Limpia con Pasion Drama
El aroma a copal y ruda llenaba el aire de la pequeña consulta en el corazón de la Roma, un rincón chido donde Marco, el curandero, hacía sus limpias. Yo, Ana, había llegado con el pecho apretado por el drama de mi última ruptura. Ese pendejo de ex me había dejado hecha mierda, con el alma sucia de desconfianza y coraje. "Necesitas una limpia con pasión drama", me dijo mi compa por WhatsApp, recomendándome a este vato que no solo barría lo malo con hierbas, sino que infundía vida con una energía que te ponía la piel chinita.
Marco me recibió con una sonrisa que iluminaba su cara morena, ojos negros profundos como pozos de obsidiana. "Pásale, mija, siéntate aquí en el petate". Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó los brazos. Vestía una camisa de lino blanca, holgada, que dejaba entrever el pecho musculoso de quien trabaja con las manos. Yo traía un huipil ligero, falda suelta, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos al verlo preparar el huevo, las hierbas y el mezcal.
"Cuéntame tu drama, corazón", dijo mientras encendía el copal. El humo se elevaba danzando, dulce y terroso, envolviéndonos. Le solté todo: las mentiras del ex, las noches llorando, el vacío que me carcomía. Él escuchaba asintiendo, sus manos grandes y callosas rozando las mías al pasarme el mezcal. "Bríndame", ordenó, y el líquido quemó mi garganta, despertando un fuego que no era solo del alcohol.
¿Por qué este wey me pone así? Neta, sus ojos me traspasan, como si ya supiera mis secretos más sucios.
La limpia empezó suave. Me pidió quitarme los zapatos y recostarme boca abajo en el petate mullido. Sus dedos untados en aceite de romero presionaron mis hombros, deshaciendo nudos de tensión. "Respira hondo, reina", murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido oliendo a hierbas y hombre. Cada caricia era precisa, profesional al principio, pero el roce se volvía eléctrico. Mis pezones se endurecieron contra la tela delgada del huipil, y entre mis piernas un pulso húmedo comenzaba a latir.
"Ahora voltea", dijo, y obedecí, exponiendo mi vientre, mis senos alzados por la excitación. Pasó el huevo por mi cuerpo, murmurando oraciones en náhuatl que sonaban como poesía erótica. El cascarón frío contrastaba con el calor de sus palmas, que ahora rozaban mis costados, subiendo peligrosamente cerca de mis tetas. Órale, esto no es solo limpia, pensé, pero no paré nada. Al contrario, arqueé la espalda, invitándolo con mi silencio.
El drama de mi corazón se transformaba en deseo crudo. "Siente la pasión liberando lo malo", susurró, y sus manos bajaron a mis muslos, abriéndolos con gentileza. El olor de mi propia excitación se mezclaba con el copal, embriagador. Introdujo una ramita de ruda entre mis piernas, rozando mi panocha a través de la tanga empapada. Gemí bajito, el tacto áspero enviando chispas por mi espina.
¡Neta, este vato sabe lo que hace! Me está limpiando el alma y prendiendo el cuerpo al mismo tiempo.
La tensión crecía como tormenta en el DF antes de la lluvia. Marco dejó las hierbas y se inclinó, su boca capturando la mía en un beso que sabía a mezcal y promesas. Sus labios firmes, lengua juguetona explorando mi boca con hambre contenida. "Dime si quieres parar, mamacita", jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. "No pares, cabrón, limpia todo", respondí, tirando de su camisa para sentir su pecho duro, sudoroso, contra el mío.
Sus manos expertas subieron mi huipil, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras de pirul. Los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, arrancándome gemidos que resonaban en la habitación. El sonido de su chupada húmeda, mi respiración agitada, el crepitar del copal... todo se volvía sinfonía de lujuria. Bajó más, quitándome la falda y tanga de un jalón. "Qué chingona panocha tienes", gruñó, admirando mi sexo hinchado, jugoso.
Separó mis labios con los dedos, oliendo mi aroma almizclado antes de hundir la lengua. ¡Ay, Diosito! Lamía mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hacían retorcer, chupando mis jugos como néctar. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca no paraba. El placer subía en oleadas, mis caderas ondulaban solas, follándome su cara. "¡Más fuerte, Marco, limpia mi drama con tu lengua!", supliqué, clavando uñas en su cabeza.
Pero él quería más equilibrio. Se quitó la ropa, revelando su verga tiesa, gruesa, venosa, apuntando al techo como ofrenda. "Tómala, corazón, haz tu propia limpia". Me arrodillé, el petate áspero bajo mis rodillas, y la engullí. Sabía salado, a piel caliente, palpitante en mi boca. La chupé con pasión, lamiendo el glande, tragando hasta la garganta mientras él gemía "¡Órale, qué rica boca!". Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome, pero siempre suave, consensual.
La intensidad escalaba. Me recostó de nuevo, colocándose entre mis piernas. "Mírame, Ana, esto es limpia con pasión drama, liberamos todo". Empujó lento, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, su calor pulsando dentro. Empezó a bombear, primero suave, luego fiero, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Sudor perlando su espalda, goteando en mi piel; el olor a sexo crudo invadiendo todo.
¡Es como si me estuviera exorcizando el dolor con cada estocada! Cada embestida barre el drama, dejando solo placer puro.Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos amasando mi culo. "¡Fóllame duro, pendejo!", grité, y él obedeció, clavándose desde abajo. El orgasmo me golpeó como rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo empapándonos. Él rugió, llenándome con su leche caliente, espasmos compartidos en éxtasis.
Quedamos jadeantes, enredados en el petate. El copal aún humeaba, pero ahora el aire olía a nosotros, a liberación. Marco me besó la frente, suave. "Ya estás limpia, mija. El drama se fue con la pasión". Sonreí, el corazón liviano, el cuerpo saciado. Salí de ahí renovada, con el alma brillante y la promesa de volver, no por drama, sino por más de esa limpia que ardía como chile en nogada.