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Cristo Es Mi Pasion El Es Mi Recompensa

7683 palabras

Cristo Es Mi Pasion El Es Mi Recompensa

La noche en Polanco estaba viva como siempre, con el bullicio de la gente saliendo de los antros y las taquerías abarrotadas soltando ese olor a carne asada y cebolla caramelizada que te hace la boca agua. Yo, Ana, había salido con mis cuates a despacharnos un par de chelas en el rooftop de un bar chido, de esos con vista a la Reforma iluminada como si fuera Navidad eterna. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir pinche reina, con el escote justo para que los vatos voltearan sin ser obvios. Pero esa noche, no volteé a ningún lado hasta que lo vi a él.

Cristo. Órale, qué morro tan culero de guapo. Alto, moreno, con tatuajes asomando por las mangas de su camisa negra entreabierta, y una sonrisa que parecía prometer pecados sin remordimientos. Estaba en la pista improvisada, moviéndose al ritmo de una cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes. Sus ojos, negros como el café de olla de mi abuelita, se clavaron en los míos mientras giraba con una morra que no le llegaba ni a los talones. Sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que te suben por la espalda y te erizan la piel. ¿Quién vergas es este pendejo? pensé, mientras mis piernas se movían solas hacia la pista.

¿Bailas o nomás miras, güerita?
me dijo cuando se acercó, su voz grave como trueno lejano, con ese acento chilango puro que me derrite.

Le sonreí, sintiendo el calor de su cuerpo ya cerca, oliendo a colonia fresca mezclada con sudor limpio de hombre que se mueve con confianza.

Siempre bailo con los que valen la pena
, le contesté, y me tomó de la cintura. Sus manos grandes, callosas pero suaves en los puntos justos, se posaron en mis caderas como si supieran exactamente dónde presionar. Bailamos pegaditos, mi pecho rozando el suyo con cada giro, el latido de su corazón retumbando contra el mío al compás de la música. Sudábamos un poco, y ese olor salado se mezclaba con el perfume de jazmín de mi piel. Cada roce era eléctrico, como chispas en la oscuridad.

La fiesta siguió, pero ya no importaba nada más. Hablamos entre shots de tequila reposado que quemaban dulce en la garganta. Me contó que era tatuador en la Roma, que le apasionaba el arte en la piel humana, como si cada tatuaje fuera un secreto compartido. Yo le hablé de mi curro en una galería de arte, de cómo odiaba la rutina y anhelaba algo que me hiciera sentir viva de verdad. Sus ojos no se despegaban de mis labios, y yo no podía dejar de imaginar cómo se sentirían los suyos sobre los míos.

Al rato, cuando la pista se vació un poco, me jaló a un rincón oscuro del rooftop. El viento fresco de la noche me erizó los brazos, pero su aliento caliente en mi oreja lo contrarrestó todo.

Ven conmigo
, murmuró, y no pregunté a dónde. Bajamos en su moto, una Harley ronca que vibraba entre mis piernas mientras volábamos por Insurgentes. El viento me azotaba el pelo, y me pegaba más a su espalda ancha, sintiendo sus músculos contra mi pecho. Llegamos a su depa en la Condesa, un loft chulo con paredes de ladrillo visto y luces tenues que olía a sándalo y café recién molido.

Adentro, la tensión era como un elástico a punto de romperse. Se giró y me besó, lento al principio, sus labios carnosos probando los míos con sabor a tequila y menta. Gemí bajito cuando su lengua entró, explorando, bailando como en la pista. Sus manos subieron por mi espalda, bajaron la cremallera del vestido con dedos expertos, y la tela cayó al piso como una promesa rota. Estaba en calzones y bra, expuesta bajo su mirada hambrienta.

Esto es lo que necesitaba, neta, pensé mientras él se quitaba la camisa, revelando un torso esculpido con tatuajes de vírgenes y cruces entrelazadas con rosas sangrantes. Toqué su piel, dura como madera de mezquite, cálida y viva bajo mis palmas. Él gruñó, un sonido gutural que me mojó al instante, y me cargó hasta la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a él.

Me recostó despacio, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el pulso martilleaba como tamborazo zacatecano. Sus manos masajearon mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. ¡Ay, cabrón! jadeé cuando bajó la boca, chupando uno mientras jugaba con el otro. El placer era agudo, como rayos que bajaban directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis calzones.

Te ves tan rica, nena
, susurró contra mi piel, su aliento caliente haciendo que arqueara la espalda. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo la línea de vello que bajaba hasta mi monte. Me quitó los calzones con dientes, rozando mi piel sensible, y abrí las piernas sin pensarlo dos veces. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo lento, círculos perfectos que me hicieron retorcer. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor. Metió dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas, mientras chupaba más fuerte.

Mi mente era un remolino:

Cristo es mi pasión, él es mi recompensa
. Lo repetí en silencio, aferrándome a sus hombros mientras el orgasmo se acercaba como tormenta en el desierto. Grité su nombre cuando exploté, ondas de placer sacudiéndome entera, el cuerpo temblando como hoja en el viento.

Pero no paró. Se quitó el pantalón, y ahí estaba su verga, dura, gruesa, venosa, apuntando al techo como ofrenda. La tomé en la mano, sintiendo el calor palpitante, la piel suave sobre el acero debajo. La masturbé despacio, viendo cómo sus ojos se cerraban de gusto, oyendo sus gemidos roncos.

Te quiero adentro, ya
, le rogué, y se puso condón con manos temblorosas. Se colocó entre mis piernas, frotando la punta en mi entrada resbalosa, torturándome. Entró de un empujón suave pero firme, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santísima! era enorme, estirándome deliciosamente, cada vena rozando mis paredes internas. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo de nuevo, haciendo que sintiera cada centímetro.

Aceleró, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas, el sonido obsceno llenando la habitación. Sudábamos a chorros, piel resbalosa deslizándose, pechos aplastados contra su torso. Lo arañé, mordí su hombro, saboreando sal y hombre. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró por atrás, más profundo, agarrándome las nalgas con fuerza. ¡Chíngame más duro, papi! le pedí, y obedeció, embistiéndome como animal en celo, su mano bajando a frotar mi clítoris.

El segundo orgasmo me dobló, contracciones ordeñando su verga mientras gritaba incoherencias. Él rugió, clavándose una última vez, y sentí su polla palpitar, llenando el condón con su leche caliente. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos enredados en un charco de sudor y satisfacción.

Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón calmarse, acaricié su pelo revuelto. El aire olía a sexo y sábanas revueltas, a promesas de más noches así.

Eres increíble
, murmuró, besando mi piel.

Yo sonreí en la penumbra, pensando de nuevo: Cristo es mi pasión, él es mi recompensa. Y supe que esto apenas empezaba, que este morro había despertado algo en mí que no se apaga fácil. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí adentro, éramos solo nosotros, recompensa mutua en la noche mexicana.

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