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Deseos y Pasiones Desenfrenadas

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Deseos y Pasiones Desenfrenadas

En el corazón de la Roma, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes, Ana se dejó llevar por la noche. El rooftop del bar estaba a reventar de gente guapa, risas y ese olor a tequila reposado mezclado con jazmín de los jardines colgantes. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas como un guante, y sus tacones resonaban contra el piso de madera mientras pedía un paloma. Neta, necesito soltarme esta noche, pensó, recordando el pinche estrés del trabajo en la agencia de publicidad.

Entonces lo vio. Javier, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver un pecho moreno y tatuado, sonrisa de pendejo confiado que te hace derretir. Se acercó con un trago en la mano, ojos cafés clavados en los suyos como si ya supiera todos sus secretos. ¿Me das chance de invitarte esa bebida, o ya te la ganaste sola? dijo con esa voz grave, ronca por el humo de los cigarros electrónicos que flotaba en el aire.

Ana rio, el sonido burbujeando en su garganta como el fizz del refresco. Ya la gané, pero acepto la compañía, wey. Se sentaron en una esquina, piernas rozándose accidentalmente al principio, pero pronto ya no era accidente. Hablaban de todo: de la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor en la esquina y de cómo la vida te avienta deseos y pasiones que no puedes ignorar. Sus manos se tocaban al gesticular, piel cálida contra piel, y Ana sentía un cosquilleo subiendo por su espinazo, el pulso acelerado latiéndole en las sienes.

La música cumbia rebajada retumbaba, cuerpos moviéndose en oleadas. Javier la invitó a bailar, su mano en la baja de su espalda guiándola. Órale, este cuate sabe cómo mover las caderas, pensó ella mientras sus cuerpos se pegaban, el sudor empezando a perlar sus nucas. Olía a su colonia amaderada, mezclada con el salado de la piel, y cada roce de su aliento en su oreja la hacía apretar los muslos. La tensión crecía como una tormenta de verano, electricidad estática en el aire húmedo.

¿Y si me lo llevo? ¿Y si dejo que estos deseos y pasiones me dominen por una noche?
Ana se mordió el labio, saboreando el gloss de cereza, mientras Javier susurraba: Ven, vamos a mi depa, está aquí cerquita. No muerdo... mucho. Ella asintió, el corazón martilleando como tambores de banda sinaloense.

El elevador del edificio viejo subía lento, encerrándolos en un espacio chiquito cargado de promesas. Javier la acorraló suave contra la pared, labios rozando su cuello, inhalando su perfume de vainilla. Eres fuego, Ana, murmuró, y ella respondió enredando dedos en su cabello oscuro, tirando un poquito para oírlo gemir bajito. El ding del elevador los separó, pero la promesa ardía.

El depa era un loft con ventanales al skyline, luces tenues y una cama king size que gritaba pecado. Se sirvieron mezcal en vasos de cristal, el líquido ahumado quemando gargantas mientras se besaban por fin. Labios suaves al principio, explorando, lenguas danzando con sabor a agave y deseo. Javier la levantó en brazos, fuerte como toro, y la depositó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso.

Ana jadeaba, el vestido subiéndose por sus muslos mientras él besaba su clavícula, bajando lento por el escote. Su boca es puro vicio, pensó, arqueando la espalda al sentir sus dientes rozando un pezón a través de la tela. Manos expertas desabrocharon el vestido, exponiendo su piel olivácea al aire fresco. Él se quitó la camisa, músculos flexionándose, y ella trazó los tatuajes con uñas pintadas de rojo, oliendo su piel salada, saboreándola con lamidas largas.

La tensión subía como el calor en un temazcal. Javier descendió, besos mojados por su vientre, deteniéndose en el encaje negro de sus panties. Dime si quieres que pare, dijo, voz ronca de pasión. Ni madres, sigue, cabrón, respondió ella, riendo entre gemidos. Sus dedos se colaron, encontrándola húmeda, resbaladiza, y Ana gritó suave cuando su lengua la tocó, círculos lentos que la hacían retorcerse. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con sus ay wey y más duro. Olía a sexo incipiente, almizcle dulce, y ella se arqueaba, uñas en su cabeza, persiguiendo el borde.

Pero no la dejó caer aún. Se levantó, quitándose el pantalón, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, goteando anticipación. Ana la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos. Te quiero adentro, ya, suplicó, y él se posicionó, frotando la cabeza contra su entrada, lubricándola. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, sus paredes apretándolo como guante. Ambos gimieron, el slap de piel contra piel empezando rítmico.

Deseos y pasiones en llamas, se movían juntos, ella cabalgándolo ahora encima, pechos rebotando, sudor chorreando entre ellos. Javier la agarraba las nalgas, guiándola, ¡Qué chingona eres, Ana! ¡Me vas a matar!. Ella reía jadeante, acelerando, el roce en su clítoris mandándola al borde. Él la volteó a cuatro patas, embistiéndola profundo, bolas golpeando su culo, el sonido obsceno amplificado por la habitación. Sus dedos en su clítoris, círculos rápidos, y Ana explotó primero, grito ahogado, paredes convulsionando alrededor de él, jugos chorreando por sus muslos.

Javier la siguió, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes, colapsando sobre su espalda. Permanecieron así, pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose, el olor a sexo y sudor envolviéndolos como niebla. Él se salió suave, semen goteando, y la abrazó de lado, besos perezosos en su hombro.

La luna se colaba por las cortinas, pintando sus cuerpos entrelazados en plata. Ana trazaba patrones en su pecho, sintiendo el latido calmándose.

Esto fue más que un revolcón. Sus deseos y pasiones despertaron algo en mí que no sabía que tenía.
Javier la miró, ojos suaves ahora. ¿Te quedas? No quiero que termine la noche. Ella sonrió, acurrucándose. Claro que me quedo, pendejo. Esto apenas empieza.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa y naranjas, se despertaron enredados en sábanas revueltas. Café negro humeaba en la mesa, y mientras comían chilaquiles que él preparó –salsa verde picosa, crema fresca–, hablaron de planes. No era solo pasión carnal; había chispas de algo real, promesas susurradas entre mordidas. Ana se fue con las piernas flojas, pero el alma llena, sabiendo que esos deseos y pasiones los volverían a unir pronto.

En la calle, el bullicio de la ciudad la recibió: cláxones, vendedores de elotes, el aroma a pan dulce. Caminaba con una sonrisa secreta, el cuerpo aún recordando cada toque, cada embestida. Neta, la vida sabe a gloria cuando dejas que las pasiones manden.

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