Pasión en la Biblia
El sol de la tarde se colaba por las rendijas de las persianas de madera en la biblioteca de la hacienda familiar, pintando rayas doradas sobre el piso de cantera. Yo, Ana, había subido al desván de mi abuela esa mañana, huyendo del calor pegajoso de Guadalajara, y ahí la encontré: una Biblia antigua, encuadernada en cuero gastado, con páginas amarillentas que olían a tiempo y a secretos. La hoja de guarda tenía una inscripción en letra cursiva: "Para mi amada, que su pasión sea eterna como la palabra de Dios". Me quedé mirando esas palabras, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Neta, ¿qué chingados significaba eso?
La dejé sobre la mesa de roble, rodeada de libros polvorientos y un jarrón con flores de cempasúchil que mi mamá había puesto para el Día de Muertos. Me serví un vaso de agua de jamaica fresca, el hielo tintineando, y me senté en el sillón de piel. Abrí la Biblia al azar, y caí directo en el Cantar de los Cantares.
"Que me bese con los besos de su boca, porque tus amores son mejores que el vino", leí en voz baja. Un calor me subió por el cuello. Wey, esto no era la historia de Noé o los mandamientos; esto era puro fuego, deseo crudo disfrazado de poesía sagrada. Mis dedos rozaron las páginas, ásperas como la piel de un amante después de una noche larga.
Justo entonces, sonó el claxon de la camioneta de Miguel afuera. Mi carnal, mi chulo, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Bajé a abrirle, el aire cargado del aroma a tierra mojada por la lluvia reciente. Él entró con su sonrisa pícara, oliendo a jabón y a sudor fresco del camino. "¿Qué onda, mi reina? Te extrañé todo el día en la uni", dijo, jalándome por la cintura para darme un beso que sabía a chicle de tamarindo.
Lo llevé a la biblioteca, contándole de mi hallazgo. Sus ojos se iluminaron cuando vio la Biblia. "Órale, Ana, esto es como encontrar un tesoro. Léeme algo, a ver si me inspiro", bromeó, sentándose a mi lado en el sillón. Nuestras piernas se rozaron, su muslo firme contra el mío, y ya sentía esa electricidad que siempre nos prendía. Abrí el libro en el Cantar otra vez. "Eres toda hermosa, mi amor, y no hay en ti defecto". Mi voz tembló un poquito. Él se acercó más, su aliento cálido en mi oreja.
Acto uno: la chispa. Leímos juntos, turnándonos versos. Cada palabra era como una caricia prohibida.
"Tus pechos son como racimos de vid, como frutos maduros que deleitan el paladar". Miguel soltó una risa ronca. "Neta, Ana, ¿esto está en la Biblia? Me estás poniendo caliente con esto de pasión en la Biblia". Sus dedos jugaban con el borde de mi blusa, rozando mi piel expuesta por el escote. Yo cerré los ojos, imaginando esas manos explorando más abajo. El corazón me latía fuerte, como tambores en una fiesta patronal. El olor de su colonia se mezclaba con el del cuero viejo, creando un perfume embriagador.
La tensión crecía despacio, como el agua hirviendo en una olla de barro. Me recargué en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la camisa. "Sigue leyendo, mi amor", murmuró él, su mano subiendo por mi muslo, suave, tentadora. Leí:
"Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven". No pude más. Giré la cara y lo besé, profundo, con lengua que bailaba como en una salsa ardiente. Sus labios sabían a sal y a deseo, ásperos por la barba incipiente.
Acto dos: el fuego se aviva. Nos paramos, la Biblia cayendo al piso con un thud suave. Miguel me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. "Te quiero aquí mismo, sobre esta mesa sagrada", gruñó, depositándome con cuidado. Sus ojos, oscuros como chocolate amargo, devoraban mi cuerpo. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas libres, los pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada. "Qué chingón verte así, Ana. Eres mi diosa pagana".
Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando con besos húmedos que me erizaban la piel. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con mi gemido ahogado. Lamía mi piel, saboreando el sudor salado de mi vientre. "Hueles a miel y a pecado", susurró. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca. Sentía mi centro palpitando, húmedo, rogando por atención. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, venosa, que saltó como un resorte. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor que irradiaba. "Métela en mi boca primero, carnal", le pedí, voz ronca.
Se puso de pie, y yo me incliné, lamiendo la punta, saboreando la gota perlada de pre-semen, salada y dulce. Él jadeaba, "¡Ay, wey, qué rico chupas!". Lo engullí profundo, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos. Su mano en mi nuca, guiándome sin forzar, puro ritmo consensuado. Pero no quería acabar así; lo quería dentro. Lo empujé contra el sillón, montándome a horcajadas. Nuestros cuerpos se unieron con un slap húmedo, él llenándome por completo. "¡Sí, Miguel, así, fóllame fuerte!".
El movimiento era frenético ahora, piel contra piel, sudor resbalando. El sillón crujía bajo nosotros, el aire cargado de nuestros olores: sexo, pasión, Biblia olvidada en el suelo. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave. Yo cabalgaba, tetas rebotando, sintiendo cada embestida rozar mi punto más sensible.
Interno: Dios mío, esto es pasión en la Biblia, prohibida y divina a la vez. Él se incorporó, chupando mis pezones, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina. "Estás empapada, mi reina, neta me vuelves loco".
La intensidad subía, como una tormenta en el volcán. Cambiamos posiciones: yo de rodillas en la alfombra persa, él detrás, penetrando profundo. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos altos, su gruñido animal. "¡Más rápido, pendejo, dame todo!", le exigí, empoderada en mi placer. Sus bolas golpeaban mi clítoris, frotando justo ahí. El clímax se acercaba, tensión enredada como ovillos de lana. Olía a nosotros, a sexo puro mexicano, ardiente y sin pudores.
Acto tres: la liberación. "Me vengo, Ana, ¡juntos!", rugió. Yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos. Él se derramó dentro, caliente, pulsando, llenándome hasta rebosar. Colapsamos en el sillón, jadeantes, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose en la piel. El silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose.
Miguel me besó la frente, suave. "Eso fue épico, mi amor. Como si la Biblia nos hubiera bendecido". Reí bajito, acariciando su pecho velludo. La Biblia yacía abierta en el suelo, páginas al aire, como testigo mudo de nuestra unión. Me sentía plena, empoderada, amada. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasión.
Esto no era pecado; era celebración de la vida, del cuerpo, del deseo que Dios mismo describió en sus versos.
Nos vestimos despacio, besándonos perezosos. Bajamos a la cocina por unos tacos de carnitas, riendo de lo que acababa de pasar. Esa noche, la Biblia antigua se quedó en la biblioteca, pero su esencia ardía en nosotros. Pasión en la Biblia: no un libro polvoriento, sino el inicio de nuestra propia escritura erótica, eterna.