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La Actriz de la Novela Pasión en Llamas de Deseo

6297 palabras

La Actriz de la Novela Pasión en Llamas de Deseo

Ana López caminaba por los pasillos del foro de Televisa en San Ángel, con el corazón latiéndole a mil por hora. El rodaje de Pasión había sido un éxito brutal, y ella, la actriz de la novela Pasión, se había convertido en la reina de las pantallas mexicanas. Sus curvas perfectas, ese cabello negro azabache que caía en ondas salvajes y esos ojos café que prometían pecados, la habían catapultado al estrellato. Pero detrás de las cámaras, Ana se sentía sola, como si toda esa fama fuera un disfraz que no le dejaba respirar.

Era viernes por la noche, y el equipo había organizado una fiesta en un bar chido de Polanco. Ana se puso un vestido rojo ceñido que marcaba cada centímetro de su cuerpo, oliendo a vainilla y jazmín de su perfume favorito. Al entrar, el aire estaba cargado de risas, humo de cigarros y el tintineo de copas. Sus ojos se posaron en él: Diego, el guionista nuevo, alto, moreno, con una sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. ¿Qué onda con este carnal? Neta que me prende, pensó mientras se acercaba.

—Órale, Ana, ¡la actriz de la novela Pasión en persona! —dijo Diego, levantando su tequila con limón—. ¿Ya te cansaste de romper corazones en la tele?

Ella rio, sintiendo un calor subirle por las mejillas. Se sentaron en una mesa apartada, el jazz suave de fondo mezclándose con el bullicio. Hablaron de todo: de los chismes del set, de cómo Pasión había revuelto el país con sus escenas calientes, de sueños rotos y pasiones reales. Cada vez que Diego la miraba, Ana sentía su piel erizarse, como si sus dedos invisibles la acariciaran. El tequila bajaba dulce y ardiente por su garganta, aflojándole las inhibiciones.

Este pendejo me tiene mojadita nomás con la mirada, se confesó en silencio, cruzando las piernas para calmar el pulso entre sus muslos. Diego se inclinó, su aliento cálido rozándole la oreja.

—Sabes, en el guion que escribí para ti, hay una escena que no pasó la censura. ¿Quieres oírla?

Ana asintió, mordiéndose el labio. Él susurró palabras sucias, de cuerpos entrelazados, gemidos en la noche. Ella sintió su chucha palpitar, un cosquilleo que le subía hasta los pezones endurecidos bajo el vestido.

La fiesta se desvaneció cuando salieron tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana envolviéndolos como una caricia. Subieron al coche de Diego, un Mustang negro que rugía como un amante impaciente. En el camino a su depa en la Condesa, las manos no paraban quietas: él le rozaba el muslo, subiendo despacio la tela del vestido, ella le apretaba el paquete por encima del pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba.

—No mames, Ana, me vas a volver loco —gruñó Diego, estacionando de golpe frente al edificio.

En el elevador, no aguantaron más. Se besaron con hambre, lenguas enredadas, saboreando tequila y deseo. Las manos de él se colaron bajo su vestido, amasando sus nalgas firmes, mientras ella le bajaba el cierre y sacaba su verga gruesa, palpitante. ¡Qué chingona está! La quiero chupar ya, pensó Ana, pero el ding del elevador los detuvo.

Entraron al depa, luces tenues, olor a sándalo y café fresco. Diego la empujó contra la pared, arrancándole el vestido con urgencia. Quedó en tanga negra y bra, sus tetas grandes rebosando, pezones oscuros pidiendo boca. Él se arrodilló, besándole el ombligo, bajando hasta oler su aroma almizclado de excitación.

—Déjame probarte, mi reina de la pasión —murmuró, quitándole la tanga.

Ana jadeó cuando la lengua de Diego lamió su clítoris hinchado, chupando jugos dulces y salados. Sus dedos se clavaron en su cabello, caderas moviéndose al ritmo. ¡Ay, cabrón, así, no pares! Me voy a venir. Gemía bajito, el sonido rebotando en las paredes, mientras él metía dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.

Pero Ana quería más. Lo jaló arriba, desnudándolo rápido. Su cuerpo atlético brillaba de sudor, músculos tensos, verga erguida como un pinche poste. Lo empujó al sofá, montándose a horcajadas. Se frotó contra él, lubricando la punta con sus fluidos, antes de empalarse despacio. ¡Qué rico entra, me llena toda! Gritó de placer cuando lo tuvo hasta el fondo, paredes vaginales apretándolo como guante.

Cabalgó con furia, tetas botando, uñas arañándole el pecho. Diego la sujetaba las caderas, embistiéndola desde abajo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con sus jadeos. Sudor les chorreaba, olor a sexo puro invadiendo el aire. Él le pellizcaba los pezones, mordisqueándolos, enviando descargas eléctricas directo a su centro.

—¡Más duro, Diego, cógeme como en tus guiones sucios! —exigió ella, voz ronca.

La volteó en el sofá, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su culo redondo con cada estocada. Ana se arqueaba, mano entre piernas frotando su clítoris, sintiendo el orgasmo crecer como ola. Él le jalaba el pelo suave, susurrando:

—Eres la actriz de la novela Pasión, pero esto es real, mami.

El clímax la golpeó como rayo. Gritó su nombre, chucha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus muslos. Diego no tardó, gruñendo como bestia, llenándola de leche caliente que se desbordaba. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

Después, en la cama king size, cubiertos solo por sábanas de algodón egipcio, se acurrucaron. Ana trazaba círculos en su pecho, oliendo su piel salada mezclada con la suya.

—Neta que fue chido, carnal. Pensé que la pasión solo existía en la novela —dijo ella, besándole el cuello.

—Contigo, Ana, cada día es un capítulo nuevo —respondió él, dedos jugando con su melena.

Se durmieron así, envueltos en afterglow, el corazón latiendo al unísono. Mañana volvería el set, las luces, los guiones. Pero ahora, en este momento, Ana se sentía viva, deseada, completa. La actriz de la novela Pasión encontró su propia historia de fuego, pensó antes de cerrar los ojos, con una sonrisa satisfecha curvando sus labios hinchados.

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