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Pasión India Desnuda

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Pasión India Desnuda

En las playas de Puerto Escondido, donde el sol besa la arena dorada y el Pacífico susurra promesas de placer, conocí a Ixchel. Era una india oaxaqueña de esas que parecen salidas de un sueño ancestral, con piel morena como el chocolate fundido, ojos negros profundos como pozos de obsidiana y un cuerpo curvilíneo que hacía que los hombres voltearan dos veces. Yo, un chilango de treinta y tantos, había llegado huyendo del pinche tráfico de la Ciudad de México, buscando un poco de paz y, quién sabe, algo de acción. Pero nada me preparó para la pasión india que desatataría esa tarde.

Estaba tirado en una hamaca, con una cerveza fría en la mano, oliendo a sal y protector solar, cuando la vi caminando por la orilla. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a sus tetas firmes por la brisa marina, y una falda larga que ondeaba mostrando sus piernas torneadas. Su cabello negro azabache caía en cascada hasta la cintura, y caminaba con ese tumbao natural, como si la tierra misma la meciera.

Órale, güey, esta morra es puro fuego
, pensé, sintiendo un cosquilleo en la verga que me hizo enderezarme de golpe.

Se acercó al puesto de elotes, pidiendo uno asado con mayonesa y chile. Su voz era ronca, como el eco de un tambor zapoteca, y reía con una blancura que contrastaba su piel. Me armé de valor y me paré, fingiendo casualidad. —Qué onda, carnala, ¿vienes seguido por acá? le dije, con mi acento chilango bien marcado. Ella volteó, me midió de arriba abajo con esos ojos que prometían pecados, y sonrió. —Sí, güey, esta es mi tierra. Tú pareces perdido, ¿no? Su aliento olía a coco y a algo dulce, como tamarindo fresco.

Charlamos un rato, sentados en la arena tibia que se colaba entre los dedos de los pies. Me contó de sus raíces mixtecas, de cómo bailaba en las fiestas de la Guelaguetza, y yo le hablé de mis noches locas en el DF. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de rodillas. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y el aire se llenaba del aroma a mariscos asados y humo de fogata.

Esta pasión india me va a quemar vivo
, me dije, notando cómo sus pezones se marcaban bajo la tela fina cuando la brisa soplaba.

Al oscurecer, la invité a caminar por la playa. Ella aceptó sin chistar, tomándome de la mano. Sus palmas eran suaves, cálidas, con un calor que subía por mi brazo directo al pecho. Caminamos en silencio, solo el romper de las olas y el graznido lejano de las gaviotas. De pronto, se detuvo y me miró fijo. —Sabes, en mi pueblo decimos que el mar despierta lo que el corazón esconde, murmuró, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo, el olor almizclado de su piel sudada por el día. Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra los shorts.

La besé sin pensarlo, un beso hambriento, con lengua que exploraba su boca dulce como el mezcal añejo. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y me abrazó fuerte, clavándome las uñas en la espalda. —Ay, cabrón, qué rico besas, jadeó contra mis labios. Sus tetas se aplastaban contra mí, suaves y pesadas, y bajé las manos a su culo redondo, apretándolo bajo la falda. La tela era ligera, y pronto la tenía subida, tocando su piel desnuda, caliente, sin calzones.

¡Puta madre, esta india está mojada ya!
olí su excitación, ese aroma terroso y salado que me volvía loco.

Nos dejamos caer en la arena, todavía tibia del sol. Ella se quitó el huipil de un jalón, revelando unas chichis perfectas, chocolateadas, con pezones oscuros erectos como botones de cacao. Las chupé con hambre, saboreando su piel salada, lamiendo hasta que arqueó la espalda y gritó ¡Órale, sí, así!. Su mano bajó a mi short, liberando mi verga tiesa, palpitante. La masturbó despacio, con maña, mirándome a los ojos. —Mira qué vergota traes, pinche chilango, dijo riendo, y se la metió a la boca. Su lengua era fuego, caliente y húmeda, girando alrededor del glande mientras succionaba con fuerza. Gemí fuerte, el sonido perdido en las olas, oliendo su cabello a jazmín silvestre.

La volteé bocabajo, admirando su nalga prieta, morena, marcada por mis dedos. Le separé las piernas y lamí su panocha empapada, sabor a miel y mar, con un clítoris hinchado que palpitaba bajo mi lengua. Ixchel se retorcía, clavando los dedos en la arena, jadeando ¡No pares, pendejo, me vas a hacer venir!. La penetré con dos dedos, curvándolos adentro, mientras chupaba sus labios mayores, hinchados y resbalosos. Su primer orgasmo llegó como tormenta, convulsionando, gritando en mixteco palabras que sonaban a conjuro erótico.

Pero quería más, esa pasión india no se sacia fácil. Me puse de rodillas y ella se sentó encima, guiando mi verga a su entrada caliente. Entró de una, apretada como guante de terciopelo mojado, envolviéndome hasta las bolas. Cabalgó con furia, sus caderas girando en círculos ancestrales, tetas rebotando al ritmo de su respiración agitada. Yo la sujetaba por la cintura, sintiendo sus músculos contraerse, el sudor resbalando entre nosotros, oliendo a sexo puro, a arena y sal.

Esto es el paraíso, carajo
, pensé, mientras ella aceleraba, clavándome las uñas, mordiéndome el hombro.

Cambié de posición, poniéndola a cuatro patas, con el Pacífico de testigo. La embestí profundo, mis huevos chocando contra su clítoris, cada thrust sacando chorros de jugos que corrían por sus muslos. El sonido era obsceno, chapoteante, mezclado con sus gemidos roncos y mis gruñidos animales. ¡Más duro, cabrón, rómpeme! pedía, empujando hacia atrás. El clímax nos alcanzó juntos: ella primero, apretándome como prensa, ordeñándome, y yo explotando adentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Grité su nombre, el mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos y verga.

Caímos exhaustos, enredados en la arena, con el mar lamiendo nuestros pies. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con el yodo del océano. —Eso fue pasión india de la buena, ¿verdad? murmuró ella, trazando círculos en mi piel con el dedo. Asentí, besándole la frente.

En este momento, no cambio México por nada
.

Nos quedamos así hasta que la luna salió, plateada y cómplice. Hablamos de volvernos a ver, de explorar más esa llama que acababa de encenderse. No era solo sexo; era conexión, tierra y mar uniéndose en nosotros. Al amanecer, caminando de regreso, su mano en la mía, supe que la pasión india había cambiado algo en mí para siempre. Un fuego que ardía lento, prometiendo noches eternas de placer compartido.

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