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La Pasión Desnuda de Mi Tierra

7330 palabras

La Pasión Desnuda de Mi Tierra

El sol del mediodía caía como un beso ardiente sobre las lomas de mi tierra natal, en las afueras de Guadalajara. Yo, Ana, había regresado después de años en la ciudad, huyendo del ruido y las luces frías que me asfixiaban. Mi familia me había dejado la vieja hacienda, un pedazo de paraíso con viñedos que olían a tierra húmeda y jazmín silvestre. Al bajar del camión, el aire cálido me envolvió, cargado de ese aroma terroso que me hacía sentir viva, como si la pasión de mi tierra me estuviera llamando de vuelta al seno de lo que soy.

Caminé por el sendero empedrado, mis sandalias levantando polvo rojo que se pegaba a mis piernas bronceadas. El sudor ya perlaba mi escote bajo la blusa ligera de algodón. De pronto, lo vi: Javier, el capataz que mi abuelo había contratado hace décadas. Alto, moreno, con esa mirada de ojos negros que prometía tormentas. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y un sombrero que le daba ese aire de vaquero chulo, de esos que te hacen mojar las bragas con solo una sonrisa.

¿Qué chingados hace este wey aquí todavía? pensé, mientras mi corazón latía más fuerte que el trote de un caballo en la loma. Él se acercó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y su olor a hombre trabajado, a cuero y tierra, me golpeó como una ola.

¡Órale, Ana! ¿Ya volviste, reina? Te ves más sabrosa que un elote en la feria —dijo con esa voz grave, juguetona, típica de Jalisco.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. —No mames, Javier. Sigues siendo el mismo pendejo galán. Pero neta, gracias por cuidar el rancho. Esta tierra es todo lo que me queda.

Nos dimos un abrazo rápido, pero su pecho duro contra mis tetas me dejó temblando. Esa noche, mientras cenábamos tacos de carnitas en la cocina de adobe, con el fuego crepitando en la chimenea y el vino de la casa calentándome la sangre, la tensión empezó a crecer. Hablamos de los viejos tiempos, de cómo la pasión de mi tierra nos había marcado a los dos: a él, con sus manos callosas de arar la tierra; a mí, con recuerdos de correr descalza por los campos, sintiendo la vida pulsar bajo mis pies.

Al día siguiente, salimos a inspeccionar los viñedos. El sol nos abrasaba, y el aire estaba cargado del dulzor de las uvas maduras. Javier me guiaba, su mano rozando la mía accidentalmente al pasar una rama. Cada roce era como una chispa en mi piel, y yo notaba cómo su mirada se detenía en mis caderas cuando me agachaba a tocar la tierra húmeda.

Esta tierra me despierta algo salvaje, algo que la ciudad nunca tocó. Y Javier... ay, wey, si supiera cómo me lo imagino encima de mí, sudando, poseyéndome como el dueño que es de estos campos.

—Mira, Ana, esta parcela es la más fértil. La pasión de mi tierra se siente aquí, ¿verdad? —dijo él, arrodillándose a mi lado. Su aliento cálido en mi cuello mientras olíamos la tierra removida.

Asentí, mi voz ronca. —Sí, se siente... profundo.

La tarde avanzaba, y el calor nos obligó a refugiarnos en una cabaña abandonada al borde del viñedo. Adentro, el aire era espeso, con olor a madera vieja y musgo. Nos sentamos en un catre polvoriento, bebiendo agua de un jarro. Nuestras rodillas se tocaron, y esta vez no nos apartamos. Javier me miró fijo, sus ojos oscuros como pozos de deseo.

—Ana, desde que te vi llegar, no puedo sacarte de la cabeza. Eres la dueña de esta tierra, pero yo... yo quiero ser el que te haga temblar como tiembla el suelo en tormenta.

Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos. ¿Y por qué no? Esta es mi tierra, mi pasión. Lo quiero, lo necesito. Me incliné, mis labios rozando los suyos. Fue un beso tentative al principio, saboreando el salado de su sudor mezclado con el dulzor del vino. Pero pronto se volvió feroz, hambriento. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabotonando mi blusa con urgencia.

Caímos sobre el catre, el crujido de la madera bajo nuestro peso como un rugido lejano. Desnudé su torso, mis uñas arañando suavemente su piel morena, oliendo ese aroma macho que me volvía loca: tierra, sudor y algo puramente animal. Él besó mi cuello, bajando a mis pechos, lamiendo mis pezones endurecidos hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de la cabaña.

¡Qué chingón eres, Javier! No pares, cabrón —jadeé, mientras mis manos bajaban a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela.

Se quitó todo, y yo lo devoré con la mirada: ese cuerpo esculpido por años de trabajo rudo, su miembro grueso palpitando, listo para mí. Me quitó el resto de la ropa, sus dedos explorando mi coño ya empapado, resbaladizo de jugos. El tacto de sus callos en mi clítoris era eléctrico, un roce áspero que me hacía arquear la espalda.

Nos giramos, yo encima, montándolo como una amazona en su tierra. Su polla entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El olor de nuestros sexos mezclados, almizcle y deseo puro, llenaba el aire. Cabalgué fuerte, mis tetas botando al ritmo de mis caderas, sus manos apretando mi culo, guiándome.

¡Sí, Ana, fóllame como la reina que eres! Esta tierra es tuya, y yo también —gruñó él, sus caderas embistiéndome desde abajo, el sonido húmedo de piel contra piel como lluvia en los campos.

El clímax se acercaba, una ola creciendo en mi vientre. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbalosos chocando, el calor de la cabaña amplificando cada sensación: el roce de su vello en mi piel sensible, el sabor salado cuando lo besé de nuevo, el gemido gutural que escapó de su garganta. Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes, su rugido vibrando contra mi pecho.

Nos quedamos así, enredados, jadeando. El sol se ponía afuera, tiñendo la cabaña de oro anaranjado. Javier me acarició el cabello, besando mi frente.

Eres la pasión de mi tierra, Ana. Quédate conmigo aquí.

Me acurruqué en su brazos, sintiendo la paz de la tierra bajo nosotros. El aroma de nuestros cuerpos satisfechos se mezclaba con el de la madera y el viñedo lejano. Por primera vez en años, me sentía completa, arraigada. Esta no era solo mi herencia; era mi despertar.

Los días siguientes fueron un torbellino de pasión. Trabajábamos juntos al amanecer, sus manos en mi cintura mientras cargábamos herramientas, promesas susurradas en el calor del día. Cada noche, en la hacienda, explorábamos más: su lengua en mi culo, mis labios alrededor de su verga hasta que suplicaba. Era mutuo, empoderador, como si la tierra misma nos bendijera.

Una mañana, caminando por los viñedos, le confesé:

—Javier, esta pasión de mi tierra me salvó. Tú me salvaste.

Él sonrió, atrayéndome para un beso lento. —Y yo soy tuyo, mi reina. Para siempre.

En ese momento, supe que no me iría nunca más. La ciudad era un sueño olvidado; aquí, en los brazos de mi hombre y mi tierra, había encontrado el paraíso.

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