Pasión Capítulo 50 El Abrazo Ardiente
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en tu departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Habías pasado el día pensando en él, en Diego, ese chulo moreno con ojos que te desnudaban sin tocarte. Llevaban semanas sin verse por sus viajes de trabajo, pero esta noche era diferente. Le habías mandado un mensaje: "Ven ya, wey. No aguanto más." Y él respondió con un emoji de fuego que te hizo mojar las bragas al instante.
Sientes el corazón latiéndote fuerte cuando escuchas la llave en la puerta. Entras al pasillo y lo ves ahí, alto, con la camisa blanca pegada al pecho por el sudor de la calle, el olor a su colonia mezclándose con el de la ciudad, ese aroma a tacos de asador y gasolina que siempre te pone cachonda.
"¿Qué pasa, nena? ¿Me extrañaste?"dice con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, mientras cierra la puerta con el pie.
Tú solo asientes, mordiéndote el labio, y te lanzas a sus brazos. Sus manos grandes te aprietan la cintura, subiendo por tu espalda hasta enredarse en tu pelo. El tacto de su piel áspera contra la tuya suave te eriza los vellos. Esto es pasión capítulo 50 de nuestra historia, piensas, porque así lo sientes: como si cada encuentro fuera un capítulo más intenso, y este, el quincuagésimo, promete ser el que te queme por dentro.
Lo besas con hambre, saboreando el salado de sus labios, el leve dulzor de la chicle que masticaba. Tus lenguas se enredan, húmedas y urgentes, mientras él te empuja contra la pared del pasillo. Sientes su verga dura presionando tu vientre a través de los jeans, gruesa y palpitante, y un gemido se te escapa sin querer. "Órale, qué mojada estás ya, ¿verdad?" murmura contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. El calor de su aliento te hace temblar, y el olor a su sudor fresco te invade las fosas nasales, embriagador como tequila reposado.
Lo jalas de la camisa, arrancándosela con impaciencia, y tus uñas raspan su pecho ancho, marcado por horas en el gym. Él gruñe, un sonido gutural que vibra en tu pecho, y te carga como si no pesaras nada, llevándote a la recámara. La cama king size te recibe con sábanas de algodón egipcio frescas, contrastando con el fuego que arde entre los dos. Te arroja sobre ella suavemente, pero con esa fuerza que te hace sentir mujer, deseada, poderosa.
¿Cuántas veces hemos hecho esto? te preguntas mientras él se quita el cinturón con un chasquido que resuena en la habitación. Cincuenta, quizás, como en esas novelas eróticas que lees en secreto. Pasión capítulo 50, el que nunca termina. Te incorporas sobre los codos, admirando su cuerpo: los abdominales definidos, el vello negro bajando hasta donde el bóxer apenas contiene su erección. Le extiendes la mano, y él la toma, pero tú tiras de él para que se acueste a tu lado.
Esta vez no quieres prisa. Quieres saborearlo todo. Tus dedos recorren su torso, sintiendo cada músculo contraerse bajo tu toque. Él suspira, cerrando los ojos, y tú bajas la boca a su pecho, lamiendo el pezón oscuro, saboreando el salado de su piel. "Mamacita, me vas a volver loco", dice entre dientes, y su mano se cuela bajo tu blusa, amasando tu teta con firmeza, pellizcando el pezón hasta que duele rico. El placer se dispara directo a tu concha, que palpita, empapada, rogando atención.
Te quitas la ropa con lentitud, provocándolo. Primero la blusa, dejando que tus senos queden libres, pesados y erectos por el deseo. Él se lame los labios, mirándote como si fueras el postre más chido del mundo. Luego los shorts, revelando las bragas de encaje negro que compraste pensando en él. El aire fresco de la habitación besa tu piel caliente, erizándote, y sientes el olor almizclado de tu propia excitación flotando.
Diego se pone de rodillas en la cama, gateando hacia ti como un depredador. "Déjame probarte, mi reina", susurra, y te abre las piernas con gentileza. Sus dedos rozan el interior de tus muslos, suaves pero firmes, subiendo hasta el borde de las bragas. Las desliza hacia abajo, y el roce contra tu clítoris hinchado te arranca un jadeo. Ahora estás expuesta, tu panocha rosada y brillante por los jugos, el olor dulce y salado llenando el espacio entre ustedes.
Su lengua toca primero, un lametón largo desde el perineo hasta el botón, y ¡Dios!, el calor húmedo te hace arquear la espalda. Saborea despacio, chupando tus labios mayores, metiendo la lengua dentro como si quisiera beberte entera. El sonido es obsceno: slurps húmedos, tus gemidos ahogados, su respiración entrecortada. Tus manos enredan en su pelo corto, jalándolo más cerca, mientras tus caderas se mueven solas contra su boca. "¡Sí, wey, así! ¡No pares!" gritas, y él obedece, metiendo un dedo grueso en tu interior, curvándolo para tocar ese punto que te hace ver estrellas.
El orgasmo se acerca como una ola, tensando cada músculo. Sientes el pulso en tu clítoris acelerado, el calor subiendo por tu vientre. Él acelera, dos dedos ahora, bombeando mientras su lengua gira sin piedad. Pasión capítulo 50, el clímax perfecto, piensas fugazmente antes de explotar. Gritas su nombre, el placer te sacude en espasmos, jugos saliendo a chorros que él lame con deleite. Tus piernas tiemblan, el sudor perla tu frente, y el mundo se reduce a esa habitación perfumada de sexo.
Pero no has terminado. Lo empujas boca arriba, montándolo con urgencia. Su verga salta libre cuando le bajas el bóxer: venosa, cabezuda, goteando precum que brilla bajo la luz tenue. La tomas en la mano, sintiendo su calor, su grosor que apenas cierra tu puño. La acaricias de arriba abajo, viendo cómo él echa la cabeza atrás, gimiendo "¡Qué rica mano tienes, nena!". La punta toca tus labios, y la chupas, saboreando el salado amargo, metiéndotela hasta la garganta mientras él se retuerce.
Ya no aguantas. Te posicionas sobre él, frotando la cabeza contra tu entrada resbaladiza. Bajas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Los dos gimen al unísono cuando tus nalgas chocan contra sus muslos. Empiezas a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes internas. Sus manos en tus caderas guían el ritmo, subiendo a amasar tus tetas, pellizcando pezones que duelen de placer.
El slap slap de piel contra piel llena la habitación, mezclado con sus gruñidos y tus "¡Más duro, pendejo!". Sudor gotea de su pecho al tuyo, resbaloso y caliente. Él se incorpora, besándote mientras follas, lenguas batallando como en una guerra de deseo. Cambian posiciones: te pone a cuatro patas, embistiéndote desde atrás con fuerza controlada. Su vientre choca tu culo, sus bolas golpean tu clítoris, y el ángulo toca justo donde duele rico.
Esto es lo que necesitaba, pasión pura, capítulo 50 de mi vida contigo. El segundo orgasmo crece rápido, tensándote como cuerda de guitarra. Él lo siente, acelera, una mano bajando a frotar tu botón. "Córrete conmigo, mi amor", jadea, y explotas de nuevo, apretándolo como vicio, ordeñándolo. Él ruge, hinchándose dentro, chorros calientes llenándote, goteando por tus muslos.
Caen juntos, exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho sube y baja contra tu espalda, el olor a semen y sudor envolviéndolos como manta. Te besa la nuca, suave ahora. "Te amo, wey. Eres mi todo." Tú sonríes, sintiendo el afterglow calmar tu cuerpo tembloroso. Pasión capítulo 50, pero habrá más, piensas, mientras el sol se pone afuera, dejando la habitación en penumbras íntimas.
Se quedan así, respirando en sincronía, hasta que el hambre real los saca de la cama. Pero esa noche, saben que el verdadero banquete fue este, el del cuerpo y el alma mexicana, ardiente y sin fin.