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De Que Año Es La Pasión De Gavilanes En Tu Piel

7256 palabras

De Que Año Es La Pasión De Gavilanes En Tu Piel

En la penumbra de la hacienda en las afueras de Culiacán, el aire olía a tierra mojada después de la lluvia y a jazmín silvestre que trepaba por las paredes de adobe. Ana se recostó en el sillón de cuero viejo, con las piernas cruzadas sobre la otomana, mientras el ventilador de techo zumbaba perezosamente. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a sus curvas por el calor húmedo de la noche sinaloense. Javier, su carnal desde hace años, entraba con dos chelas frías en la mano, su camisa desabotonada dejando ver el pecho moreno y velludo, marcado por el trabajo en el rancho.

Órale, qué rico se ve este wey, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el vientre al mirarlo. Javier era de esos hombres que no pedían permiso para ser guapo: alto, con manos callosas que sabían tocarla como nadie, y una sonrisa pícara que prometía travesuras.

—Pásame una, mi amor —dijo ella, extendiendo la mano. Él se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron, enviando una chispa eléctrica por la piel de Ana.

En la tele, justo empezaba el capítulo de Pasión de Gavilanes, esa novela colombiana que tanto les gustaba ver en las noches de relax. Los hermanos Reyes, con sus miradas de fuego y venganzas calientes, llenaban la pantalla. Ana dio un trago a la cerveza, el amargor fresco bajando por su garganta.

—¿De qué año es Pasión de Gavilanes? —preguntó de repente, girándose hacia Javier con los ojos brillantes—. Neta, cada vez que la veo, siento que el tiempo no pasa. Esas pasiones tan intensas, como si fueran de ayer.

Javier rio bajito, su voz ronca como el corrido de un tamborazo. —Del 2003, mi reina. Pero la pasión esa no tiene fecha de caducidad. Mira nomás a los gavilanes esos, cómo se comen con los ojos. Igualito que tú y yo.

Ana sintió el calor subirle por el cuello. Sus miradas se cruzaron, y en ese instante, el zumbido del ventilador se volvió un rugido en sus oídos. Javier dejó la chela en la mesita y le acarició la rodilla, subiendo despacio la mano por el interior de su muslo. La tela del huipil se arrugó bajo sus dedos ásperos.

¡Ay, Diosito! Si sigue así, me voy a derretir aquí mismo, se dijo Ana, mordiéndose el labio. El aroma de su colonia mezclada con sudor masculino la embriagaba más que la cerveza.

La novela seguía, con los gemidos apasionados de los protagonistas filtrándose por los parlantes, pero Ana ya no prestaba atención. Javier se inclinó y la besó, lento al principio, saboreando sus labios como si fueran tamarindo dulce. Su lengua exploró la de ella, cálida y jugosa, mientras sus manos subían hasta desatar el nudo del huipil. La prenda cayó, revelando sus pechos firmes, los pezones endurecidos por el roce del aire y la anticipación.

—Eres más sabrosa que cualquier gavilán —murmuró él contra su cuello, inhalando el perfume de su piel, mezcla de vainilla y deseo.

Ana jadeó, arqueando la espalda. Sus uñas se clavaron en los hombros de Javier, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Lo jaló hacia ella, quitándole la prenda con urgencia. El pecho de él era un mapa de calor, salado al gusto cuando ella lamió una gota de sudor que perlaba su clavícula. Qué chingón se siente esto, como si el mundo se redujera a su cuerpo.

Se levantaron del sillón, tropezando un poco con la mesita, las botellas tintineando. Javier la cargó en brazos, sus pasos firmes hacia el cuarto. El pasillo olía a madera de pino y a las velas de cera de abeja que Ana había encendido antes. La depositó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo su peso.

Aquí empezaba lo bueno, pensó Ana. Javier se arrodilló entre sus piernas, besando el camino desde sus tobillos hasta el borde de las panties de encaje. El aliento caliente de él la hacía temblar, el vello de sus bigotes rozando la piel sensible del muslo interior. Ella abrió más las piernas, invitándolo con un gemido bajo.

—Despacio, cabrón —susurró, pero su cuerpo la traicionaba, empujando las caderas hacia arriba.

Él sonrió, malicioso, y bajó la boca hasta su centro. El primer lametón fue como un rayo: lengua plana, húmeda, saboreando su humedad salada y dulce. Ana gritó suave, agarrando las sábanas.

¡Puta madre, este hombre sabe lo que hace! Cada chupada me lleva al cielo.
El sonido era obsceno: succiones húmedas, su respiración agitada mezclada con los jadeos de ella. Olía a sexo puro, almizcle y excitación.

Javier metió un dedo, luego dos, curvándolos justo donde ella lo necesitaba. Ana se convulsionó, las paredes internas apretándolo mientras él lamía su clítoris hinchado. El ritmo aumentaba, sus caderas bailando al son de sus movimientos. Sudor perlaba sus frentes, el cuarto llenándose de ese olor animal que volvía locos a los dos.

—No aguanto más, Javier. Ven pa'cá —lo urgió ella, jalándolo por los hombros.

Él se quitó los jeans con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía como fiera.

Se posicionó sobre ella, frotándose primero en su entrada resbaladiza. —Dime que la quieres, mi amor.

—¡Sí, pendejo! Métemela ya —respondió Ana, riendo entre jadeos.

Entró de una, llenándola hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que la hizo arañar su espalda. Empezaron a moverse, lento al principio, sintiendo cada vena, cada contracción. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gemidos. Ana olía su aroma: sudor, cerveza y macho puro. Sus pechos rebotaban con cada embestida, Javier chupándolos, mordisqueando los pezones hasta que dolían rico.

Es como la novela, pero mejor. Esta pasión no tiene año, es eterna, pensó ella mientras él aceleraba, sus bolas golpeando su culo. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona en el rancho. Sus caderas giraban, moliendo el clítoris contra su pubis. Javier la agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano para más placer.

La tensión crecía, como olla exprés a punto de estallar. Ana sintió el orgasmo venir, un tsunami en el vientre. —¡Me vengo, wey! ¡No pares!

Él la penetró más duro, gruñendo: —Yo también, mi reina. Juntos.

Explotaron al unísono. Ana se convulsionó, chorros de placer mojando sus muslos, el grito ahogado en su garganta. Javier se derramó dentro, caliente y espeso, pulsando una y otra vez. Colapsaron, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.

En el afterglow, Javier la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura dentro de ella. El cuarto olía a sexo satisfecho, las velas parpadeando suaves. Ana giró la cabeza, besándolo perezosa.

—Neta, ¿de qué año es Pasión de Gavilanes? —murmuró de nuevo, soñolienta.

—Del que sea, pero la nuestra es de ahora y siempre —respondió él, acariciando su vientre.

Se durmieron así, entrelazados, con el eco de la novela apagada en la tele y el corazón latiendo al unísono. La pasión de gavilanes no tenía fecha; era fuego vivo en sus venas.

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