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Pasión de Gavilanes Completa

7153 palabras

Pasión de Gavilanes Completa

Ana respiraba el aire fresco de la hacienda en las afueras de Guadalajara cargado con el aroma dulce de los agaves maduros y el eco lejano de los caballos relinchando al atardecer. Tenía veintiocho años vividos entre lujos discretos y una rutina que la asfixiaba como una cobija demasiado gruesa en noche de calor. Su marido, un empresario que volaba más que un águila, la dejaba sola semanas enteras. Pero esa tarde todo cambió cuando vio a Diego por primera vez.

Él era el nuevo capataz, un moreno alto y fornido con ojos negros como pozos de petróleo y una sonrisa que prometía tormentas. Lo apodaban Gavilán por cómo cazaba los problemas en el rancho con precisión letal. Ana lo observó desde el porche mientras él domaba un potro rebelde, sus músculos tensándose bajo la camisa sudada que se pegaba a su piel bronceada. El sol pintaba su espalda en tonos dorados y el sudor brillaba como perlas. ¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? pensó ella, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Es solo un hombre del rancho, no mames Ana, contrólate.

Pero Diego levantó la vista y sus miradas chocaron. Él guiñó un ojo y gritó con voz ronca: ¡Órale güerita, no se quede nomás mirando, venga a ayudar! Ana rio nerviosa, bajando los escalones con el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano.

La charla fluyó fácil esa tarde. Diego le contó de su vida en los pueblos de Michoacán, de fiestas con mariachis hasta el amanecer y tequilas que queman el alma. –Neta que usted es la reina de esta hacienda, pero se ve que le falta un poco de pasión, ¿o me equivoco? dijo él, rozando su brazo accidentalmente. El toque fue eléctrico, piel contra piel áspera y cálida. Ana olió su aroma varonil, mezcla de tierra, sudor y algo salvaje que la mareaba.

Los días siguientes fueron un juego de miradas y roces casuales. Él la ayudaba con las riendas de los caballos, sus manos grandes envolviendo las de ella, y Ana sentía el pulso acelerado en su garganta. Una noche, la hacienda organizó una fiesta para los trabajadores: mesas largas con tacos al pastor humeantes, guacamole fresco y botellas de tequila reposado que corrían como río. Los mariachis tocaron El Rey y Cielito Lindo, el aire vibraba con guitarras y trompetas.

Ana se puso un vestido rojo ajustado que realzaba sus curvas generosas, pechos firmes y caderas que se mecían al ritmo. Diego apareció de charro, pantalón negro ceñido que marcaba todo, sombrero echado atrás. ¡Chin! exclamó él al verla. ¡Estás para comerte con mole! Bailaron jarabe tapatío, cuerpos pegados, sus muslos rozando los de ella. El tequila calentaba su vientre y el sudor perlaba sus nucas. Ana sentía su verga endureciéndose contra su vientre, dura como tronco de mezquite.

Esto es peligroso, pero qué chido se siente. Quiero más, mucho más.

Ven, susurró Diego al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. La llevó a un cuarto apartado en las caballerizas, iluminado solo por una lámpara de aceite que parpadeaba sombras danzantes. Cerró la puerta y la acorraló contra la pared de madera áspera. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas enredándose como serpientes en celo. Ana saboreó su boca salada, mordisqueó su labio inferior mientras él gemía bajito: Mmm, qué rica güera.

Las manos de Diego exploraron su cuerpo con urgencia contenida. Bajó el vestido, liberando sus tetas llenas, pezones duros como piedras de obsidiana. Los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro. Ana arqueó la espalda, gimiendo contra su cabello negro revuelto. ¡Ay cabrón, sí así! El sonido de sus lenguas chupando era obsceno, húmedo, mezclado con el crujir de la paja en el suelo.

Él se arrodilló, levantando su falda. Sus bragas estaban empapadas, el aroma almizclado de su excitación llenaba el aire. Diego las apartó con dedos callosos y hundió la cara entre sus muslos. ¡Qué chingón sabor! gruñó, lamiendo su clítoris hinchado con la lengua plana y luego chupándolo como dulce de tamarindo. Ana temblaba, piernas flojas, agarrando su cabeza. Olas de placer subían desde su coño palpitante, jugos resbalando por sus piernas. Esto es la pasión de gavilanes completa, nena, déjate llevar, pensó ella mientras el orgasmo la sacudía como terremoto, gritando su nombre.

Diego se puso de pie, quitándose la camisa con prisa. Su pecho velludo brillaba de sudor, abdomen marcado por años de trabajo rudo. Desabrochó el pantalón y su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ana la tomó en mano, sintiendo su calor pulsante, la piel aterciopelada sobre acero. La masturbó lento, oyendo sus jadeos roncos: ¡No mames, qué mano! Luego se arrodilló ella, oliendo su masculinidad intensa, y lo engulló hasta la garganta. Saboreó el salado preeyaculatorio, succionando con hambre mientras él la cogía la boca suave.

Ya quiero estar adentro, rogó Diego, levantándola. Ana envolvió sus piernas en su cintura, él la penetró de un empujón profundo. ¡Puta madre, qué prieta! Ambos gimieron al unísono. El cuarto olía a sexo crudo, sudor y paja molida. Diego la embestía rítmico, bolas golpeando su culo, senos rebotando contra su pecho. Ana clavaba uñas en su espalda, sintiendo cada vena de su pija rozando sus paredes internas, llenándola hasta el fondo.

Siento su corazón latiendo contra el mío, como si fuéramos uno. Esto es pasión de gavilanes completa, salvaje y total.

Cambiaron posiciones: ella a cuatro patas sobre un fardo de heno, él atrás, jalándole el pelo suave mientras la azotaba el culo rojo. ¡Más fuerte, Gavilán, cógeme como animal! pedía Ana, perdida en éxtasis. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sus fluidos chorreando. Diego metió un dedo en su ano, masajeando, y ella explotó de nuevo, coño contrayéndose alrededor de su verga.

Me vengo, avisó él con voz quebrada. Ana se volteó, arrodillándose para recibirlo. Chorros calientes de semen le salpicaron la lengua, el pecho, tragando lo que pudo con deleite salado. Él cayó a su lado, jadeando, acariciándole el cabello.

Se quedaron así un rato, cuerpos enredados, piel pegajosa enfriándose al viento nocturno que entraba por la ventana. El mariachi lejano tocaba una ranchera melancólica. Ana apoyó la cabeza en su pecho, oyendo su corazón calmarse.

Esto fue chido, ¿verdad güerita? murmuró Diego, besándole la frente.

Neta que sí, pendejo. La pasión de gavilanes completa. Pero no termina aquí.

Al amanecer, Ana caminó de regreso a la casa grande con piernas temblorosas y una sonrisa secreta. Su marido llegaría en unos días, pero ahora sabía que la vida podía arder como tequila en las venas. Diego la esperaba en el horizonte, listo para más cacerías. La hacienda nunca había olido tan a promesas cumplidas.

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