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El Despertar de Ela Pasión

6662 palabras

El Despertar de Ela Pasión

La brisa salada de la Riviera Maya acariciaba la piel de Ela, mientras el sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego perezosa. Estaba en la terraza de esa villa rentada en Playa del Carmen, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas por la humedad del aire. Tenía veintiocho años, exitosa en su agencia de diseño en la Ciudad de México, pero esa noche sentía un vacío que ni los mai tais ni las risas de sus amigas podían llenar. Neta, ¿cuándo fue la última vez que sentí algo de verdad? pensó, mientras sorbía su trago, el hielo chocando contra el vidrio con un tink tintineante.

Entonces lo vio. Javier, con su camisa guayabera desabotonada hasta el pecho, bronceado como si hubiera nacido en esas playas. Era alto, con ojos cafés que brillaban bajo las luces de las antorchas tiki. Se acercó al grupo con una cerveza en la mano, saludando con ese "¡Qué onda, carnales!" tan jarocho que hacía que todo sonara juguetón. Ela lo notó mirándola, no con descaro, sino con una curiosidad que le erizó la nuca. El olor a mariscos asados y coco flotaba en el aire, mezclado con el humo de las fogatas cercanas.

—¿Y tú qué, güeyita? ¿De dónde sales con esa mirada que quema? —le dijo él, parándose a su lado, lo suficientemente cerca para que Ela oliera su colonia fresca, con notas de lima y madera.

Ela sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Órale, este pendejo me trae loca con solo una frase. ¿Será el tequila o sus labios carnosos?
Respondió con un guiño: —Neta que de la CDMX, pero aquí me siento como pez en el agua. Tú pareces local, ¿no?

Hablaron toda la noche. De música, de lo chido que era cumbia rebajada en la playa, de cómo la vida en Polanco era un desmadre comparada con la tranquilidad yucateca. Cada roce accidental —su mano en su brazo al reírse, el calor de su pierna contra la de ella en el sofá de mimbre— hacía que el pulso de Ela se acelerara. El sonido de las olas rompiendo en la orilla era como un latido constante, sincronizándose con el suyo.

Acto dos. La fiesta se desvanecía, las amigas de Ela se iban con promesas de "¡Nos vemos mañana, no te quedes varada!". Javier la invitó a caminar por la playa. La arena tibia se colaba entre sus sandalias, y la luna pintaba el mar de plata. Caminaban despacio, sus hombros rozándose. Ela sentía el sudor perlando su escote, el vestido pegándose más con cada paso.

—Sabes, Ela, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en esa ela pasión que traes en los ojos —le confesó él, deteniéndose para mirarla de frente. Su voz era ronca, como grava bajo las botas.

Ela tragó saliva, el corazón martilleándole el pecho.

¿Ela pasión? Ay wey, si supiera que soy puro fuego contenido...
Se acercó, audaz, y rozó sus labios con los de él. Fue un beso tentative al principio, salado por el mar, dulce por el ron en su aliento. Javier la atrajo por la cintura, sus manos grandes y callosas explorando la curva de su espalda. Ela gimió bajito, el sonido ahogado por el rugir de las olas.

Se tumbaron en una sábana que él había traído, bajo las palmeras susurrantes. Javier besaba su cuello, lento, saboreando la sal de su piel. Ela arqueó la espalda, sintiendo sus dientes rozando el lóbulo de su oreja. Qué rico, carnal, no pares, pensó, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros. Él deslizó el vestido hacia arriba, exponiendo sus muslos a la brisa fresca. El olor a jazmín silvestre y su propia excitación llenaba el aire. Ela lo empujó suavemente, queriendo tomar control. —Déjame a mí, güey —murmuró, desabotonando su camisa con dedos temblorosos.

Sus cuerpos se entrelazaron, piel contra piel, caliente y resbalosa por el sudor. Javier lamió su ombligo, bajando despacio, torturándola con la lengua. Ela jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada mezclándose con el chapoteo del mar. Sus dedos encontraron su centro, húmedo y palpitante. —Estás chingona de mojada, Ela —gruñó él, y ella rio, empoderada, guiando su cabeza más abajo.

La tensión crecía como una tormenta. Ela montó sobre él, frotándose contra su dureza a través del pantalón. El roce era eléctrico, enviando chispas por su espina. Javier la volteó con gentileza, posicionándose entre sus piernas. —¿Estás segura, reina? —preguntó, ojos fijos en los de ella, respetuoso.

—Simón, métetela ya, no seas pendejo —respondió ella, riendo, pero con voz ronca de deseo.

Entró en ella despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ela gritó de placer, el estiramiento exquisito, el calor de él pulsando dentro. Se movían en ritmo, caderas chocando con palmadas húmedas, el olor almizclado de sus sexos impregnando la noche. Ela clavaba las uñas en su espalda, arañando, mientras él mordía su hombro.

Esto es la ela pasión pura, wey, no hay vuelta atrás.
El clímax se acercaba, oleadas de placer construyéndose en su vientre, sus pechos rebotando con cada embestida.

Acto tres. El orgasmo los golpeó como una ola gigante. Ela se convulsionó primero, contrayéndose alrededor de él, un grito gutural escapando de su garganta: ¡Ay, cabrón, me vengo! Javier la siguió, gruñendo su nombre, derramándose dentro con espasmos calientes. Colapsaron juntos, jadeantes, el sudor enfriándose en la brisa. El mar seguía su canción eterna, testigo mudo.

Se quedaron así un rato, cuerpos enredados, dedos trazando patrones perezosos en la piel del otro. Javier besó su frente. —Eres increíble, Ela. Esa pasión tuya... me dejó loco.

Ela sonrió, satisfecha, el cuerpo lánguido y pleno.

Esto era lo que necesitaba. No solo cogida, sino conexión, güey. La ela pasión despertó y no se apaga fácil.
Se incorporaron despacio, sacudiéndose la arena. Caminaron de regreso a la villa, tomados de la mano, riendo de tonterías. La luna los alumbraba, y Ela sentía un nuevo fuego en el pecho, no solo físico, sino algo más profundo, prometedor.

Al amanecer, mientras el sol teñía el cielo de rosas y naranjas, Ela se acurrucó contra él en la hamaca. El olor a café recién hecho subía desde la cocina, mezclado con el salitre. Sabía que esto era solo el principio, que su ela pasión había encontrado un eco en Javier. Y por primera vez en mucho tiempo, se sentía completa, empoderada, lista para lo que viniera.

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