mientras lo engullía centímetro a centímetro, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el leve chasquido de mi boca húmeda succionando. Sentía mi concha humedeciéndose, los labios hinchándose de deseo, el calor subiendo por mis piernas.
Pero no quería que terminara tan rápido. Me levanté, empujándolo contra las almohadas mullidas, y me quité el vestido de un tirón, quedando en tanga roja y nada más. Mis tetas rebotaron libres, pezones duros como piedras rosadas. Él me miró con hambre, lamiéndose los labios. "Ven, mi pasión", murmuró, y yo monté sobre él, frotando mi humedad contra su verga sin penetrar aún, solo deslizándome, lubricándonos mutuamente. El roce era eléctrico, piel contra piel resbaladiza, el olor a sexo empezando a impregnar el aire, almizclado y adictivo.
En el medio del rollo, la tensión subió como fiebre. Javier me volteó con fuerza juguetona, poniéndome boca abajo, sus manos amasando mis nalgas redondas. "Sufre por mí, como yo por ti", gruñó en mi oído, su aliento caliente erizándome la piel. Metió dos dedos en mi coño empapado, curvándolos para tocar ese punto que me hace arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, justo ahí! grité en mi mente, mordiendo la sábana que olía a lavanda y a nosotros. Los jugos chorreaban por mis muslos, el sonido chapoteante de sus dedos follando mi interior era obsceno, delicioso.
Me giró de nuevo, esta vez para besarme con furia, lenguas enredadas, saboreando mi saliva dulce y su boca áspera de barba incipiente. Sus manos everywhere: pellizcando pezones, arañando mi espalda, dejando marcas rojas que arderían mañana pero qué chido. Yo le clavaba las uñas en los hombros anchos, sintiendo los músculos contraerse bajo mi tacto. "Te quiero adentro, pendejo, ya", le rogué, y él no se hizo de rogar. Se posicionó, la cabeza de su verga presionando mi entrada, estirándome lenta, deliciosamente dolorosa al principio.
Entró de golpe, llenándome hasta el fondo, y grité de placer puro. El estiramiento, el roce de cada vena contra mis paredes sensibles, el choque de sus bolas contra mi clítoris... todo era fuego. Empezamos a movernos, él embistiendo profundo, yo levantando las caderas para recibirlo más. La cama rechinaba rítmicamente, piel chocando contra piel con palmadas húmedas, sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Olía a sexo crudo, a vainilla quemada, a nosotros fundidos.
La cámara lo captaba todo: mis tetas rebotando, su culo flexionándose con cada estocada, mis ojos en blanco de puro éxtasis. En mi cabeza, un torbellino:
Esto es nuestro La Pasión de Cristo Video, pero con placer en vez de dolor, amor en vez de cruz. Neta, Javier es mi dios personal.La intensidad crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él aceleró, gruñendo como bestia, "Me vengo, mi amor", y yo asentí frenética, "Dame todo, lléname".
El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, mi cuerpo convulsionando, coño apretando su verga en espasmos interminables. Grité su nombre, uñas en su espalda, estrellas explotando detrás de mis párpados. Él se hundió una última vez, eyaculando caliente dentro de mí, chorros que sentía palpitar, mezclándose con mis jugos. Colapsamos juntos, jadeantes, pegajosos, el corazón latiéndonos al unísono.
Apagó la cámara con mano temblorosa, y nos quedamos ahí, enredados en sábanas revueltas. Su peso sobre mí era reconfortante, su olor ahora suave, post-sexo. Besé su frente sudorosa, saboreando la sal. "Fue épico, wey. Ese La Pasión de Cristo Video va a ser nuestro tesoro", murmuré. Él rio bajito, besando mi cuello. "Simón, pero la secuela la grabamos en la playa".
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. En la cocina, con tacos recalentados, hablamos de editarlo solo para nosotros, de revivirlo cuando quisiéramos. Esa noche, durmiendo en sus brazos, sentí una paz profunda, como si hubiéramos creado algo sagrado en lo profano. Mi pasión por él, grabada para siempre, ardía más que nunca.