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Solo Entiende Mi Locura Quien Comparte Mi Pasión

6675 palabras

Solo Entiende Mi Locura Quien Comparte Mi Pasión

La noche en el corazón de la Ciudad de México bullía como siempre, con ese pulso loco que solo los chilangos entendemos. Yo, Ana, acababa de salir de mi taller en la Roma, con las manos aún manchadas de óleo y el cuerpo vibrando de esa energía que me come viva cuando pinto hasta el amanecer. Caminaba por las calles empedradas, oliendo a tacos de suadero y jazmines de algún balcón, cuando entré al bar de la esquina, el que tiene luces neón y salsa en vivo. Ahí lo vi: Diego, con esa sonrisa pícara que te hace sentir que ya te desnudó con la mirada.

Qué chingón está este güey, pensé, mientras pedía un tequila reposado. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora. Él se acercó, bailando un poco al ritmo de la música, y me tendió la mano. "¿Bailas, morra?" dijo con voz ronca, oliendo a colonia fresca y algo más, como a hombre que sabe lo que quiere. Acepté, y en la pista nos enredamos. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me erizaron la piel. El sudor de la noche pegajosa nos unía, y cada giro era una promesa de algo más salvaje.

Nos sentamos después, con los vasos chocando. Hablamos de todo y nada: de la locura de esta ciudad que no duerme, de cómo el arte me vuelve loca, de sus tatuajes que contaban historias de viajes por la costa.

"Solo entiende mi locura quien comparte mi pasión",
solté de repente, recordando una frase que pinté en un lienzo hace meses. Él se rio bajito, sus ojos oscuros clavados en los míos. "Pues yo la comparto, Ana. Tu fuego me quema ya." El aire se cargó, espeso como el humo de los cigarros en la barra. Mi corazón latía fuerte, y entre mis piernas sentía ese cosquilleo traicionero que me hacía apretar los muslos.

Salimos del bar tomados de la mano, el fresco de la medianoche nos golpeó como una caricia. Caminamos hasta mi depa, riendo de tonterías, pero el silencio entre palabras era puro fuego. Subimos las escaleras, mi falda ajustada rozando mis muslos, y cuando cerré la puerta, él me acorraló contra la pared. Sus labios rozaron mi cuello, inhalando mi perfume mezclado con el olor a trementina de mi piel. Esto es una puta locura, me dije, pero qué rica locura. Sus manos subieron por mis caderas, quitándome la blusa con urgencia calmada, como si supiera que yo ya estaba rendida.

Lo empujé al sofá, mi boca devorando la suya. Sabía a tequila y a deseo puro, lengua contra lengua en un baile húmedo y salvaje. Le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su pecho ancho, los músculos tensos bajo mis uñas. "Eres una fiera, pinche rica", murmuró, y yo reí, mordiéndole el lóbulo de la oreja. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba el cuarto, mezclado con el lejano claxon de la avenida. Olía a nosotros, a piel sudada y excitación que empapa el aire.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama. Ahí, en la penumbra de mi recámara con posters de Frida por todos lados, nos desnudamos despacio. Sus ojos recorrían mi cuerpo desnudo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con cada aliento agitado. Me mira como si fuera su obra maestra, pensé, y eso me encendió más. Me tendí, abriendo las piernas invitándolo. Él se arrodilló entre ellas, besando mi vientre, bajando hasta mi centro. Su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, lamiendo como si saboreara el mejor mezcal. Gemí alto, arqueando la espalda, el placer subiendo como olas en el Pacífico.

"Diego... no pares, cabrón", le supliqué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Él obedeció, chupando más fuerte, metiendo un dedo dentro de mí, curvándolo justo donde me volvía loca. Sentía mi humedad en su boca, el sonido chapoteante de su lengua trabajando, y el olor almizclado de mi propia excitación. Mi mente era un torbellino: Esto es lo que necesitaba, alguien que entienda esta hambre que no se sacia nunca. El orgasmo me golpeó de repente, un estallido que me hizo gritar, temblando entera mientras él lamía cada gota.

No me dejó recuperarme. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. Su verga dura rozaba mis muslos, caliente y gruesa, pidiendo entrada. "Dime que la quieres, Ana", gruñó en mi oído, su aliento caliente erizándome. "La quiero toda, métemela ya", respondí, empujando mis caderas contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chido se siente! El estiramiento delicioso, su grosor pulsando dentro, rozando cada nervio. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse profundo.

Nos volvimos locos. Yo me puse encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando con cada bajada. Él las agarraba, pellizcando los pezones duros, gimiendo mi nombre. "¡Así, morra, rómpeme!" El sudor nos chorreaba, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando como música erótica. Olía a sexo puro, a semen y jugos mezclados. Mi clítoris rozaba su pubis, mandándome chispas de placer. Pensaba en lo perfecto que era esto, en cómo solo entiende mi locura quien comparte mi pasión, y él la compartía al cien, embistiéndome desde abajo con fuerza animal.

Cambié de posición, de lado, él detrás de mí, una pierna mía levantada para que entrara más hondo. Sus manos everywhere: una en mi garganta suave, la otra en mi clítoris frotando rápido. No aguanto más, jadeé en mi cabeza. El orgasmo segundo vino como tsunami, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, clavándose una última vez, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía adentro. Colapsamos, enredados, respirando como perros después de la caza.

Después, en el afterglow, nos quedamos así, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El cuarto olía a nosotros, a sábanas revueltas y paz carnal. "Eres increíble, Ana. Tu locura es la mía ahora", murmuró, besándome el hombro. Yo sonreí, acariciando su espalda tatuada. Esto no es solo un polvo; es conexión de almas salvajes. Afuera, la ciudad seguía su ritmo eterno, pero adentro, en ese momento, éramos invencibles. Solo él entendía, porque compartía cada latido de mi pasión desbocada.

Nos dormimos así, prometiéndonos más noches locas. Mañana pintaría esto, su cuerpo en mi memoria como lienzo vivo. La vida en México es así: intensa, apasionada, y cuando encuentras a quien te iguala, todo cobra sentido.

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