Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras La Pasión de Cristo Muerte La Pasión de Cristo Muerte

La Pasión de Cristo Muerte

7644 palabras

La Pasión de Cristo Muerte

La noche de Jueves Santo envolvía la villa en Puerto Vallarta con un manto de lluvia torrencial, el sonido de las gotas martillando el tejado como un tambor ancestral. Luisa, con su piel morena reluciente por el vapor del baño, se dejó caer en el sillón de mimbre del porche cubierto. Llevaba solo una camiseta holgada de algodón que se adhería a sus curvas generosas, los pezones endurecidos por el aire fresco del Pacífico. El olor a mar salado se mezclaba con el aroma dulce de las buganvillas mojadas, y en el fondo, la tele murmuraba procesiones de Semana Santa desde Guadalajara, su ciudad natal.

Diego salió de la cocina con dos vasos de tequila reposado, el líquido ámbar brillando como oro líquido. Era un tipo alto, de hombros anchos y tatuajes que serpenteaban por sus brazos, un macho de esos que te miran y ya te tienen las piernas temblando. "Órale, mi reina, toma este trago pa' entrar en calor", dijo con esa voz ronca, su sonrisa pícara iluminada por el relámpago que rasgó el cielo. Se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella, cálido y firme como una promesa.

Luisa tomó el vaso, el cristal frío contra sus labios, y dio un sorbo que le quemó la garganta con fuego dulce. Pinche Diego, siempre sabe cómo encender la chispa, pensó, mientras sus ojos bajaban a la protuberancia en sus shorts. Habían llegado esa tarde de la playa, todavía con arena entre los dedos de los pies, y la tensión había estado flotando todo el día: miradas robadas, roces casuales que no lo eran tanto. La Semana Santa los había puesto nostálgicos, hablando de las procesiones de su infancia, de los cirios y las mantillas, pero ahora, solos en esa villa rentada con vista al mar embravecido, todo eso se torcía en algo más carnal.

"¿Sabes qué, wey? Esta noche me da por lo prohibido", murmuró ella, dejando el vaso en la mesita. Su mano subió por el muslo de él, sintiendo los músculos tensarse bajo la piel áspera. Diego la miró con ojos oscuros, hambrientos, y la atrajo hacia sí, su boca capturando la de ella en un beso que sabía a tequila y sal. Las lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras la lluvia arreciaba afuera.

Esto es puro pecado, pero qué chingón pecado, se dijo Luisa, el corazón latiéndole como un tamborazo en las costillas.

Acto primero: la chispa. Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, sus manos grandes amasando sus nalgas redondas bajo la camiseta. La llevó adentro, a la cama king size con sábanas de lino crujiente, el aire acondicionado susurrando fresco contra su piel caliente. La tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían con esa intensidad que la volvía loca. "Quítate eso, mamacita, quiero verte toda", ordenó juguetón, tirando de la camiseta. Ella obedeció, arqueando la espalda, sus tetas llenas saltando libres, los pezones marrones pidiendo atención.

Él se desnudó rápido, su verga saltando erecta, gruesa y venosa, la cabeza reluciente de anticipación. Luisa la miró, lamiéndose los labios, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación. Neta, este pendejo me tiene loca. Se arrodilló en la cama, gateando hacia él, y la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras Diego gemía bajito, enredando los dedos en su cabello negro largo.

"Así, mi vida, chúpamela rico", gruñó él, las caderas moviéndose leve. Ella succionó más profundo, la boca llena, la saliva goteando, el sonido húmedo mezclándose con truenos lejanos. Pero no lo dejó acabar; lo empujó de espaldas, montándose a horcajadas sobre su pecho, su panocha depilada rozando su piel, mojada y caliente como un horno.

La tensión subía como la marea. Diego la volteó, besando su cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas que ella adoraba. Sus manos exploraban: dedos gruesos separando sus labios vaginales, frotando el clítoris hinchado, haciendo que ella jadeara y se arqueara. Me está volviendo loca el cabrón, pensó, el olor de su propia excitación subiendo dulce y almizclado. Él bajó la boca, lamiendo su concha con lengua experta, chupando el néctar que brotaba, el sabor ácido-dulce volviéndolo loco.

"Estás empapada, Luisa, pura miel", murmuró contra su carne, vibraciones enviando ondas de placer. Ella se retorcía, uñas clavadas en su espalda, el sudor comenzando a perlar sus cuerpos. La procesión en la tele seguía de fondo, un Cristo cargando la cruz, y Luisa soltó una risa entrecortada: "Mira, wey, como tú con tu cruz esta noche". Diego levantó la vista, ojos brillando: "Esta es la pasión de Cristo muerte, mi reina, pero en vez de clavos, te clavo yo".

Acto segundo: la escalada. La habitación olía a sexo y tequila, el aire pesado. Diego se posicionó entre sus piernas, la verga presionando su entrada, resbaladiza y lista. Ella lo guio con la mano, "Métemela ya, no aguanto". Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el dolor-placer haciendo que gritara. Chingado, qué grande la tiene el muy pendejo. Él se hundió hasta el fondo, sus pelvis chocando con un plaf húmedo, y comenzaron el ritmo: lento al principio, mirándose a los ojos, respiraciones sincronizadas.

Luisa envolvía sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo cada embestida, el roce en su punto G enviando chispas. El sudor les chorreaba, salado en la piel, gotas cayendo de su pecho al de ella. "Más fuerte, Diego, rómpeme", suplicó, y él obedeció, clavándola con furia controlada, la cama crujiendo como si fuera a romperse. Gemidos llenaban el cuarto: sus ahs agudos, sus gruñidos guturales, la lluvia como coro salvaje.

Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgando como amazona, tetas rebotando, manos en su pecho tatuado. Él amasaba su culo, dando nalgadas suaves que ardían placenteras. Esto es el paraíso, neta, pensó ella, el clítoris frotándose contra su pubis, el orgasmo construyéndose como tormenta. Diego se incorporó, succionando un pezón, mordiendo suave, mientras sus caderas subían para encontrarse con las de ella. La tensión psicológica ardía: recuerdos de amores pasados pálidos comparados con esto, el miedo a perderse en él, pero el deseo ganando.

"Te amo, cabrona, córrete conmigo", jadeó él, dedos en su clítoris. Luisa sintió la ola romper: músculos contrayéndose, visión nublándose, un grito primal escapando mientras su concha ordeñaba su verga en espasmos. Él la siguió segundos después, gruñendo "¡La pasión de Cristo muerte!", eyaculando chorros calientes dentro de ella, el semen rebosando, cálido y pegajoso.

Acto tercero: el éxtasis y la calma. Colapsaron enredados, pechos agitados, el sudor enfriándose en la piel. Diego la besó suave, labios hinchados, "Eres mi todo, mi vida". Luisa sonrió, trazando su tatuaje con el dedo, el corazón lleno. Afuera, la lluvia amainaba, dejando un aroma fresco de tierra mojada. Se quedaron así, cuerpos entrelazados, el mar susurrando paz.

En esa pasión de Cristo muerte, renacimos juntos, puros en nuestro pecado.

La mañana trajo sol, pero el recuerdo de la noche perduraba en moretones dulces y sonrisas cómplices. Caminaron por la playa, manos unidas, listos para más procesiones privadas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.