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La Cancion de la Pasion de Cristo en la Carne

7304 palabras

La Cancion de la Pasion de Cristo en la Carne

La noche de Viernes Santo envolvía la hacienda en Jalisco con un manto de silencio roto solo por el eco lejano de las procesiones. Luz caminaba descalza por el patio empedrado, el aire fresco cargado del aroma a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel morena por la humedad, delineando sus curvas generosas. Hacía un año que su esposo había muerto, y esa soledad la había convertido en una mujer que anhelaba tocar el fuego de nuevo.

Alejandro, el carnal de su difunto hermano, había llegado esa tarde de Guadalajara. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de bandido romántico, y ojos negros que prometían pecados deliciosos. Estaban solos en la casa grande, los sirvientes ya en sus hogares. ¿Por qué carajos mi corazón late así cuando lo veo? pensó Luz, mientras lo encontraba en la sala, frente al viejo gramófono.

—Órale, Luz, mira qué hallé en el ático —dijo él con esa voz grave, mexicana hasta los huesos, cargada de picardía—. La cancion de la pasion de cristo, grabada por un trovador de los veintes. Dicen que era prohibida porque sonaba demasiado... carnal.

Él puso la aguja sobre el disco rayado. Una guitarra ronca empezó a sonar, seguida de una voz profunda que cantaba sobre el sufrimiento y el éxtasis del Cristo en la cruz. Pero había algo en la melodía, un ritmo hipnótico, un lamento que se sentía como un susurro en la nuca, evocando no solo dolor, sino un deseo ardiente, prohibido.

Luz se acercó, hipnotizada. El calor de su cuerpo la rozó, y olió su colonia mezclada con sudor fresco.

¡Ay, Diosito, esta canción me está poniendo la piel chinita!
Sus pechos subían y bajaban con la respiración acelerada. Alejandro la miró, sus pupilas dilatadas.

—¿Te late? —preguntó él, su mano rozando accidentalmente la de ella.

—Me late tanto que me quema —respondió ella, mordiéndose el labio.

Acto primero de su propia pasión: la canción los unió en ese instante, como un conjuro antiguo.

La melodía se colaba por las ventanas abiertas, mientras compartían un trago de tequila reposado en el sofá de cuero viejo. El líquido ardía en la garganta de Luz, bajando como fuego líquido hasta su vientre. Alejandro contaba anécdotas de la ciudad, pero sus ojos no dejaban los labios de ella, rojos e hinchados por el calor.

Es un pendejo si no me besa ya, pensó Luz, cruzando las piernas para sofocar el pulso entre sus muslos. La canción terminaba y volvía a empezar en loop, el gramófono como un corazón latiendo. Él se inclinó, su aliento cálido en su oreja.

—Luz, desde que llegué, no puedo sacarte de la cabeza. Eres como esta canción: sagrada y pinche pecadora a la vez.

Ella giró el rostro, sus narices casi tocándose. El olor a su piel, salado y masculino, la mareaba. —¿Y qué vas a hacer al respecto, cabrón? —lo retó, su voz ronca.

La besó entonces, lento al principio, como probando un fruto maduro. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y humo de cigarro. Luz gimió bajito, abriendo la boca para que su lengua entrara, danzando con la de ella en un duelo húmedo y caliente. Sus manos subieron por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

Se separaron jadeando. La canción seguía: "En la cruz de mi pasión, sangro por tu amor...". Alejandro la levantó en brazos, sus dedos hundiéndose en las nalgas redondas de ella a través del vestido. La llevó al dormitorio, donde la luna entraba por las cortinas de encaje, pintando todo de plata.

En la cama de roble tallado, él la recostó con gentileza. —Quiero verte, Luz. Toda —dijo, desabotonando el vestido con dedos temblorosos. Ella arqueó la espalda, dejando que la tela cayera, revelando sus senos llenos, pezones oscuros endurecidos por el deseo. El aire fresco los besó, enviando chispas a su sexo húmedo.

¡No mames, qué rico se siente ser deseada así!
pensó ella, mientras él se quitaba la ropa. Su pecho velludo, el abdomen marcado, y más abajo, su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando. Luz la tocó, suave al principio, sintiendo el calor y la dureza, como terciopelo sobre hierro.

La tensión crecía con cada nota de la canción que se filtraba desde la sala. Besos en el cuello, lamidas en los pechos —él succionó un pezón, tirando con los dientes, haciendo que ella gritara de placer. Sus manos exploraban: ella arañaba su espalda, él metía dedos entre sus piernas, encontrándola empapada, resbaladiza. —Estás chingada de mojada, mi reina —murmuró él, oliendo su aroma almizclado, a mujer en celo.

La escalada fue implacable. Luz lo empujó sobre la cama, montándose a horcajadas. La canción alcanzaba su clímax: "¡Piedad, pasión, redención en tu fuego!". Ella frotó su clítoris contra la punta de su verga, lubricándola con sus jugos, gimiendo como una loba. El roce era eléctrico, piel contra piel, sudor mezclándose.

—Métemela ya, Alejandro, no seas mamón —suplicó ella, guiándolo dentro. Entró de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. ¡Qué estirón tan delicioso! Sus paredes lo apretaron, como un guante caliente. Él gruñó, agarrando sus caderas, marcando la carne con sus pulgares.

Cabalgó con furia, senos rebotando, cabello negro azotando su rostro. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, se unía al lamento de la canción. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras embestía desde abajo, profundo, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Es como si Cristo mismo me follara el alma, pensó ella en un delirio febril.

Cambiaron posiciones: él encima, misionero feroz. Sus cuerpos resbalaban, el olor a sexo impregnaba la habitación —sudor, fluidos, jazmín. Luz clavó uñas en su culo, urgiéndolo más rápido. —¡Más duro, pendejo, dame todo!

La intensidad psicológica explotaba: recuerdos de soledad se disolvían en este éxtasis compartido. Él confesó entre jadeos: —Te quiero desde siempre, Luz. Eres mi pasion...

El orgasmo la golpeó primero, un tsunami desde el clítoris hasta la nuca. Gritó, contrayéndose alrededor de él, leche caliente brotando. Alejandro la siguió segundos después, eyaculando dentro con un rugido gutural, chorros calientes inundándola. Colapsaron, pegajosos, temblando.

La canción se apagó al fin, dejando solo sus respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, yacían enredados, pieles enfriándose. Alejandro trazaba círculos en su vientre, besando su hombro. Luz sentía el semen escurrir entre sus piernas, un recordatorio íntimo.

Esta noche, la cancion de la pasion de cristo nos bautizó en placer
, reflexionó ella, con una sonrisa serena.

—¿Volverá a sonar esa rola? —preguntó él, juguetón.

—Cada Viernes Santo, carnal. Y tú conmigo —respondió ella, sellando el pacto con un beso lento.

La hacienda dormía, pero en su habitación, la pasión renacía eterna, como una oración carnal bajo la luna mexicana.

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