Abismo de Pasion Capitulo 33 El Fuego que Nos Devora
En la penumbra de la hacienda en las afueras de Guadalajara, Ana sentía el aire cargado de promesas. El sol del atardecer se filtraba por las cortinas de lino, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía brillar su piel morena. Hacía semanas que no veía a Marco, su amante, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. El abismo de pasion capitulo 33 de su historia se abría ahora ante ella, como un precipicio del que no quería escapar. Vestida solo con una bata de seda que rozaba sus curvas como una caricia prohibida, Ana caminaba descalza por el pasillo de baldosas frías, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
¿Y si esta vez es la buena? ¿Y si nos perdemos del todo en este fuego?pensó, mordiéndose el labio inferior, imaginando el sabor salado de su boca.
La puerta principal crujió al abrirse, y ahí estaba él. Marco, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Ana adoraba recorrer con las yemas de los dedos. Olía a colonia fresca mezclada con el sudor del camino, un aroma que le erizaba la piel. Sus ojos negros la devoraron de inmediato, recorriendo sus piernas largas y subiendo hasta los pechos que se marcaban bajo la tela fina.
—Órale, mi reina, qué chulada estás —murmuró él con esa voz ronca que la hacía temblar, acercándose con pasos lentos, como un depredador saboreando la caza.
Ana no respondió con palabras. En su lugar, se lanzó a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo grande y fuerte contra el suyo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, probando el dulzor de su saliva y el leve sabor a tequila que él traía de la cantina. Las manos de Marco se colaron bajo la bata, apretando sus nalgas firmes, mientras ella gemía bajito contra su boca.
El deseo inicial era como una chispa, pero pronto se convirtió en un incendio. La llevaron a la sala principal, donde el sofá de cuero viejo los esperaba. Marco la sentó con gentileza, pero sus ojos brillaban con esa intensidad que Ana conocía tan bien: puro calentón. Le quitó la bata despacio, admirando cada centímetro de su desnudez. Sus pezones se endurecieron al contacto con el aire fresco, y él no pudo resistirse, inclinándose para lamerlos con la lengua plana, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo.
—¡Ay, wey! No pares, mi amor —jadeó Ana, hundiendo los dedos en su cabello negro y revuelto.
El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el lejano canto de los grillos en el jardín. Marco bajó más, besando su vientre suave, inhalando el aroma almizclado de su excitación que lo volvía loco. Sus dedos separaron los pliegues húmedos de su sexo, y Ana sintió un escalofrío cuando él rozó su clítoris hinchado con la yema del pulgar.
Acto primero: la tentación se desplegaba así, con toques suaves que contrastaban con la tormenta interior de Ana. Ella lo miró, viendo el bulto creciente en sus pantalones, y sonrió pícara.
—Quítate eso, pendejo, déjame verte todo —le ordenó juguetona, tirando de su cinturón.
Marco obedeció, liberando su verga gruesa y venosa, ya dura como piedra. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, agarrándola del cabello con firmeza pero sin dolor.
La tensión crecía con cada caricia. Ana se recostó en el sofá, abriendo las piernas en invitación. Marco se arrodilló entre ellas, su aliento caliente sobre su monte de Venus antes de hundir la lengua en su coño empapado. Lamía con devoción, chupando sus labios mayores, metiendo la lengua profunda mientras sus dedos jugaban con su ano arrugado. Ana se retorcía, el placer subiendo en oleadas, oliendo su propio jugo mezclado con el cuero del sofá.
Esto es el paraíso, neta. Su boca me está matando de gusto, pensó ella, clavando las uñas en sus hombros anchos.
Pero no quería acabar así. Lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él. La punta de su polla rozó su entrada resbaladiza, y descendió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento era delicioso, sus paredes internas apretándolo como un guante de terciopelo húmedo.
—¡Sí, cabrón, así! —gritó Ana, comenzando a cabalgarlo con ritmo lento al principio.
El acto segundo: la escalada era puro frenesí emocional. Marco la sostenía por las caderas, embistiéndola desde abajo, sus testículos peludos chocando contra su culo con cada golpe. Sudaban juntos, el olor a sexo impregnando el aire, pieles resbaladizas uniéndose en un baile primitivo. Ana sentía su corazón latiendo contra el de él, sus pechos rebotando, pezones rozando su pecho velludo.
Él la volteó sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas. Ahora era él quien mandaba, penetrándola profundo, su vientre golpeando sus nalgas redondas. El sonido era obsceno: plaf plaf plaf, mezclado con sus gemidos y el crujir del sofá. Marco metió un dedo en su boca para que lo chupara, luego lo deslizó a su culito, lubricándolo con su saliva antes de introducirlo despacio.
—¿Te gusta, mi vida? ¿Quieres más? —preguntó ronco, acelerando el paso.
—¡Más, dame todo, mi rey! —suplicó Ana, el doble placer la llevaba al borde.
La intensidad psicológica era abrumadora. Ana revivía recuerdos de sus noches pasadas, el conflicto de su amor apasionado que siempre los separaba por celos tontos, pero ahora, en este momento, todo se resolvía en puro éxtasis. Sentía las venas de su verga pulsando dentro, el calor acumulándose en su bajo vientre.
Cambiaron posiciones una y otra vez: ella de lado, él detrás, mordisqueando su cuello; luego misionero, mirándose a los ojos, confesando con miradas lo que las palabras no decían. El clímax se acercaba como una avalancha. Marco la penetraba con furia controlada, su mano entre ellos frotando su clítoris hinchado.
—¡Me vengo, Ana, agárrate! —rugió él.
El orgasmo la golpeó primero, un estallido de placer que la hizo convulsionar, chorros de jugo empapando sus muslos. Marco se vació dentro de ella segundos después, chorros calientes inundándola, gruñendo como animal.
El acto tercero: la liberación llegó en una quietud bendita. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose poco a poco. El sudor enfriándose en su piel, el semen goteando entre sus piernas. Marco la besó suave en la frente, inhalando el aroma de su cabello con jazmín.
—Eres mi todo, mi amor. No te suelto más —susurró, acariciando su espalda.
Ana sonrió, sintiendo una paz profunda, el abismo ahora un refugio compartido.
En este abismo de pasion, encontré mi hogar. Capítulo 33, y contando...
Se quedaron así hasta que la noche los envolvió, prometiendo más capítulos de su saga ardiente.