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La Pasion Ardiente de Jesus

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La Pasion Ardiente de Jesus

El sol de abril caía a plomo sobre el pueblo de San Miguel, en el corazón de México, donde la Semana Santa se preparaba con ese fervor que solo los mexicanos sabemos ponerle. Yo, Ana, una morra de veintiocho años que había regresado del DF para ayudar en la iglesia, me encontré ensayando el papel de María Magdalena en la obra de la Pasión de Jesús. Neta, nunca imaginé que terminaría metida en algo tan intenso.

El templo olía a copal y flores de cempasúchil marchitas, mezclado con el sudor de los voluntarios. Ahí estaba él, Jesús, no el de Nazaret, sino un vato alto, moreno, con ojos cafés que te clavaban como si te estuvieran desnudando el alma. Treinta años, cuerpo de ranchero endurecido por el trabajo en el campo, pero con una sonrisa pícara que decía "ven, pruébame". Era el protagonista, el que cargaba la cruz de madera en los ensayos. Desde el primer día, cuando me arrodillé a sus pies fingiendo llorar por sus llagas, sentí un cosquilleo en la piel que no era del guion.

¿Qué chingados me pasa? Es Semana Santa, Ana, contrólate, pendeja, me dije mientras lo veía quitarse la túnica empapada, dejando ver el pecho marcado por el sol.

Él me miró fijo, con esa mirada que quema. "Órale, Magdalena, ¿ya te aprendiste tus líneas o qué?", me dijo con voz ronca, acercándose tanto que olí su aroma a tierra húmeda y jabón de lao. Mi corazón latió como tamborazo en fiesta. "Sí, carnal, neta que sí", respondí, tragando saliva. La tensión ya estaba ahí, flotando como el humo del incienso.

Los ensayos se volvieron mi tortura deliciosa. Cada tarde, después de que el padre terminara de bendecirnos, nos quedábamos solos en el atrio para practicar las escenas íntimas. Él me tomaba de la mano, fingiendo guiarme al sepulcro, y sus dedos ásperos rozaban mi palma, enviando chispas por mi espina. "Siente la pasión, Ana", me susurraba al oído, su aliento cálido contra mi cuello. Yo cerraba los ojos, imaginando que no era ficción.

Una noche, bajo la luna llena que iluminaba las calles empedradas, el ensayo se salió de control. Estábamos en la escena del jardín de Getsemaní. Yo lo consolaba, mi cabeza en su pecho, oyendo los latidos acelerados que no eran del personaje. "Jesús, no puedo más con esta pasión de Jesús que me quema por dentro", solté sin pensar, mezclando el guion con mi verdad. Él se quedó quieto, luego me levantó la barbilla con un dedo. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, como una pregunta.

"¿Quieres que pare, Magdalena?", murmuró, su voz grave vibrando en mi piel. Neta, mi cuerpo gritó que no. "No, pinche Jesús, no pares", respondí, jalándolo hacia mí. Nos besamos con hambre, lenguas danzando como en una danza prehispánica, saboreando el salado de su sudor y el dulce de su boca. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi cintura bajo el huipil ligero que usaba para el ensayo. Sentí su dureza presionando contra mí, y un gemido se me escapó.

Nos escabullimos al cuarto trasero de la iglesia, donde guardaban las imágenes santas. El aire estaba cargado de olor a madera vieja y velas apagadas. Él me recargó contra la pared, besándome el cuello mientras sus dedos desataban mi blusa. "Eres tan chingona, Ana, me tienes loco desde el primer día", gruñó, lamiendo mi clavícula. Mi piel ardía bajo sus labios, cada roce como fuego líquido. Le quité la camisa, acariciando esos pectorales firmes, oliendo su esencia masculina que me mareaba.

Esto es pecado, pero qué rico pecado, carajo. Su piel sabe a México puro, a tierra y sol, pensé mientras bajaba las manos a su pantalón.

Lo desabroché despacio, sintiendo su verga palpitante liberarse, gruesa y caliente en mi palma. "Mira lo que me provocas, morra", dijo él, jadeando. La acaricié, sintiendo las venas hinchadas, el calor que subía por mi brazo. Él gimió, un sonido ronco que me humedeció al instante. Me levantó la falda, sus dedos explorando mis muslos, llegando a mi calzón empapado. "Estás chorreando por mí, ¿verdad?", susurró, metiendo un dedo dentro, lento, girando. Grité bajito, mis caderas moviéndose solas contra su mano.

Caímos sobre un montón de mantas que cubrían las esculturas. Él se puso encima, besándome los pechos, chupando mis pezones duros como piedras de obsidiana. Cada lamida era un relámpago de placer, mi cuerpo arqueándose. "Te voy a follar como se merece esta pasión", prometió, posicionándose. Entró en mí de un empujón suave pero firme, llenándome por completo. Sentí cada centímetro estirándome, su grosor pulsando dentro. "¡Ay, Jesús, qué rico!", grité, clavando uñas en su espalda.

Empezamos a movernos, rítmicos como oleadas del Pacífico. El slap de piel contra piel resonaba en el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de las mantas. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose más profundo. Él me miraba a los ojos, "Eres mía, Ana, en esta pasión de Jesús y en todas". Aceleró, sus embestidas fuertes, golpeando ese punto que me volvía loca. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y adictivo.

Yo lo monté después, cabalgándolo como amazona en palenque. Sus manos en mis nalgas, guiándome, apretando. "¡Más rápido, cabrón!", le exigí, sintiendo el orgasmo subir como volcán. Él gruñía, "¡Ven, mija, córrete conmigo!". Explotamos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer sacudiéndome. Su leche caliente inundándome, marcándome. Colapsamos, respirando agitados, piel pegada a piel.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, oyendo el viento nocturno y el lejano tañido de campanas. "Neta, esto no fue solo el ensayo", dijo él, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. "Fue la pasión real, Jesús. La que no se apaga con Viernes Santo".

Los días siguientes, entre procesiones y rosarios, robábamos momentos: un beso en el callejón perfumado de bugambilias, una caricia rápida tras el telón. La Pasión de Jesús se convirtió en nuestra, un secreto ardiente que avivaba el pueblo sin que nadie supiera. Al final de la Semana Santa, cuando la cruz se bajó y el Cristo resucitó, nosotros también renacimos en esa llama compartida. Y supe que esto era solo el principio de muchas noches así, llenas de deseo mexicano, puro y sin frenos.

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