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El Color de la Pasion Capitulo 119 Fuego en la Piel

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El Color de la Pasion Capitulo 119 Fuego en la Piel

Ana sentía el calor del atardecer en Puerto Vallarta pegándose a su piel como una promesa ardiente. La arena tibia se colaba entre sus dedos de los pies mientras caminaba hacia la villa rentada, esa joya escondida entre palmeras y el rumor constante del mar. Hacía semanas que no veía a Diego, su carnal, el wey que la volvía loca con solo una mirada. ¿Y si esta vez es diferente? pensó, mientras el viento jugaba con su vestido ligero de algodón mexicano, ese que se adhería a sus curvas como una caricia prohibida.

Diego la esperaba en la terraza, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho bronceado. Sostenía dos copas de tequila reposado, el aroma dulce y ahumado flotando en el aire salobre. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el escote donde sus pechos subían y bajaban con cada respiración ansiosa.

¡Neta, Ana, estás más rica que nunca! ¿Cómo le haces para ponerme así de loco?

Ven acá, pendejo —le dijo ella con una sonrisa pícara, usando ese apodo juguetón que siempre los encendía—. No seas tan obvio, mi rey.

Se acercó, rozando su cadera contra la de él. El contacto fue eléctrico, como un chispazo en la piel húmeda por el sudor del trópico. Diego la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo firme. Olía a sal, a colonia barata pero sexy, y a ese algo masculino que le aceleraba el pulso. Sus labios se encontraron en un beso lento, saboreando el tequila en su lengua, dulce y picante como un tamal de mole.

La tensión había empezado meses atrás, cuando un malentendido con una ex de Diego los había separado. Pero ahora, en esta villa con vistas al Pacífico, el deseo renacía más fuerte. Cenaron mariscos frescos en la mesa de madera, langostinos jugosos que chorreaban mantequilla, y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos marcaba el ritmo de sus miradas cargadas de promesas.

Quiero comerte entera —murmuró él, deslizando su pie descalzo por la pantorrilla de ella bajo la mesa.

Ana rio bajito, sintiendo el calor subirle por las piernas. Qué chingón es este wey, pensó, mientras su mano encontraba el muslo de él, duro y musculoso bajo los shorts. El aire se cargaba de electricidad, el olor a mar y a jazmín del jardín mezclándose con el primer rastro de su excitación mutua.

La noche cayó como un velo morado, tiñendo todo de sombras sensuales. Entraron a la recámara principal, una suite con cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio y mosquitero blanco ondeando como niebla. Diego la empujó suavemente contra la pared, sus manos grandes explorando su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con firmeza. Ana jadeó, el roce de sus dedos enviando ondas de placer directo a su centro.

Dios mío, su piel quema como fuego. ¿Cómo aguanto tanto sin él?

—Quítate eso, nena —gruñó Diego, su voz ronca como grava mojada—. Quiero verte toda.

El vestido cayó al piso con un susurro suave, revelando su lencería roja de encaje, comprada esa misma tarde en una tiendita de la Zona Romántica. Él se arrodilló, besando su ombligo, bajando por el monte de Venus cubierto apenas por la tela fina. Ana enredó los dedos en su pelo negro, tirando suave mientras él lamía la piel sensible de su abdomen. El olor de su arousal flotaba ya, almizclado y dulce, mezclándose con el salitre que traían de la playa.

La llevaron a la cama, cuerpos entrelazados en un baile lento. Diego se deshizo de su ropa, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor vivo, la suavidad de la piel sobre la dureza de acero. La masturbó despacio, deleitándose en sus gemidos graves, mientras él chupaba sus pezones, endurecidos como cerezas maduras. El sabor salado de su sudor en la lengua de ella, el roce áspero de su barba en los senos, todo era un torbellino sensorial.

Te necesito adentro, carnal —suplicó Ana, abriendo las piernas, exponiendo su panocha húmeda y rosada, brillando bajo la luz tenue de las velas.

Diego no se hizo rogar. Se posicionó entre sus muslos, frotando la cabeza de su verga contra los labios hinchados, lubricándolos con sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de su garganta mientras lo sentía llenarla por completo. El sonido húmedo de sus uniones, slap slap contra la piel, se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de los grillos.

Empezaron un ritmo pausado, él embistiéndola profundo, ella clavando las uñas en su espalda ancha. Sudor goteando, corazones latiendo al unísono, pensó ella, perdida en el placer. Diego aceleró, sus caderas chocando con fuerza, el olor a sexo impregnando la habitación como incienso prohibido. Ana sentía cada vena de él pulsando dentro, rozando ese punto que la volvía loca, enviando chispas por su espina dorsal.

¡Qué rico! Este es el color de la pasión, capítulo 119 de nuestra historia, puro fuego en la piel.

Cambiaron posiciones, Ana encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, él las amasaba, pellizcando los pezones hasta que ella gritó de placer. El cabello de ella cayendo como cascada negra sobre su rostro, el sabor de sus besos salados y desesperados. Diego la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos. Ana temblaba, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

¡Ya voy, mi amor! ¡Córrete conmigo! —jadeó ella, el cuerpo convulsionando.

Él gruñó como animal, embistiendo salvaje mientras su verga se hinchaba, eyaculando chorros calientes dentro de ella. Ana explotó en éxtasis, su panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, jugos mezclándose en un río pegajoso que corría por sus muslos. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: el pulso acelerado en sus oídos, el calor líquido llenándola, el aroma espeso de semen y sudor.

Colapsaron juntos, exhaustos y satisfechos, piel contra piel pegajosa. Diego la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura presionando su culo, mientras besaba su nuca. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando el sudor de sus cuerpos. Ana sonrió en la oscuridad, trazando círculos en su brazo tatuado.

Esto es lo que necesitaba, wey —murmuró—. Puro color de la pasión.

Él rio bajito, apretándola más. —Y esto es solo el principio del capítulo, nena. Mañana repetimos.

En ese afterglow, con el corazón latiendo calmado y el cuerpo laxo de placer, Ana supo que su conexión era más que carne. Era fuego eterno, el verdadero color de la pasión, capítulo 119 grabado en sus almas. La noche los envolvió, prometiendo más capítulos igual de intensos.

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