Abismo de Pasion Capitulo 9
Ana sintió el calor del sol de Puerto Vallarta filtrándose por las cortinas de lino blanco de la villa. El aire olía a sal marina y jazmín fresco, mezclado con el aroma sutil de su perfume, ese que siempre volvía loco a Javier. Habían pasado semanas desde su último encuentro, y cada mensaje de texto había sido como una chispa en la pólvora. Neta, wey, no aguanto más, le había escrito él anoche. Ella sonrió recordándolo, mientras se ponía el vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, sabiendo que esa noche caerían de nuevo en el abismo de pasion, como si fuera el capitulo 9 de una novela que no querían terminar.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. Llevaba una camisa guayabera desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho. "Órale, mi reina, ¿lista para ahogarnos juntos?", dijo con voz ronca, acercándose. Sus ojos la devoraban, bajando por el escote hasta las piernas bronceadas. Ana sintió un escalofrío, el pulso acelerándose como tambores en una fiesta de pueblo.
Él la tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo firme. El olor de su colonia, madera y cítricos, la envolvió. Sus labios rozaron su cuello, calientes, húmedos. "Te extrañé tanto, carnala", murmuró, y ella se derritió, las manos subiendo por su espalda musculosa.
Esto es lo que necesitaba, su piel contra la mía, su aliento en mi oreja, pensó Ana, mientras sus bocas se encontraban en un beso profundo, lenguas danzando con urgencia contenida. El sabor salado de su sudor se mezclaba con el dulzor de su boca, y un gemido escapó de su garganta.
Se separaron solo para caminar hacia la terraza, donde la piscina infinita se fundía con el mar turquesa. La brisa jugaba con su cabello, y Javier la sentó en una tumbona, arrodillándose frente a ella. Sus manos grandes subieron por sus muslos, apartando la tela del vestido. "Eres tan chula, Ana, me pones como pendejo cada vez", rio bajito, y ella arqueó la espalda, sintiendo el calor entre las piernas crecer. El sonido de las olas rompiendo era como un latido compartido, sincronizado con su respiración agitada.
En el medio de esa tensión que bullía como volcán, Javier la miró a los ojos, serios ahora. "Sabes que esto no es solo güeva, ¿verdad? Cada vez que nos vemos, caemos más hondo en este abismo". Ana asintió, el corazón latiéndole fuerte. Recordaba sus peleas tontas, las reconciliaciones ardientes, cómo él la había esperado después de su viaje a la CDMX.
¿Por qué pelear si podemos follar hasta el amanecer?pensó, riendo para sí. Sus dedos desabrocharon la camisa de él, explorando el calor de su abdomen, bajando hasta el bulto en sus pantalones. Él gruñó, un sonido animal que la hizo mojar más.
La desvistió despacio, saboreando cada centímetro. El vestido cayó al piso con un susurro, dejando su cuerpo desnudo bajo la luna naciente. El aire fresco erizaba su piel, pero el toque de Javier era fuego. Besó sus pechos, lamiendo los pezones duros, chupando con una succión que la hizo jadear. "¡Ay, Javier, qué rico!", exclamó ella, las uñas clavándose en su nuca. Él bajó más, besando su vientre, el ombligo, hasta llegar al triángulo oscuro. Su lengua trazó círculos lentos en su clítoris, probando su humedad salada y dulce. Ana temblaba, las caderas moviéndose solas, el placer subiendo como marea alta.
Pero no quería soltarse aún. Lo jaló arriba, quitándole la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo su calor, el pulso rápido bajo la piel suave. "Métemela ya, wey, no seas mamón", suplicó juguetona, y él rio, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, sus paredes apretándolo como guante. Comenzaron a moverse, ritmos lentos al principio, piel contra piel chapoteando sudor.
La intensidad creció. Javier la volteó, poniéndola a cuatro patas en la tumbona, el mar testigo de su frenesí. Sus embestidas eran profundas, golpeando ese punto que la volvía loca. El sonido de carne contra carne se mezclaba con sus gemidos, "¡Más duro, pendejo, así!", gritaba ella. Él obedecía, una mano en su cadera, la otra enredada en su pelo, tirando suave. El olor a sexo flotaba pesado, almizcle y mar, mientras el orgasmo se acercaba como tormenta.
Ana sentía cada vena de él rozándola, el roce de sus bolas contra su clítoris.
Esto es el abismo de pasion capitulo 9, donde nos perdemos para encontrarnos, pensó en un flash, mientras el clímax la golpeaba. Ondas de placer la recorrieron, contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre al cielo estrellado. Javier la siguió segundos después, gruñendo ronco, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.
Colapsaron juntos en la tumbona, cuerpos entrelazados, sudorosos y jadeantes. El viento secaba su piel, y él la besó la frente, tierno ahora. "Eres mi todo, Ana. No hay fondo para esto". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho, el corazón aún galopando. El mar susurraba paz, y en ese afterglow, supieron que el próximo capítulo sería aún más intenso. La noche los envolvía, prometiendo más caídas al abismo.