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Película Noche de Pasión

6541 palabras

Película Noche de Pasión

La noche caía suave sobre la Condesa, con ese aire fresco de la ciudad que invita a quedarse en casa. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a tu piel por el calor del día, abres la puerta a Marco. Él llega con una sonrisa pícara, esa que te hace cosquillas en el estómago, cargando una botella de mezcal artesanal y una bolsa de chicharrones para picar. Órale, qué chido que ya llegaste, le dices, mientras lo jalas adentro de tu depa chiquito pero con buen gusto, lleno de plantas y luces tenues.

Se acomodan en el sofá mullido, el que compraste en el tianguis de San Ángel. Pones la tele, Netflix cargando lento como siempre, pero ya sabes qué van a ver: una película Noche de Pasión, esa que te recomendó tu amiga Lupita, una historia mexicana de amores intensos y cuerpos que se buscan sin remedio.

¿Será que esta noche nos pase lo mismo? Neta, su mirada me prende
, piensas mientras sirves el mezcal en vasos de cristal tallado.

El primer sorbo quema rico la garganta, con ese ahumado que huele a tierra de Oaxaca. Marco se acerca, su pierna roza la tuya, y sientes el calor de su piel a través del pantalón de mezclilla. La película arranca: una pareja en una playa de Puerto Vallarta, besándose con hambre bajo la luna. Tú sientes tu pulso acelerarse, el sonido de las olas en la pantalla mezclándose con el tráfico lejano de la avenida.

Acto uno de la noche: las risas por los diálogos cursis, pero las miradas que se cruzan cargadas de promesas. Su mano grande y callosa –de tanto trabajar en su taller de motos– se posa en tu rodilla. No pares, murmuras bajito, y él sube despacito, trazando círculos con los dedos que te erizan la piel. Huele a su colonia barata pero sexy, esa que mezcla madera y algo salvaje. Tú volteas, tus labios rozan los suyos, un beso suave al principio, como probar un tamal recién salido del steamer.

La película avanza, la pareja en pantalla se desnuda, y tú sientes el deseo crecer como una ola. Marco te jala a su regazo, tus nalgas se acomodan sobre sus muslos firmes. Sientes su verga endureciéndose contra ti, dura y caliente, presionando a través de la tela. Tus pezones se marcan en el vestido, sensibles al roce del aire acondicionado que zumba bajito.

¡Qué rico se siente esto, wey! Quiero más, pero despacio, que dure
.

El mezcal hace su magia, aflojando todo. Sus manos suben por tus muslos, levantando el vestido hasta la cintura. Tocan tu calzón de encaje, ya húmedo, y él gime contra tu cuello. Mamacita, estás mojada para mí, susurra con voz ronca, ese acento chilango que te derrite. Tú arqueas la espalda, empujando contra sus dedos que masajean tu clítoris con maestría, círculos lentos que te hacen jadear. El olor a tu propia excitación se mezcla con el suyo, almizclado y potente.

Apagan la tele sin verla más –la película Noche de Pasión ya no importa, porque la suya está pasando en vivo. Se levantan torpes, riendo, besándose mientras caminan al cuarto. La cama king size te recibe, sábanas frescas de hilo egipcio que compraste en Polanco. Él te quita el vestido de un tirón, exponiendo tus tetas redondas, pezones oscuros y duros como piedras de obsidiana. Tú le bajas el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, que salta libre, goteando ya de anticipación.

Acto dos: la escalada. Te arrodillas en la alfombra persa, tomas su verga en la mano, sientes su pulso latiendo contra tu palma. La lames desde la base, saboreando la sal de su piel, ese gusto varonil que te hace salivar. Él enreda los dedos en tu pelo, Chúpamela, reina, así de rico. Tus labios la envuelven, chupando con hambre, la lengua jugando en la cabeza sensible. Sus gemidos llenan el cuarto, graves y animales, como rugidos lejanos en Chapultepec.

Te sube a la cama, te abre las piernas con gentileza. Su lengua en tu concha es fuego: lame despacio, sorbiendo tus jugos, metiendo la punta adentro mientras sus dedos pellizcan tus labios mayores. Tú gritas bajito, ¡Ay, cabrón, no pares! Neta, me vas a hacer venir. El placer sube en oleadas, tu vientre se contrae, olor a sexo puro impregnando el aire. Tus uñas en su espalda, arañando suave, dejando marcas rojas que mañana dolerán rico.

Pero no vienes aún –quieres que dure. Lo empujas boca arriba, te montas a horcajadas. Su verga roza tu entrada, resbaladiza de saliva y tus fluidos. Bajas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. ¡Qué chingona se siente! Gritas, y empiezas a moverte, arriba abajo, círculos de cadera que lo hacen jadear. Sus manos en tus tetas, amasándolas, pellizcando pezones. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, se mezcla con vuestros jadeos.

El sudor perla vuestros cuerpos, salado al lamer su pecho. Acelera el ritmo, tus paredes lo aprietan, ordeñándolo. Él te agarra las nalgas, embiste desde abajo, profundo, golpeando ese punto que te hace ver estrellas.

Esto es mejor que cualquier película, neta. Su mirada en la mía, puro fuego
. La tensión crece, músculos tensos, respiraciones entrecortadas. Hueles el mezcal en su aliento cuando te besa, feroz, lenguas batallando.

Acto tres: la liberación. Cambian de posición –él atrás, a cuatro patas. Entra de nuevo, una mano en tu clítoris, frotando rápido. Vente conmigo, mi amor, gruñe. El orgasmo te golpea como un rayo: tu concha se contrae en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas, gritos ahogados en la almohada. Él sigue embistiendo, hasta que explota dentro, caliente, llenándote con su leche espesa. Gemidos guturales, cuerpos temblando pegados.

Caen exhaustos, enredados. Su peso sobre ti es confortante, piel pegajosa de sudor enfriándose. Besos suaves ahora, en la frente, en los labios hinchados. El cuarto huele a sexo y mezcal, la ciudad ronronea afuera. Qué noche de pasión, carnal, murmura él, riendo bajito. Tú acaricias su espalda, sintiendo la paz post-coital, ese glow que dura horas.

Se quedan así, hablando pendejadas sobre motos y películas malas, planeando la próxima. La película Noche de Pasión fue solo el pretexto –lo real fue esto, dos cuerpos adultos conectando con fuego mexicano. Mañana dolerán los músculos, pero valdrá la pena. Cierras los ojos, sonriendo, con su corazón latiendo contra el tuyo.

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