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Pasion por las Motos Imagenes Ardientes

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Pasion por las Motos Imagenes Ardientes

Desde chiquita, mi pasión por las motos imágenes me ha consumido. No hablo de esas fotos planas en revistas, no. Me refiero a las que capturan el rugido del motor, el brillo del cromo bajo el sol mexicano, el cuero ajustado que abraza curvas como un amante posesivo. Vivo en el DF, pero mis fines de semana son para escaparme a los caminos de la carretera a Puebla, donde los motoclubes se reúnen en fiestas llenas de gasolina y adrenalina. Ahí fue donde lo vi por primera vez: a Marco, con su Harley Davidson negra reluciente, tatuajes asomando por las mangas de su chamarra de piel.

El aire olía a aceite quemado y tacos al pastor de los vendedores ambulantes. El sol pegaba fuerte, haciendo que el sudor resbalara por mi espalda bajo mi top ajustado. Yo estaba parada junto a mi Yamaha roja, revisando mi teléfono con una galería de imágenes de pasion por las motos que había tomado en rallies pasados: close-ups de escapes echando humo, manos enguantadas sobre manubrios, chicas posando con piernas abiertas sobre tanques relucientes. Sentí un cosquilleo en el estómago cuando Marco se acercó, su sombra cubriéndome como una promesa.

Órale, qué chida máquina traes, güey. ¿La personalizaste tú?
me dijo con esa voz grave que vibraba como un motor V-twin. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis jeans rotos que marcaban mis caderas. Le sonreí, sintiendo el pulso acelerarse en mi cuello.

Neta, este wey me prende más que una moto en plena carrera, pensé mientras le mostraba mi teléfono. Le pasé la galería, y sus dedos ásperos rozaron los míos al tomar el aparato. Pasion por las motos imagenes ardientes, así las llamaba yo en mi mente. Él se rio, un sonido ronco que me erizó la piel.

Mira esta, carnala. Es de mi vieja Indian. Pero la tuya está cañona.

Pasamos la tarde charlando de cilindradas, escapes y esas noches en que el viento te azota la cara hasta que sientes que vuelas. Compartimos chelas frías, el sabor amargo bailando en mi lengua mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja como el óxido en un escape viejo. Su olor a colonia mezclada con cuero y sudor me mareaba. Cuando me invitó a dar una vuelta en su Harley, no lo dudé. Subí atrás de él, mis muslos apretando sus caderas, mis tetas rozando su espalda. El motor rugió al arrancar, vibrando entre mis piernas como un amante impaciente.

La carretera se abrió ante nosotros, el viento silbando en mis oídos, el aroma de pino de las sierras invadiendo mis pulmones. Mis manos se aferraron a su cintura, bajando poco a poco hasta sentir la dureza de sus abdominales bajo la camisa. Él aceleró en una curva, y yo apreté más, mi concha palpitando contra el asiento caliente. Esto es lo que necesitaba, esa adrenalina que me moja las bragas, me dije, el corazón latiéndome en la garganta.

Llegamos a un mirador apartado, con vista al valle iluminado por la luna llena. Apagó el motor, y el silencio repentino fue roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Se bajó y me tendió la mano, su palma callosa envolviendo la mía. Caminamos hasta el borde, el suelo crujiendo bajo nuestras botas. Me volteó hacia él, su boca a centímetros de la mía, oliendo a cerveza y deseo.

Desde que te vi con esas imágenes en tu cel, supe que tenías fuego adentro, Ana.
Susurró, y sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a sal y urgencia. Mi lengua danzó con la suya, explorando, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría. Gemí contra su boca, el sonido perdido en la noche.

La tensión había estado creciendo todo el día: las miradas cargadas en el mitin, el roce accidental al pasar el teléfono, el viaje donde cada bache mandaba ondas de placer directo a mi clítoris. Ahora explotaba. Lo empujé contra su moto, el metal frío contrastando con su cuerpo ardiente. Le quité la chamarra, lamiendo el sudor de su cuello, saboreando la sal mientras mis uñas arañaban su pecho velludo. Él gruñó, un sonido animal que me hizo temblar.

Quiero montarlo como monto mi moto, duro y sin piedad, pensé, mientras bajaba la cremallera de sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la dureza, el precum resbaloso en mi pulgar. Él me levantó sobre el tanque de la Harley, el cuero del asiento pegándose a mis muslos desnudos. Me arrancó los jeans y las panties de un jalón, exponiendo mi concha húmeda al aire fresco de la noche.

Sus dedos encontraron mi entrada, deslizándose adentro con facilidad, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Ay, cabrón! Grité, arqueándome mientras él chupaba mis tetas, los pezones endurecidos como balines bajo su lengua áspera. El olor de mi propia excitación se mezclaba con el de la gasolina, embriagador. Bombeó sus dedos más rápido, mi jugo chorreando por sus nudillos, mis caderas moviéndose al ritmo de su mano.

Estás chorreando, mi reina. Neta, me vas a volver loco.
Murmuró contra mi piel, y yo solo pude jadear, mis uñas clavándose en sus hombros. Lo jalé hacia mí, guiando su verga a mi entrada. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a un ritmo frenético, sus caderas chocando contra las mías, el slap-slap de piel contra piel ahogando los grillos del monte.

Cada embestida era como una acelerada en recta: profunda, rápida, imparable. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, mi clítoris frotándose contra su pubis. Sudábamos juntos, el olor almizclado envolviéndonos. Le mordí el hombro para no gritar demasiado fuerte, pero él me follaba más duro, sus bolas golpeando mi culo. Esto es puro vicio, como inhalar escape en una carrera, rugía en mi cabeza mientras el orgasmo se acercaba, una ola creciendo en mi vientre.

Me volteó, poniéndome de rodillas sobre el tanque, el metal mordiendo mi piel. Entró por atrás, su mano en mi cabello tirando suave, la otra en mi cadera guiándome. Vi nuestro reflejo borroso en el cromo de la moto: yo cabalgando salvaje, él embistiéndome como un toro. El viento nocturno secaba el sudor de mi espalda, intensificando cada sensación. Sus dedos bajaron a mi clítoris, frotando círculos rápidos, y exploté. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, jugos salpicando sus muslos mientras gritaba su nombre al cielo estrellado.

Él no tardó, gruñendo como un motor al rojo vivo, llenándome con chorros calientes que se desbordaron por mis piernas. Colapsamos juntos sobre la moto, jadeando, el motor aún tibio calentándonos la piel. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mi sudor, el olor crudo de sexo impregnando el aire.

Nos quedamos así un rato, besándonos lento, lenguas perezosas explorando sabores compartidos. El valle abajo brillaba con luces lejanas, como un mar de estrellas caídas. Marco me acarició el cabello, su voz ronca rompiendo el silencio.

Tu pasión por las motos imágenes me conquistó, Ana. Pero tú... tú eres la imagen más ardiente que he visto.

Sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Montamos de regreso, mi cuerpo pegado al suyo, el zumbido del motor un eco de nuestro clímax. Esa noche, en mi depa, revisamos más pasión por las motos imagenes en mi laptop, riéndonos, planeando el próximo rally. Pero ahora, cada foto traía recuerdos de su piel contra la mía, de esa liberación total. La pasión no era solo por las motos; era por él, por nosotros, rugiendo juntos en la carretera de la vida.

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