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Las Palabras Son Cuchillas de Orgullos y Pasiones

7308 palabras

Las Palabras Son Cuchillas de Orgullos y Pasiones

La noche en Polanco olía a jazmín mezclado con el humo dulce del tequila reposado. Sofia se recargaba en la barandilla del rooftop, el viento juguetón le revolvía el cabello negro como ala de cuervo, y el vestido rojo ceñido a sus curvas parecía arder bajo las luces neón. Hacía meses que no veía a Diego, ese pendejo orgulloso que la había hecho enojar tanto que terminaron gritándose en medio de un antro en la Condesa. Pero ahí estaba él, cruzando la pista de baile con esa camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho, y esa sonrisa de chulo que le aceleraba el pulso.

Mira quién se dignó a aparecer, la reina del drama —dijo él, deteniéndose a un metro, con el vaso de mezcal en la mano. Su voz grave cortaba el reggaetón que retumbaba, y Sofia sintió un cosquilleo en la nuca, como si sus palabras ya empezaran a raspar.

Se giró despacio, cruzando los brazos bajo los senos para que el escote se profundizara un poco más.

¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? Neta, me pone de nervios, pero qué rico se ve con esa mirada de fuego
, pensó, mientras el aroma de su colonia amaderada invadía su espacio. —¿Y tú qué, Diego? ¿Vienes a pavonearte como siempre? Orgulloso como gallo de pelea.

Las palabras volaron como chispas. Él se acercó, su aliento tibio rozándole la oreja. —Tú eres la que siempre arma el desmadre, Sofia. Con tu boca de miel envenenada. Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en su garganta, y empujó su pecho con una uña pintada de rojo. El contacto fue eléctrico, piel contra piel a través de la tela fina, y ambos se quedaron quietos un segundo, el corazón latiéndole a ella como tambor en las costillas.

La tensión creció como tormenta en el DF. Bajaron del rooftop en el elevador privado, solos porque neta nadie más cabía, o eso se dijeron. Dentro del espacio cerrado, el espejo reflejaba sus cuerpos tensos, el sudor empezando a perlar la clavícula de Sofia. —Las palabras son cuchillas cuando las manejan orgullos y pasiones —murmuró ella, citando esa frase que su abuela usaba para los pleitos familiares, pero ahora sonaba como preludio a algo prohibido. Diego la miró fijo, los ojos oscuros brillando. —Entonces usa la tuya para cortarme, mamacita.

En el lobby del hotel contiguo —porque Polanco es así de conveniente—, sus manos se encontraron accidentalmente al caminar. Ella tiró de él hacia el pasillo de los cuartos ejecutivos, el corazón martilleando. ¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es puro orgullo herido y deseo acumulado, se dijo Sofia mientras la puerta se cerraba con un clic suave. La habitación olía a sábanas frescas y a esa loción de hotel con notas cítricas. Diego la acorraló contra la pared, no con fuerza, sino con esa urgencia mutua que hace que las rodillas flaqueen.

¿Quieres pelear o quieres que te haga callar? —susurró él, su boca a milímetros de la suya. Sofia alzó la barbilla, orgullosa como siempre. —Inténtalo, cabrón, a ver si puedes. Sus labios chocaron primero en un beso furioso, dientes rozando, lenguas batallando como en sus discusiones. Sabía a mezcal ahumado y a sal de su piel, un sabor que la hacía gemir bajito. Las manos de Diego subieron por sus muslos, arrugando el vestido rojo hasta la cintura, y ella clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos.

Se separaron jadeando, el aire cargado de su aroma compartido: sudor fresco, perfume y esa esencia íntima de excitación que huele a almizcle caliente. Sofia lo empujó hacia la cama king size, el colchón hundiéndose bajo su peso. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en encaje negro que contrastaba con su piel morena.

Dios, qué manera de mirarme, como si fuera su mundo entero. Me encanta este poder, este orgullo que nos enciende
. Diego se desvistió rápido, su erección saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de su pulso acelerado.

Él la tumbó boca arriba, besando su cuello mientras sus dedos exploraban entre sus piernas. Sofia arqueó la espalda, el roce de sus yemas ásperas en su clítoris hinchado enviando ondas de placer que le erizaban la piel. —Qué mojada estás, Sofia. Neta, me traes loco desde que te vi —gruñó él, metiendo dos dedos despacio, curvándolos para tocar ese punto que la hacía jadear. Ella mordió su hombro, saboreando el salado de su sudor. —Cállate y hazme tuya, wey. Pero despacio, que lo disfrute.

La habitación se llenó de sonidos: el chapoteo húmedo de sus dedos, los gemidos ahogados de ella contra la almohada, el crujir de las sábanas. Diego bajó la boca a sus pechos, lamiendo un pezón endurecido mientras succionaba suave, el tirón directo a su centro. Sofia enredó las piernas en su cintura, frotándose contra su polla dura, sintiendo el calor irradiar. Esto es mejor que cualquier pleito. Sus pasiones chocando, cortando las barreras.

Lo volteó encima de ella, montándolo con esa gracia felina que lo volvía loco. Sus caderas se movieron en círculos lentos, guiando su verga gruesa dentro de su calor empapado. Entró centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el roce de venas contra sus paredes internas un fuego que la consumía. —¡Ay, Diego, qué rico! Más adentro, pendejo, dame todo —suplicó, clavando las uñas en sus pectorales. Él embistió desde abajo, manos en sus nalgas apretando la carne suave, el slap de piel contra piel uniéndose al coro.

El ritmo aceleró, sudor goteando de su frente al valle de sus senos. Sofia cabalgaba más rápido, sus pechos rebotando, el placer acumulándose como tormenta en el ombligo. Siento su pulso dentro de mí, latiendo conmigo. Orgullo y pasión fundiéndose. Diego la volteó de nuevo, poniéndola a cuatro patas, el espejo al frente mostrando su rostro extasiado, mejillas sonrojadas, labios hinchados. Entró por detrás, profundo, golpeando su culo con cada thrust, una mano en su clítoris frotando en círculos.

Vente conmigo, Sofia. Déjame sentirte apretarme —ordenó ronco, y ella explotó primero, el orgasmo rasgándola como cuchilla afilada: ondas de placer convulsionando sus músculos, gritando su nombre mientras chorros de humedad lo empapaban. Él la siguió segundos después, gruñendo gutural, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.

Colapsaron enredados, piel pegajosa contra piel, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana entreabierta. Diego la besó en la sien, suave ahora. —Perdón por ser tan orgulloso, reina. Ella sonrió contra su pecho, lamiendo una gota de sudor. —Y yo por mis palabras afiladas. Pero neta, qué chido fue reconciliarnos así.

Se quedaron así hasta el amanecer, con la ciudad despertando afuera. Las cuchillas se habían embotado en el roce de sus cuerpos, dejando solo el filo dulce del deseo saciado. Sofia pensó que tal vez, solo tal vez, volverían a pelear... para volver a amarse así.

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