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Adriano Zendejas en Abismo de Pasion

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Adriano Zendejas en Abismo de Pasion

La noche en Cancún ardía como un tamal envuelto en fuego. El resort de lujo junto a la playa bullía de música reggaetón que retumbaba en el pecho, luces neón parpadeando sobre cuerpos sudorosos que se mecían al ritmo. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho que había volado desde el DF para un fin de semana de desmadre con las morras, no podía creer lo que mis ojos veían. Ahí estaba él, Adriano Zendejas, el mediocampista estrella del América, rodeado de güeyes que lo adulaban como si fuera un dios del balón. Su camiseta ajustada marcaba cada músculo de su torso, el sudor brillando en su piel morena bajo las luces, y esa sonrisa pícara que me hacía sentir un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Me quedé parada en la barra, con un michelada helada en la mano, el limón picándome la lengua y la sal crujiendo contra mis labios. ¿Qué chingados hace aquí un cabrón como él? pensé, mientras lo observaba bailar con una morra que no le llegaba ni a los hombros. Pero sus ojos, negros y profundos como el mar de noche, barrieron la pista y se clavaron en los míos. Sentí un calor subiéndome por el cuello, como si me hubiera rociado con tequila reposado. Él guiñó un ojo, y yo, pendeja, le devolví la sonrisa, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

Acto seguido, se acercó, abriéndose paso entre la gente con esa confianza de quien sabe que el mundo gira a su alrededor. Olía a colonia cara mezclada con el salitre del mar y un toque de sudor masculino que me mareaba. "Qué onda, preciosa", dijo con esa voz ronca que tanto escuchaba en las transmisiones de los partidos. "Soy Adriano". Como si no lo supiera, güey. "Ana", respondí, mi voz saliendo más aguda de lo que quería, mientras su mano rozaba la mía al tomar mi vaso para dar un trago. Sus dedos eran cálidos, ásperos por el entrenamiento, y ese roce me envió una descarga eléctrica directo al clítoris.

Charlamos de pendejadas: del pinche tráfico de la Roma, de cómo el América iba a romperla en la liguilla, de lo chido que era Cancún para desconectar. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como la espuma de una chela recién abierta. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que asomaban en el escote del vestido negro ceñido, y yo sentía mi piel erizándose, el aire entre nosotros cargado de promesas sucias. "Baila conmigo", murmuró al oído, su aliento caliente rozándome la oreja, oliendo a menta y deseo puro.

En la pista, sus manos en mi cintura fueron el detonante. Me pegó a su cuerpo, duro como piedra, su verga ya semi erecta presionando contra mi panza. Bailamos pegaditos, el reggaetón marcando el ritmo de nuestras caderas. Sudor goteaba por su cuello, y no pude resistir: lamí una gota, salada y salada como el mar, saboreando su esencia.

Esto es una locura, Ana, es Adriano Zendejas, no un wey cualquiera del antro
, me dije, pero mi cuerpo no escuchaba. Mis pezones se endurecían contra su pecho, y entre mis muslos, la humedad crecía, empapando mis panties de encaje.

La noche avanzaba, y el deseo se volvía insoportable. "Vamos a algún lado más privado", susurró, su mano bajando a apretar mi nalga con posesión juguetona. Asentí, el pulso acelerado, el corazón retumbando en mis oídos por encima de la música. Salimos del antro tomados de la mano, el aire nocturno fresco besando nuestra piel caliente, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un llamado primitivo. Su suite en el resort era un paraíso: cama king size con sábanas de mil hilos, balcón con vista al Caribe, y una botella de Dom Pérignon enfriándose en hielo.

Ahí, en la penumbra iluminada por la luna, empezó el verdadero juego. Me besó con hambre, sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y pasión desbocada. Gemí contra él, mis manos explorando su espalda ancha, uñas clavándose en la carne firme. Se quitó la camisa de un jalón, revelando abdominales tallados como por un escultor prehispánico, vello oscuro bajando en una línea tentadora hasta su pantalón. "Estás riquísima, nena", gruñó, mientras sus dedos desabrochaban mi vestido, dejándome en bra y tanga, expuesta y vulnerable, pero empoderada por su mirada de lobo hambriento.

Me tendió en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso, y besó mi cuello, chupando la piel hasta dejar morras que mañana dolerían delicioso. Bajó por mi pecho, liberando mis tetas con dientes juguetones, lamiendo pezones que se ponían duros como piedras de obsidiana. ¡Ay, cabrón, me vas a matar! pensé, arqueándome contra su boca, el placer como rayos recorriéndome la espina. Sus manos masajeaban mis muslos, abriéndolos con gentileza, dedos rozando mi coño a través de la tela húmeda. "Estás chorreando por mí", dijo con risa ronca, y yo solo pude asentir, perdida en el abismo.

El conflicto interno me azotaba: ¿Y si es solo un polvo de una noche? ¿Y si mañana ni me pela? Pero su mirada, sincera y ardiente, disipó las dudas. "Quiero hacerte mía, Ana, despacito y luego como animal", prometió, quitándome el tanga y hundiendo la cara entre mis piernas. Su lengua era magia: lamió mi clítoris con círculos lentos, saboreando mis jugos como néctar de agave, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, Adriano Zendejas, como un rezo pagano, mis caderas moviéndose solas contra su boca, el olor de mi excitación mezclándose con su colonia en el aire cargado.

La intensidad subía como la marea. Me volteó bocabajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. Su verga, gruesa y venosa, rozaba mi entrada, pidiendo permiso con cada roce. "Sí, métemela ya, pendejo", supliqué, y él obedeció, empujando despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía dulce, su calor pulsando dentro de mí, y empezamos a follar con ritmo creciente: embestidas profundas, piel contra piel chapoteando, mis gemidos ahogados en la almohada perfumada a lavanda.

Cambiábamos posiciones como en un baile erótico: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras él las amasaba, pellizcando pezones; de lado, su mano en mi clítoris frotando en círculos que me volvían loca; contra la pared del balcón, el viento marino azotando nuestros cuerpos desnudos, olas rompiendo abajo como aplausos a nuestro frenesí. Sudor nos unía, resbaloso y salado, su aliento jadeante en mi oreja: "¡Qué rico te sientes, pinche diosa!". Yo respondía clavándole las uñas, arañando su espalda, perdida en el abismo de pasion que nos consumía.

El clímax llegó como tormenta maya: él aceleró, gruñendo mi nombre, su verga hinchándose dentro de mí. "Me vengo, Ana", avisó, y yo, al borde, apreté mis paredes alrededor de él, explotando en oleadas de placer que me nublaron la vista, estrellas estallando detrás de mis párpados. Él se derramó caliente, llenándome con chorros que sentía palpitar, nuestros cuerpos temblando en éxtasis compartido. Colapsamos en la cama, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopando al unísono.

En el afterglow, fumamos un cigarro en el balcón, envueltos en una sábana, el mar susurrando secretos. Su cabeza en mi hombro, dedos entrelazados. "Esto no fue solo un desmadre, ¿verdad?", pregunté, vulnerable. Él rio bajito, besando mi sien. "Fue Adriano Zendejas en abismo de pasion, nena, y quiero más". Me quedé con esa promesa flotando, el sabor de él en mi boca, el eco de nuestros gemidos en mis oídos, sabiendo que esta noche había cambiado algo profundo en mí. El sol empezaba a asomarse, tiñendo el cielo de rosa, pero el fuego entre nosotros apenas iniciaba.

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