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Cristo Crucificado Mi Pasion de Cristo

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Cristo Crucificado Mi Pasion de Cristo

La iglesia de Santa María en el corazón de Oaxaca bullía de fieles esa noche de Viernes Santo. El aire estaba cargado de incienso dulce y el murmullo de oraciones se mezclaba con el eco de tambores lejanos. Yo, Lucía, de treinta y dos años, piel morena y curvas que siempre llaman la atención, me arrodillé frente al altar mayor. Ahí estaba él: el Cristo crucificado, con su cuerpo esculpido en madera oscura, músculos tensos bajo la piel agrietada, espinas clavadas en la frente y esa mirada de sufrimiento eterno que me erizaba la piel.

Pero no era solo devoción lo que sentía. Neta, cada vez que veía esa imagen, un calor traicionero me subía por el vientre. Mis pezones se endurecían contra la blusa de encaje, y entre mis piernas sentía esa humedad pegajosa que me hacía apretar los muslos.

¿Qué carajos me pasa? ¿Estoy loca o qué? Este pinche Cristo crucificado me pone caliente como demonio.
Me levanté, cruzándome de brazos para disimular el temblor, y entonces lo vi a él. Javier, alto, con barba recortada, ojos cafés profundos y un cuerpo que gritaba fuerza bajo la camisa negra. Parecía salido de la pasión de Cristo, pero vivo, oliendo a colonia fresca y sudor varonil.

—Órale, güey, ¿ya viste qué chingón está el Cristo este año? —me dijo con una sonrisa pícara, voz grave que me vibró en el pecho.

Nos pusimos a platicar. Él era artista, pintaba murales en la ciudad, y yo diseñadora gráfica freelance, viviendo en un depa chido en el centro. La química fue inmediata, como chispas en pólvora. Hablamos de la fe, del deseo reprimido en estas procesiones, y sus ojos se clavaron en mis labios mientras yo lamía el helado de tuna que compré afuera. Su boca se ve tan suave, tan lista para morder. Terminamos la noche en su loft en la colonia Reforma, un lugar elegante con ventanales al zócalo iluminado, velas aromáticas y una cama king size que parecía un altar pagano.

Adentro, el aire olía a sándalo y a su piel. Nos sentamos en el sillón de cuero suave, con una chela fría en la mano. —Sabes, Lucía, siempre he fantaseado con la pasión de Cristo, pero no la del dolor, sino la del éxtasis prohibido —confesó, su mano rozando mi rodilla, enviando descargas eléctricas por mi espina.

Yo tragué saliva, el corazón latiéndome como tamborazo.

Este pendejo me lee la mente. ¿Y si le digo que yo también?
—Neta, Javier, cada Viernes Santo me mojo viendo al Cristo crucificado. Imagino lamer esas gotas de sudor, besar esas heridas.

Se rio bajito, un sonido ronco que me mojó más. —Pues hagámoslo real. Tú serás mi Magdalena pecadora, y yo tu Cristo. Átame, adórame, hazme sufrir de placer.

Mi pulso se aceleró. Todo consensual, puro fuego mutuo. Asentí, y el juego empezó.

Lo llevé a la recámara, donde la luz de las velas bailaba en las paredes de adobe pintado. Le quité la camisa despacio, revelando su torso lampiño, pectorales firmes y ese vientre plano con un rastro de vello negro bajando al ombligo. Olía a hombre puro, a testosterona y deseo. Sus pezones rosados se endurecieron al aire fresco. —Quítate todo, mi Cristo —susurré, voz ronca.

Se desabrochó el cinto, dejando caer los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, ya semi erecta, apuntando al techo como una ofrenda. Chingado, qué pinga tan perfecta, gorda y lista para mí. La rocé con las yemas, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo de la piel sobre el acero debajo. Gimió, un sonido gutural que me erizó los brazos.

Improvisamos la cruz: lo acosté en la cama, brazos extendidos hacia los postes de madera tallada. Usé sus corbatas de seda roja para atarle las muñecas, firmes pero no dolorosas. —Así, sufriendo por mí —le dije, besando su palma, saboreando la sal de su sudor.

Él jadeaba ya, pecho subiendo y bajando.

Esto es la pasión de Cristo que siempre quise, no clavos sino ataduras de seda, no vinagre sino mi lengua.
Me subí el vestido, quitándome las tangas empapadas. Mi panocha depilada brillaba de jugos, clítoris hinchado pidiendo atención. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, inhalando su aroma almizclado, ese olor a sexo inminente que me volvía loca.

Empecé por sus pies, besando los arcos duros, chupando cada dedo mientras él se retorcía. Subí por pantorrillas musculosas, lamiendo el interior de los muslos, sintiendo los vellos pinchar mi lengua. Llegué a sus bolas pesadas, redondas, las lamí despacio, saboreando el gusto salado, aspirando profundo. —¡Ay, cabrona, qué rico! —gruñó, caderas alzándose.

Tomé su verga en la mano, masturbándola lento, viendo cómo la cabeza morada se hinchaba, goteando precum cristalino. La lamí desde la base hasta la punta, circundando el glande con la lengua plana. Él gemía como poseído, el sonido llenando la habitación como un salmo profano. La tragué entera, garganta relajada, sintiendo cómo me llenaba la boca, pulsando contra mi paladar. Chupé fuerte, succionando, mientras mis dedos jugaban con su ano fruncido.

Pero no lo dejé venir aún. Me subí encima, restregando mi chochita mojada por su longitud. El roce era eléctrico, mis labios mayores abriéndose alrededor de su tronco, jugos mezclándose con su precum. Siento su calor quemándome, mi clítoris rozando su vena gruesa, ay Dios. Bajé despacio, empalándome centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarme, llenarme hasta el fondo. Era grueso, perfecto, tocando ese punto dentro que me hacía ver estrellas.

Cabalgaba lento al principio, manos en su pecho, pellizcando pezones, uñas arañando suave. El sudor nos unía, piel resbaladiza, slap slap de cuerpos chocando. Aceleré, tetas rebotando, cabello azotando mi espalda. Él tiraba de las ataduras, músculos tensos como el verdadero Cristo crucificado, pero sus ojos eran puro fuego, no dolor.

—Más fuerte, Magdalena, fóllame como a un dios pagano —suplicó, voz quebrada.

Lo hice. Roté caderas, moliendo mi clítoris contra su pubis, sintiendo el orgasmo construir como tormenta. El olor a sexo nos envolvía, almizcle dulce, sudor ácido. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo.

Esta es mi pasión de Cristo, clavada en mi carne, sangrando placer.
Grité primero, el clímax explotando en oleadas, jugos chorreando por sus bolas. Él se vino segundos después, rugiendo, chorros calientes inundándome, desbordando.

Pero no paramos. Lo desaté, y él me volteó, ahora yo la ofrenda. Me abrió las piernas, lengua hurgando mi panocha sensible, lamiendo crema de nuestros jugos. —Sabe a paraíso, pinche diosa —murmuró, dos dedos curvados dentro, frotando mi G. Volví a correrme, arqueándome, squirt salpicando su barba.

Cambiando posiciones, me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás, manos en mis caderas, nalgadas suaves que ardían delicioso. Cada estocada profunda, bolas golpeando mi clítoris, sonidos obscenos: chapoteo húmedo, gemidos ahogados. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, tacto ardiente. Alcancé otro orgasmo, temblando, y él se corrió dentro otra vez, colapsando sobre mí.

En el afterglow, yacimos enredados, piel pegajosa enfriándose, respiraciones calmándose. Besos suaves, lenguas perezosas. —Eso fue mejor que cualquier procesión —dijo riendo, acariciando mi pelo.

Yo sonreí, corazón lleno.

El Cristo crucificado de mi devoción ahora era carne viva, y su pasión de Cristo ardía en mí para siempre.
Afuera, las campanas tañían, pero nuestro silencio era sagrado, un éxtasis que no necesitaba palabras.

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