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Pasión Ardiente de Nuestro Señor Jesucristo Según San Juan

7294 palabras

Pasión Ardiente de Nuestro Señor Jesucristo Según San Juan

La noche de Jueves Santo envolvía la casa colonial en el corazón de Puebla con un manto de silencio piadoso. El aroma a copal y velas de cera de abeja flotaba desde la iglesia cercana, colándose por las ventanas entreabiertas. Tú, Alejandro, estabas sentado en el borde de la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como un susurro, sosteniendo el viejo libro de oraciones familiares. Frente a ti, Sofía, tu amante de ojos negros como obsidiana y curvas que parecían esculpidas por un dios pagano, se arrodillaba en el suelo de losetas pulidas, vestida solo con una camisola de seda translúcida que dejaba adivinar los picos endurecidos de sus senos.

Neta, qué chingona se ve esta morra, pensaste, mientras tu verga empezaba a palpitar bajo el pantalón de lino. Habían planeado esto durante semanas: leer juntos La Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan para conectar su fe con la intimidad carnal. No era pecado, se decían; era celebración de la carne que Dios creó.

—Órale, empecemos —dijo Sofía con voz ronca, su aliento cálido rozando tu muslo al inclinarse. Sus dedos trazaron la cubierta gastada del libro, y el roce envió chispas por tu piel—. Lee tú primero, papacito.

Abriste el libro, el papel crujió como hojas secas bajo tus dedos. Comenzaste a leer en voz alta, las palabras resonando en la habitación iluminada por velas titilantes:

"Jesús salió, llevando la cruz hacia el lugar llamado Calvario..."
Tu voz grave vibraba, y Sofía cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior. El aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta en el Popocatépetl.

Acto primero de su deseo: la escena se armaba con lentitud deliberada. Sofía se levantó despacio, su camisola resbalando por un hombro, revelando la curva perfecta de su teta. Se sentó a horcajadas sobre tus piernas, el calor de su coño filtrándose a través de la tela fina contra tu erección creciente. ¡Qué rico calorcita!, sentiste, el olor a su excitación —dulce como jazmín mezclado con sal— invadiendo tus fosas nasales.

—Sigue leyendo —susurró ella, sus uñas arañando suavemente tu pecho desnudo, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente—. Quiero sentir la pasión en tu voz.

Continuaste:

"Allí lo crucificaron, y con él a dos otros..."
Cada palabra era un latido. Sofía gemía bajito, sincronizando sus caderas con el ritmo de tu lectura, frotándose contra ti. El sonido húmedo de su panocha contra tu pantalón era música prohibida, más hipnótica que cualquier procesión de Semana Santa. Tus manos subieron por sus muslos suaves, carnosos, apretando la carne firme que temblaba bajo tu toque.

El conflicto inicial ardía en tu mente:

¿Y si esto es blasfemia? ¿Y si el Señor nos castiga?
Pero Sofía te miró con ojos llameantes. —Es nuestra pasión, wey. Él nos hizo así de calientes.

La transición al medio acto fue un torbellino de escalada. Te quitaste el pantalón de un tirón, tu verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando al techo como una cruz erguida. Sofía la miró con hambre, lamiéndose los labios. —Qué vergón se te para, cabrón —rió juguetona, bajando la cabeza para olerte, su nariz rozando la piel sensible del glande. El olor almizclado de tu pre-semen la embriagó.

La despojaste de la camisola, sus senos rebotando libres, pezones morenos duros como piedras de obsidiana. Los chupaste con avidez, saboreando la sal de su piel sudada, el sabor terroso y dulce que te volvía loco. Ella arqueó la espalda, gimiendo: ¡Ay, sí, mámame las tetas, pinche rico! Tus lenguas danzaban ahora sobre el texto sagrado; leías fragmentos entre lamidas:

"Después, sabiendo Jesús que todo estaba consumado..."

La intensidad subía como el volcán en erupción. Sofía te empujó sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo tu peso. Se montó en tu cara, su panocha chorreante abierta como una flor de maguey. ¡Lame mi concha, Alejandro! ordenó, y obedeciste. Tu lengua hundida en sus pliegues jugosos, saboreando el néctar ácido y cremoso, mientras ella leía ahora con voz entrecortada:

"Tenía junto a la cruz a su madre..."
Sus jugos te empapaban la barba, el sonido de succión obsceno resonando con sus jadeos ahogados.

Internamente, luchabas:

Esto es puro fuego del infierno... o del paraíso. Neta, su sabor me hace pecar feliz.
Ella temblaba, sus muslos apretándote la cabeza como tenazas, el olor a sexo crudo llenando la habitación, mezclado con el copal distante. Pequeñas resoluciones: un beso profundo donde compartían sabores prohibidos, lenguas enredadas como serpientes en el Edén.

La psicología se profundizaba; Sofía confesó entre gemidos: —Siempre me ha puesto la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan. Ese sufrimiento... me hace mojarme pensando en entregarme así. —Tú asentiste, tu verga latiendo con cada pulso del corazón, pre-semen goteando como lágrimas de Cristo.

Escalada física: la volteaste boca abajo, sus nalgas redondas alzadas como ofrenda. Le metiste dos dedos en la panocha resbaladiza, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar: ¡Chíngame con los dedos, pendejito! El sonido chapoteante, sus paredes contraídas succionándote, te volvía animal. Rozaste su ano con el pulgar, lubricado por sus jugos, y ella empujó hacia atrás, ansiosa.

—Métemela ya —suplicó, voz rota—. Quiero sentir tu cruz dentro de mí.

El clímax del medio acto: la penetraste de un embiste lento, milimétrico. Su coño te envolvió como terciopelo caliente, apretado y húmedo, cada vena de tu verga frotando sus paredes. ¡Qué chingón se siente! gruñiste, el slap-slap de carne contra carne uniéndose a los gemidos. Sudor perlando vuestros cuerpos, sal en la lengua al lamer su espalda arqueada. Olía a sexo puro, a pasión desatada.

Acto final: la tensión explotó en olas. Cambiaron posiciones —ella encima, cabalgándote como amazona en el desierto de Judea, senos rebotando hipnóticos; de lado, tus manos amasando sus nalgas mientras la taladrabas profundo. Leyeron el final entre folladas:

"Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu."
Ella llegó primero, su orgasmo un terremoto: ¡Me vengo, cabrón! ¡Sííí! Paredes convulsionando, chorro caliente empapando tus bolas.

Tú la seguiste, el mundo blanco, corriéndote dentro con rugido primal, semen caliente llenándola hasta rebosar, goteando por sus muslos. El afterglow fue bendito: cuerpos entrelazados, pulsos calmándose al unísono, el aire espeso con olor a corrida y sudor. Besos suaves, lenguas perezosas.

Gracias por esta pasión —murmuró Sofía, acurrucada en tu pecho, dedo trazando cruces en tu piel pegajosa—. Según San Juan, todo estaba consumado... y qué chido consumado.

Tú sonreíste, el corazón pleno.

En la carne y el espíritu, hallamos a Dios.
La noche santa se cerraba con paz erótica, el eco de campanas lejanas bendiciendo su unión.

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