Pasion y Poder Capitulo 109 El Fuego de la Entrega
Daniela se recargó en el amplio ventanal de su penthouse en Polanco, con la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo sus pies. El aroma del tequila reposado aún flotaba en el aire, mezclado con el perfume intenso de su piel, jazmín y vainilla que siempre la envolvía. Llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote profundo revelando el nacimiento de sus senos firmes. Hacía calor esa noche de verano, pero el verdadero fuego ardía dentro de ella. ¿Cuánto tiempo más voy a resistir esto? pensó, mientras su mente repasaba las negociaciones del día con Arturo, ese hombre que la desafiaba en cada junta, con su mirada penetrante y esa sonrisa lobuna que prometía más que palabras.
Arturo era el socio que todos temían en la empresa familiar de bienes raíces. Alto, de hombros anchos y piel morena curtida por el sol de sus viajes a la Riviera Maya, exudaba poder puro. Pero con Daniela, era diferente. Entre ellos bullía una tensión eléctrica, un tira y afloja de pasion y poder que los había mantenido al borde durante años. Ella, la heredera implacable, directora ejecutiva a sus treinta y cinco años, no cedía terreno fácilmente. Él, con sus cuarenta bien llevados, sabía cómo jugar sucio en los negocios... y en la cama, aunque aún no habían cruzado esa línea.
El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos. Sabía quién era. Arturo había insistido en venir esa noche para "cerrar el trato del proyecto en Santa Fe". Pero ambos sabían que era pretexto. Abrió la puerta y ahí estaba, con camisa blanca desabotonada en el pecho, mostrando un atisbo de vello oscuro, pantalón de vestir ajustado y esa colonia amaderada que le erizaba la piel.
"Daniela, mi reina", dijo él con voz grave, esa voz que resonaba como un ronroneo en sus entrañas. Mi reina. Neta, este wey sabe cómo entrarme, pensó ella, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.
—Pasa, Arturo. Pero no creas que vas a salírtela con la tuya esta vez —respondió ella, cruzando los brazos bajo sus pechos, empujándolos hacia arriba en un gesto que no pasó desapercibido.
Entraron al salón, iluminado por luces tenues y el resplandor de la ciudad. Él se sirvió un trago de la botella sobre la mesa de cristal, el hielo tintineando como un preludio. Se acercaron al sofá de piel italiana, pero en lugar de sentarse, él la acorraló contra la pared, su cuerpo grande invadiendo su espacio personal. El calor de su aliento rozó su cuello, oliendo a tequila y deseo puro.
—Hoy en la junta, te vi, Daniela. Tus ojos me decían que querías más que un contrato. Querías esto —murmuró, su mano subiendo por su muslo, deteniéndose justo bajo el borde del vestido.
Ella jadeó, el pulso acelerándose en su garganta.
Esto es pasion y poder, capitulo 109 de nuestra pinche telenovela personal. ¿Me rindo o lo domino yo?Su mente giraba como un torbellino. Lo empujó levemente, pero no con fuerza real.
—Eres un mamón, Arturo. Siempre queriendo mandar. Pero aquí, en mi casa, mando yo —dijo, girando las posiciones para que él quedara contra la pared. Sus labios rozaron los de él, un beso tentativo que explotó en fuego. Sus lenguas se enredaron, saboreando el tequila y el salado de sus pieles. El sonido de sus respiraciones agitadas llenó la habitación, mezclado con el lejano rumor del tráfico en Reforma.
Acto uno cerrado, la tensión inicial estallaba en chispas. Bajaron al sofá, ella a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su concha ya húmeda a través de la tela. Órale, qué chingona está de dura, pensó Daniela, moliéndose contra él mientras sus manos desabotonaban su camisa, revelando un torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello que invitaba a lamerlos.
Arturo gruñó, sus manos grandes amasando sus nalgas, el tacto áspero de sus palmas enviando ondas de placer por su espina. —Quítate eso, carnala. Quiero verte toda —exigió, pero con un tono juguetón, empoderador, no mandón.
Ella se incorporó, deslizando el vestido por sus hombros, dejándolo caer como una cascada negra. Quedó en lencería de encaje rojo, sus tetas grandes rebosando del brasier, pezones endurecidos como piedritas. Él la miró con hambre, oliendo su excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco. —Eres la neta, Daniela. Mi diosa del poder.
La levantó en vilo, caminando hacia la recámara con ella envuelta en sus brazos. El colchón king size los recibió, sábanas de satén negro crujiendo bajo sus cuerpos. Aquí empezaba el medio acto, la escalada lenta y deliciosa. Arturo la besó por todo el cuerpo: cuello, clavículas, bajando a sus senos. Desabrochó el brasier con dientes, liberándolos. Chupó un pezón, succionando fuerte, el sonido húmedo y obsceno resonando. Daniela arqueó la espalda, gimiendo alto, sus uñas clavándose en su espalda. Siento su lengua como fuego, me está derritiendo la panocha.
—Más, cabrón, no pares —suplicó ella, pero tomó control, volteándolo boca arriba. Se quitó el tanga, revelando su coño depilado, labios hinchados brillando de jugos. Se sentó en su cara, montándolo como una reina. La lengua de Arturo la invadió, lamiendo su clítoris con maestría, saboreando su miel salada y dulce. Ella cabalgaba su rostro, el olor de su sexo llenando sus narices, sus gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Sí, así, chúpame el botón, wey!
El sudor perlaba sus pieles, el aire cargado de feromonas y jadeos. Él la volteó, posicionándola a cuatro patas, admirando su culo redondo y firme. —Voy a cogerte como se merece una jefa —dijo, frotando la cabeza de su verga gruesa y venosa contra su entrada. Ella empujó hacia atrás, ansiosa.
—Hazlo ya, no me hagas rogar —ordenó, y él obedeció, embistiéndola de un solo golpe. El estiramiento la hizo gritar de placer, su concha apretándolo como un guante caliente y húmedo. El slap-slap de carne contra carne, el squelch de sus jugos, el olor a sexo crudo... todo era sinfonía erótica. Él la chingaba profundo, una mano en su cadera, la otra pellizcando su clítoris. Daniela se retorcía, sus tetas balanceándose, el placer acumulándose como una tormenta.
Esto es poder compartido, pasion y poder en su máxima expresión. Capitulo 109 donde nos entregamos mutuamente, reflexionó en medio del éxtasis, mientras él aceleraba, sus bolas golpeando su clítoris.
La volteó de nuevo, misionero para mirarse a los ojos. Esos ojos cafés intensos de Arturo, llenos de adoración y lujuria. —Córrete conmigo, mi amor —susurró ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo cada vena de su verga pulsando dentro. Él gruñó, embistiendo salvaje, el colchón crujiendo al ritmo frenético.
El clímax llegó como avalancha. Daniela explotó primero, su coño contrayéndose en espasmos, chorros de squirt mojando sus abdominales. —¡Me vengo, Arturo, chingadooo! —aulló, uñas rasguñando su espalda. Él la siguió, su verga hinchándose, descargando leche caliente y espesa dentro de ella, pulso tras pulso, hasta que ambos colapsaron, jadeantes, sudorosos.
En el afterglow, el acto final, yacían enredados, el corazón de ella latiendo contra el de él. El aroma de sexo impregnaba la habitación, mezclado con sus perfumes. Arturo la besó la frente, suave. —Eres increíble, Daniela. No solo en los negocios.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
Esto no es el fin de pasion y poder, capitulo 109 solo abre más puertas. Ahora somos aliados en todo.Se sentía empoderada, completa, el poder ahora compartido en la intimidad más profunda. La ciudad seguía brillando afuera, testigo muda de su unión ardiente. Mañana volverían a ser titanes en la junta, pero esta noche, eran amantes invencibles.