Pasion Prohibida Capitulo 4 El Susurro Ardiente
La noche en la Ciudad de México se sentía pesada, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas rotas. Ana caminaba por el pasillo de su departamento en Polanco, el eco de sus tacones resonando contra el mármol fresco. Hacía calor, ese bochorno pegajoso que se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo consigo el aroma distante de elotes asados de la calle. Su esposo, Roberto, estaba de viaje en Guadalajara por negocios, dejándola sola con sus pensamientos traicioneros.
¿Por qué no puedo sacármelo de la cabeza? se preguntó Ana, mientras se quitaba el vestido ajustado que había usado para la cena con amigas. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, y el espejo le devolvía la imagen de una mujer de treinta y dos años, curvas generosas que Roberto ya no parecía notar. Pero él sí. Marco, el mejor amigo de su marido desde la universidad, el que siempre la miraba con esos ojos cafés intensos, como si supiera todos sus secretos.
El timbre sonó, rompiendo el silencio. Ana frunció el ceño, revisando su teléfono: ningún mensaje. Se puso una bata de seda roja, ligera como un suspiro, y abrió la puerta. Ahí estaba Marco, con una botella de tequila reposado en la mano y una sonrisa pícara que le aceleró el pulso.
—Órale, Ana, no pensé que Roberto ya se hubiera ido. Vine a dejarle unos papeles, pero... ¿puedo pasar un rato? Neta que no he cenado bien.
Ana dudó, pero el olor de su colonia, esa mezcla de madera y cítricos, la invadió como una caricia prohibida. Asintió, cerrando la puerta con un clic que sonó definitivo.
Se sentaron en la sala, el sofá de cuero crujiendo bajo su peso. Marco sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando en los vasos. El primer trago quemó su garganta, despertando un fuego en su vientre.
—Pasion prohibida, ¿no? —murmuró Marco, sus ojos clavados en los de ella—. Capítulo cuatro de esta novela que no podemos dejar de escribir.
Ana se rio bajito, pero su risa era nerviosa, cargada de electricidad. Habían coqueteado antes: miradas en las fiestas, roces accidentales en la cocina. Cada encuentro era un capítulo más en su pasión prohibida, capítulo 4 ahora, donde la tensión ya no se podía ignorar.
La conversación fluyó como el tequila: de anécdotas de la uni a confesiones veladas. Marco se acercó más, su rodilla rozando la de ella. Ana sintió el calor de su piel a través de la bata, un pulso latiendo en su entrepierna.
—Roberto es un pendejo si no te ve como te veo yo —dijo él, su voz ronca, grave como un tamborazo zacatecano.
Ella no respondió con palabras. En cambio, su mano temblorosa se posó en su muslo, sintiendo los músculos firmes bajo el pantalón de mezclilla. Marco dejó el vaso, girándose hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, saboreando el tequila y el deseo reprimido. La lengua de él danzó con la suya, suave al principio, luego urgente, chupando como si quisiera devorarla.
Ana jadeó cuando sus manos subieron por sus caderas, abriendo la bata. El aire fresco besó sus pechos desnudos, los pezones endureciéndose al instante. Marco los miró con hambre, bajando la cabeza para lamer uno, succionando con delicadeza que la hizo arquear la espalda.
—¡Ay, cabrón, qué rico! —gimió ella, enredando los dedos en su cabello negro y ondulado.
El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba incipiente contra su piel sensible, el sonido húmedo de su boca, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el suyo. Ana lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían instintivamente, frotando su humedad contra la dureza que crecía en sus pantalones.
Marco gruñó, manos grandes amasando sus nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave.
—Estás chingona, Ana. Neta que me vuelves loco desde la primera vez que te vi.
Se levantaron, tambaleantes, besos robados mientras caminaban al cuarto. La cama king size los recibió, sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo sus cuerpos. Ana lo desvistió con prisa, arrancando la camisa para revelar un torso esculpido por horas en el gym y partidos de fut en el parque. Besó su pecho, lamiendo el sudor salado, bajando hasta el ombligo, donde mordisqueó juguetona.
Marco la volteó, boca abajo, besando su espalda desde las hombros hasta las nalgas. Sus manos separaron sus muslos, y Ana sintió su aliento caliente en su concha empapada. La lengua de él la invadió, lamiendo lento, saboreando sus jugos dulces y salados. Chupó su clítoris con maestría, círculos precisos que la hicieron retorcerse, gimiendo contra la almohada.
—Más, Marco, no pares, pendejito...
El placer subía en olas, su cuerpo temblando, pero él se detuvo justo antes del clímax, volteándola de nuevo. Se quitó los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La masturbó despacio, viendo cómo él cerraba los ojos, jadeando.
—Ven, métemela ya —suplicó ella, abriendo las piernas, guiándolo.
Marco se hundió en ella de un solo empujón suave, llenándola por completo. Ambos gritaron, el sonido primitivo rebotando en las paredes. Se movieron en ritmo perfecto, él embistiendo profundo, ella clavando uñas en su espalda. El slap-slap de piel contra piel, el squelch húmedo de sus uniones, el aroma espeso de sexo llenando la habitación.
Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el glande golpeando ese punto que la volvía loca. Sus pechos rebotaban con cada estocada, y Marco los chupaba, mordiendo pezones hasta que dolía rico.
—Eres mía esta noche, gruñó él, acelerando, sudor goteando de su frente a su piel.
El orgasmo la alcanzó como un rayo, contracciones violentas apretando su verga, jugos chorreando. Marco la siguió segundos después, corriéndose dentro con un rugido, caliente y abundante, llenándola hasta desbordar.
Se derrumbaron, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era dulce: besos perezosos, caricias en el cabello. Ana trazaba círculos en su pecho, escuchando su corazón galopante ralentizarse.
—Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 4 —susurró ella, sonriendo contra su cuello—. Pero neta, ¿qué sigue?
Marco la apretó más, inhalando su aroma a jazmín y sexo.
—Lo que sea, mi reina. Mientras siga sintiéndose tan chido.
La luna se colaba por las cortinas, testigo silencioso de su secreto. Ana cerró los ojos, sabiendo que el amanecer traería culpas, pero por ahora, solo existía esa paz ardiente, el eco de placer en sus músculos adoloridos y el sabor de lo prohibido en sus labios.