Pasion Prohibida Capitulo 30 Parte 2 Llamas Eternas
El aire de la noche en Condesa estaba cargado de ese olor a jazmín y tierra mojada que tanto me gustaba de la Ciudad de México. Mi corazón latía como tamborazo en quinceañera mientras subía las escaleras del hotel boutique donde Raúl me esperaba. Neta, cada vez que nos veíamos a escondidas era como si el mundo se detuviera, pero esta noche sentía que algo explotaría dentro de mí. Habían pasado semanas desde nuestro último encuentro, y la pasión prohibida que nos unía ardía más fuerte que nunca. Esto era como el capítulo 30 parte 2 de nuestra historia secreta, llena de riesgos y anhelos que no podíamos ignorar.
Raúl abrió la puerta de la suite apenas toqué, sus ojos cafés brillando con esa intensidad que me derretía. Era alto, con esa barba recortada que me raspaba delicioso la piel, y olía a colonia fresca mezclada con el leve aroma de su sudor del día. "Ana, mi reina", murmuró, jalándome adentro y cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa de pecado. Sus manos grandes me rodearon la cintura, y sentí su calor a través del vestido ligero que me había puesto solo para él.
¿Por qué carajos no puedo alejarme de él? Es el carnal de mi mejor amiga, el wey que juró casarse con ella en unos meses. Pero aquí estoy, temblando de puro deseo, porque su toque me hace sentir viva como nunca.
Nos besamos despacio al principio, saboreando el momento. Sus labios eran suaves pero firmes, con ese gusto a menta de su chicle y un toque salado de anticipación. Mi lengua jugó con la suya, explorando, mientras sus dedos se enredaban en mi cabello negro largo. "Te extrañé tanto, mamacita", susurró contra mi boca, y su voz ronca me erizó la piel. Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestro peso. La habitación estaba iluminada por velas que parpadeaban, lanzando sombras danzantes en las paredes color terracota, y el sonido lejano de un mariachi en la calle abajo ponía banda sonora perfecta a nuestra locura.
Acto primero de nuestra noche: la tensión inicial. Me quité los tacones con un movimiento rápido, sintiendo el piso fresco bajo mis pies. Raúl se recargó en la cabecera, mirándome con hambre pura. "Quítate el vestido, déjame verte", ordenó juguetón, y yo, empoderada por su mirada, lo hice lento, girando para que viera cómo la tela roja caía revelando mi lencería de encaje negro. Mis tetas se alzaban firmes, pezones ya duros rozando la tela, y bajito mi panochita palpitaba húmeda solo de imaginarlo dentro. Él se lamió los labios, y el bulto en sus pantalones creció visible. "Órale, qué chingona estás, Ana. Eres mi vicio."
Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través de la tela. Mis caderas se movieron instintivas, frotándome contra esa dureza que me volvía loca. Sus manos subieron por mis muslos, ásperas por el trabajo en la constructora familiar, masajeando mi piel suave. Olía a hombre, a deseo crudo, y yo inhalé profundo mientras besaba su cuello, mordisqueando esa vena que latía fuerte. "Raúl, no aguanto más esta pasión prohibida", gemí, y él rio bajito, volteándome para quedar encima.
El medio tiempo empezó a escalar. Sus besos bajaron por mi clavícula, lamiendo el sudor que perlaba mi piel. Chupó un pezón a través del encaje, luego lo liberó y lo succionó fuerte, haciendo que arqueara la espalda con un jadeo. ¡Qué rico! El sonido húmedo de su boca en mi carne, el tirón delicioso en mi clítoris lejano pero conectado. Sus dedos bajaron, colándose bajo la tanga, encontrando mi humedad. "Estás chorreando, carnalita", dijo con voz grave, metiendo dos dedos adentro despacio, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Yo me retorcía, clavando uñas en sus hombros anchos, oliendo el almizcle de mi propia excitación mezclándose con su colonia.
Esto es puro fuego, wey. Cada roce es eléctrico, cada gemido un secreto que nos ata más. ¿Y si mi amiga se entera? Al diablo, en este momento solo existimos nosotros dos.
Lo desvestí con prisa, arrancando su camisa para besar su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. Su verga saltó libre cuando bajé el zipper, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mano, sintiendo su pulso caliente, y la masturbé lento mientras él gruñía. "Chúpamela, Ana, porfa". Me arrodillé entre sus piernas, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas, y lamí desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto salado y masculino. Lo metí en mi boca profunda, chupando con hambre, oyendo sus jadeos roncos y el pop húmedo cuando salía. Él enredó dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, puro placer mutuo.
La intensidad subía como volcán. Me levantó y me tiró en la cama boca arriba, quitándome la tanga de un jalón. Su cabeza bajó entre mis piernas, y su lengua atacó mi clítoris como experto. ¡Madre mía! Lamidas largas, círculos rápidos, chupando mi jugo dulce mientras yo gritaba bajito, mordiendo la almohada para no alertar a los vecinos. Mis muslos temblaban, envolviéndolo, y el olor a sexo llenaba la habitación, pesado y adictivo. "Ven, métemela ya", supliqué, y él se posicionó, frotando la punta en mi entrada húmeda.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, mientras él gemía "Qué apretadita estás, reina". Empezamos lento, ritmado, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose. Aceleramos, él embistiendo profundo, yo clavando talones en su culo firme. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como reina, tetas rebotando, manos en su pecho. Él pellizcaba mis pezones, y yo gritaba "¡Más duro, pendejo!" en broma, riendo entre gemidos. El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose.
El final explosivo llegó como tsunami. "Me vengo, Ana", rugió, y yo "¡Dame todo!", sintiendo su leche caliente llenándome mientras mi orgasmo me sacudía, olas de placer puro, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, el olor a sexo y sudor envolviéndonos como manta.
En el afterglow, acurrucados, su mano acariciaba mi espalda. "Esto es nuestro capítulo 30 parte 2, ¿verdad? La pasión prohibida que no se apaga", murmuró. Yo asentí, besando su pecho.
Sé que es riesgoso, pero me hace sentir poderosa, deseada. ¿Seguiremos? Neta que sí, porque este fuego no se extingue fácil.La noche nos mecía, con promesas de más capítulos en nuestra historia secreta, mientras la ciudad ronroneaba afuera.