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La Pasion Turca PDF de Placeres Ocultos

7085 palabras

La Pasion Turca PDF de Placeres Ocultos

Estaba en mi depa en la Condesa, con el calor de la tarde pegándome en la piel como una caricia insistente. Yo, Ana, una morra de treinta tacos que ya estaba harta de la rutina de oficina y citas fallidas. Ese día, chusmeando en la red, di con un link rarito: la pasion turca pdf. Neta, me picó la curiosidad. La bajé rapidito, pensando que era puro morbo turco, pero al abrirlo, las palabras me jalaron como un imán. Hablaba de una pasión salvaje, de cuerpos que se enredan sin pudor, de ojos que queman y piel que arde. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos. ¿Y si yo también podía desatar eso?

Me recargué en la cama, el ventilador zumbando bajito, moviendo el aire caliente que olía a mi perfume de jazmín mezclado con el sudor del día. Las páginas del PDF se me clavaban en la mente: la Desdemona esa, entregándose a un turco de mirada feroz. Mis dedos resbalaban por el teclado, pero pronto bajaron a mi blusa, desabotonándola despacito. El roce de la tela contra mis pezones endurecidos me sacó un jadeo.

Pinche libro, me estás poniendo caliente como la chingada
, pensé, mientras mi mano se colaba en la tanga, tocando esa humedad que ya se formaba. Imaginé manos grandes, ásperas, turcas, explorándome. Me vine rápido, mordiéndome el labio para no gritar, pero quedé con más hambre que antes.

Al día siguiente, en el café de la esquina, con mi latte helado sudando en la mesa, lo vi. Se llamaba Karim, un wey turco-mexicano que regentaba un puesto de kebabs cerca. Alto, moreno, con ojos negros que te desnudaban de un vistazo. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus músculos, y un olor a especias exóticas lo envolvía: comino, canela, algo picante que me hacía salivar. Le sonreí coqueta, y él se acercó con esa sonrisa pícara.

¿Qué onda, preciosa? ¿Buscas algo turco auténtico? —me dijo, con acento que mezclaba Estambul y el DF.

Simón, neta. Justo leí algo sobre pasión turca... en un PDF que bajé —le solté, guiñándole el ojo. Se rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho.

Ahí empezó el juego. Charlamos horas, él contándome de sus raíces, yo soltándole indirectas calientes. Sus manos grandes gesticulaban, y yo no podía dejar de imaginarlas en mi cuerpo.

Este pendejo me va a volver loca
, me dije, sintiendo el pulso acelerado entre las piernas. Me invitó a su depa esa noche, "para probar kebab de verdad", dijo. Acepté sin pensarlo dos veces.

Acto dos: su lugar era un rincón chido en la Roma, con tapetes orientales y luces tenues que olían a incienso. Karim me sirvió vino tinto, espeso como sangre, y un plato de carne jugosa, sazonada con hierbas que explotaban en la boca: ahumado, dulce, salado. Nos sentamos en el piso, piernas cruzadas, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Hablábamos de todo, pero la tensión crecía como tormenta. Sus ojos me recorrían, deteniéndose en mis labios, en el escote de mi vestido rojo que se pegaba a mis curvas por el sudor.

¿Qué te gustó de ese PDF? —preguntó, su voz grave rozándome la oreja.

La pasión sin frenos, wey. Cómo se comen vivos —respondí, lamiéndome los labios con el sabor del kebab aún en la lengua.

Se acercó más, su aliento cálido con notas de anís. Nuestras manos se tocaron al alcanzar la copa, y esa chispa eléctrica me erizó la piel. Ya valió, esto va en serio. Lo besé primero, audaz, mis labios chocando con los suyos suaves pero firmes. Sabía a vino y especias, un beso que empezó tierno y se volvió hambriento. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, dejando mi piel expuesta al aire fresco. Gemí cuando sus dedos rozaron mis pechos, pellizcando los pezones con justo el dolor placentero.

Me levantó en brazos como si nada, llevándome a la cama con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Me tendió desnuda, devorándome con la mirada.

Qué chingón se ve, con esa verga marcada en el bóxer
. Se quitó la ropa lento, provocador, revelando un torso velludo, músculos duros del gym y trabajo, y esa polla gruesa, venosa, lista para mí. Me abrió las piernas con gentileza, besando desde los tobillos hasta el interior de mis muslos, donde el olor de mi excitación lo volvía loco.

Estás mojada como un río, mamacita —murmuró, su lengua lamiendo mi clítoris con vueltas expertas. Sentí el roce áspero de su barba contra mis labios vaginales, el chasquido húmedo de su boca succionando. Mis caderas se arquearon, gimiendo su nombre, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el slap slap de su lengua. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras su pulgar masajeaba mi ano con promesas.

La intensidad subía. Lo jalé al colchón, montándome encima, frotando mi concha resbalosa contra su verga dura como piedra. El calor de su piel contra la mía, sudor mezclándose, olores de sexo crudo: almizcle, sal, deseo puro. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Órale, qué grande! Gruñó, sus manos apretando mis nalgas, guiándome en un ritmo lento al principio, luego frenético. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordisqueando, mientras yo cabalgaba como poseída por esa pasión turca del PDF.

Cambié de posición, él encima, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo con sonidos obscenos. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Nuestros cuerpos chocaban, piel contra piel, resbalosos, calientes.

No pares, cabrón, dame más
. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, mi interior contrayéndose, acercándome al borde. Me volteó a cuatro patas, penetrándome desde atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. El placer era abrumador: vista de sus abdominales contra mi espalda en el espejo, sonido de carne azotándose, olor a corrida próxima, gusto de sus besos en mi cuello.

Acto tres: el clímax nos golpeó como rayo. Grité primero, mi coño apretándolo en espasmos, jugos chorreando por sus muslos. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar. Colapsamos, enredados, respiraciones jadeantes sincronizándose. Su peso sobre mí era reconfortante, su polla aún semi-dura dentro, goteando.

Después, en la penumbra, fumando un cigarro mexicano que sabía a vainilla, me acariciaba el pelo. —La verdadera pasión turca es esta, Ana. No un PDF, sino carne y alma.

Me reí bajito, sintiendo el afterglow en cada poro: músculos laxos, piel sensible, corazón latiendo suave. Ese la pasion turca pdf había sido el detonante, pero Karim la hizo real. Me dormí en sus brazos, oliendo a nosotros, sabiendo que esto era solo el principio de mis propias noches de fuego. Neta, qué chido despertar el alma así.

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