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Canciones de El Diario de Una Pasion Ardiente

7872 palabras

Canciones de El Diario de Una Pasion Ardiente

El aire salado del mar de Puerto Vallarta me rozaba la piel como una caricia prohibida mientras hojeaba ese viejo cuaderno raído. El Diario de Una Pasión, lo habíamos llamado Luis y yo hace diez años, cuando éramos unos morros llenos de fuego y sin un peso en los bolsillos, pero con el corazón latiendo a todo lo que daba. Adentro, entre garabatos y promesas, estaban las canciones de El Diario de Una Pasión, versos que inventábamos al calor de la noche, tarareados entre besos robados en la playa. "Te quiero como el sol quiere al mar", decía una, y neta, cada palabra me erizaba la piel ahora, recordándome su olor a sal y sudor, su boca devorándome.

Yo, Ana, con treinta y tantos, soltera otra vez después de un matrimonio que se fue al carajo, sentí un calor subiéndome por el vientre al leerlas.

¿Y si lo busco? ¿Y si este wey aún siente lo mismo?
pensé, con el pulso acelerado. Saqué el teléfono, busqué su número que milagrosamente aún tenía guardado. "Órale, Ana, ¿eres tú? ¡No mames!", contestó él al tercer timbre, su voz grave y juguetona, como si el tiempo no hubiera pasado. Hablamos horas, riéndonos de pendejadas, recordando cómo nos cogíamos a escondidas en la casa de sus tíos. "Ven a Vallarta, carnala. Trae el diario", me dijo. Y yo, con las bragas ya húmedas de pura anticipación, compré el boleto esa misma noche.

Llegué al mediodía, el sol pegando como en un horno, y ahí estaba Luis esperándome en el malecón, más guapo que nunca, con esa barba incipiente y los ojos cafés que me miraban como si quisiera comerme viva. Me abrazó fuerte, su pecho duro contra mis tetas, y olí su colonia mezclada con el mar, ese aroma que me hacía mojarme de niña. "Qué chula estás, nena", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Caminamos por la playa, descalzos en la arena tibia, hablando de todo y nada. Le mostré el diario, y él sonrió pícaro. "Las canciones de El Diario de Una Pasión... ¿te acuerdas de la que escribimos después de cogernos en la cueva?"

Nos sentamos en un palaperro, pedimos chelas frías que sudaban como nosotros bajo el sol. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la botella, y sentí un chispazo directo a la concha. Hablamos de la vida, de cómo él había viajado, yo había sufrido con mi ex pendejo, pero el deseo crecía como marea alta. "Neta, Ana, nunca te olvidé. Esas noches... tu piel, tu gemido", confesó, su voz ronca. Yo me mordí el labio, imaginando su verga dura contra mí.

Quiere cogerme ya, lo sé por cómo me mira
, pensé, y el calor entre mis piernas se hizo insoportable.

El atardecer nos pintó de naranja y rosa, y terminamos en un restaurante de mariscos junto al mar, con mariachis de fondo tocando rancheras que nos ponían más cachondos. Pedimos ostiones frescos, el jugo salado goteando por mi barbilla mientras él me limpiaba con el pulgar, metiéndomelo en la boca un segundo. "Deliciosa", dijo, y yo chupé su dedo lento, saboreando su piel salada, mi clítoris palpitando. Hablamos de las canciones, las recitamos bajito: "Tu cuerpo es mi tormenta, tu boca mi refugio". Sus ojos se oscurecieron, y bajo la mesa, su mano subió por mi muslo, rozando el borde de mis panties. "Luis...", susurré, abriendo las piernas un poquito. "Vamos a mi hotel, Ana. Quiero cantarte esas canciones mientras te hago mía".

El trayecto en taxi fue tortura deliciosa. Nos besábamos como posesos, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a ron y marisco, sus manos amasándome las nalgas por debajo del vestido. Llegamos al lobby del hotel, un lugar chido con vista al mar, y subimos al elevador. Ahí no aguantamos: me acorraló contra la pared, su verga dura presionando mi vientre, besándome el cuello mientras yo gemía bajito. "Estás mojada, ¿verdad, chula?", gruñó en mi oído, y yo asentí, restregándome contra él. "Sí, wey, por ti".

En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, pero el calor entre nosotros era infernal. Cerró la puerta y me quitó el vestido de un jalón, dejándome en bra y tanga negra. "Qué mamacita", dijo, admirándome. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho moreno, salado, bajando hasta su abdomen marcado. Olía a hombre, a deseo puro. Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus besos bajaron por mi cuerpo, mordisqueando mis pezones duros como piedras, chupándolos hasta que arqueé la espalda gimiendo. "¡Órale, Luis, no pares!"

Me quitó la tanga despacio, oliendo mi aroma almizclado de excitación. "Hueles a sexo, nena, me traes loco". Su lengua encontró mi concha empapada, lamiendo lento mis labios hinchados, succionando mi clítoris con maestría. Sentí explosiones de placer, mis jugos corriendo por su barbilla, el sonido chapoteante de su boca devorándome.

Esto es el paraíso, su lengua es fuego
, pensé, agarrándole el pelo, restregándome contra su cara. "¡Sí, cabrón, así! ¡Me vengo!" grité, y el orgasmo me sacudió como ola gigante, piernas temblando, visión nublada.

Pero él no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas, separándolas para lamer mi ano con ternura juguetona. "Relájate, mi reina", murmuró, y metió un dedo lubricado con mi propia humedad, masajeando adentro mientras lamía mi clítoris desde atrás. Yo jadeaba, el placer nuevo y prohibido subiendo otra vez. "Quiero tu verga, Luis, cógeme ya". Se quitó el pantalón, su pinga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum. La tomé en mi mano, caliente como hierro, saboreándola con la lengua, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡No mames, qué rica mamada!". El sabor salado de su esencia me enloqueció, chupando las bolas peludas, lamiendo el tronco.

Me puso a cuatro patas, la posición que amábamos de morros. Rozó la cabeza de su verga contra mi entrada, lubricada y lista. "Dime que la quieres", exigió juguetón. "¡Sí, pendejo, métemela toda!", supliqué. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, su pubis chocando mis nalgas con un clap húmedo. El estirón era exquisito, su grosor pulsando dentro. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi espina. "¡Qué chingona tu panocha, Ana, tan apretada!", gruñía, azotándome suave las nalgas, el ardor sumándose al éxtasis.

Aceleró, el sonido de carne contra carne llenando la habitación, sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose con mi aroma. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo, mis tetas rebotando, gemidos convirtiéndose en gritos. "¡Más fuerte, wey! ¡Cógeme como en las canciones!". Recordamos versos entre jadeos: "Tu pasión me quema, tu fuego me consume". Cambiamos a misionero, mis piernas en sus hombros, penetrándome profundo, su mirada clavada en la mía, almas conectadas. Sentí el orgasmo construyéndose, útero contrayéndose. "¡Me vengo otra vez!", aullé, uñas clavadas en su espalda. Él rugió, "¡Yo también, nena!", y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, pulsos interminables mientras nos sacudía el clímax juntos.

Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, verga ablandándose aún dentro. Besos suaves, lenguas perezosas. El olor a sexo impregnaba el aire, sábanas revueltas y pegajosas. "Te amo, Ana, como en el diario", susurró, acariciándome el pelo. Yo sonreí, lágrimas de felicidad.

Esto es real, no un sueño. Las canciones de El Diario de Una Pasión volvieron a vida
. Pedimos room service, comimos tacos al pastor desnudos en la cama, riéndonos, planeando el futuro. La noche cayó con el mar susurrando afuera, y nos cogimos de nuevo, lento y tierno, sellando promesas con cuerpos entrelazados. Al amanecer, su cabeza en mi pecho, supe que esta pasión ardiente apenas empezaba.

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