Pasión Automotriz Seminuevos Desatada
Entré a la agencia Pasión Automotriz Seminuevos con el sol del mediodía pegándome en la cara como un beso ardiente. El aire olía a goma quemada y aceite fresco, mezclado con ese aroma metálico de los autos relucientes bajo las luces de neón. Yo, Ana, una morra de treinta tacos que siempre ha tenido un chingo de debilidad por los coches seminuevos, esos que tienen historia pero aún rugen como bestias salvajes. No venía solo por un vochito, neta, algo en mí ardía por más.
El lugar estaba chido, filas de sedanes y SUVs con esa pátina de uso que los hace sexys, como un galán con barba de tres días. Ahí lo vi: Marco, el vendedor, un wey alto, moreno, con playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos firmes. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya me estuviera desnudando con la mirada.
¿Y si este pendejo sabe manejar más que un volante?, pensé, mientras mi pulso se aceleraba.
—Órale, mija, ¿qué traes en mente? ¿Algo potente para que sientas la pasión automotriz en cada curva? —me dijo con voz grave, esa que vibra en el pecho.
Le sonreí, mordiéndome el labio. —Simón, carnal. Quiero un seminuevo que me haga volar, que me pegue al asiento con su fuerza.
Me llevó a un Mustang rojo del 2018, seminuevo impecable, piel negra en los asientos que olía a lujo usado. Sus dedos rozaron mi brazo al abrir la puerta, un toque eléctrico que me erizó la nuca. Qué chingón, olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese que invita a pecar.
Acto uno: la chispa. Nos subimos al auto para una prueba. El motor arrancó con un ronroneo gutural que me vibró entre las piernas. Marco pisó el acelerador y salimos a la avenida, el viento azotando mi cabello, mi falda subiendo un poco, revelando mis muslos bronceados. Él volteaba, sonriendo pícaro.
—Sientes eso, ¿verdad? La pasión automotriz seminuevos, pura adrenalina —dijo, su mano en la palanca de cambios, cerca de mi rodilla.
Asentí, mi respiración ya entrecortada. —Neta, me está poniendo caliente este ride.
Volvimos a la agencia, pero en lugar de bajar, Marco apagó el motor en un rincón apartado del lote trasero, donde los autos seminuevos esperaban como testigos mudos. El sol se colaba por las ventanillas, calentando el interior como un horno. Su mirada se oscureció, y yo sentí mi centro humedecerse, anticipando.
—Ana, desde que entraste, supe que no eras de las que solo miran. ¿Quieres sentir la verdadera pasión? —susurró, su aliento cálido en mi oreja.
Mi mano subió por su muslo, sintiendo el calor de su piel bajo la tela. —Pues órale, muéstrame qué traes, wey.
Acto dos: la escalada. Sus labios chocaron con los míos, un beso hambriento, sabor a menta y deseo crudo. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas firmes al aire acondicionado que aún zumbaba bajo. Gemí cuando sus dedos pellizcaron mis pezones, endureciéndolos como balas. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me volvía loca.
Me recargué en el asiento de piel, suave contra mi espalda desnuda, mientras él bajaba por mi cuello, lamiendo con lengua caliente. ¡Qué rico! Sus besos bajaron a mi vientre, desabrochando mi falda. Mis bragas ya estaban empapadas, y él las olió, gruñendo de placer.
Esto es mejor que cualquier carrera, pensé, mientras mis caderas se arqueaban pidiendo más.
—Estás perrísima, Ana —murmuró, deslizando un dedo dentro de mí, lento, explorando mi humedad resbalosa. Jadeé, el sonido del auto crujiendo bajo nosotros, el cuero pegándose a mi piel sudada. Introdujo otro dedo, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas, mientras su boca chupaba mi clítoris hinchado. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco; lo oía tragar, lamer con avidez.
Lo jalé del cabello, guiándolo arriba. —Cógeme ya, Marco. Quiero sentirte todo.
Se bajó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, goteando precum que lamí con deleite, salado y amargo. Él gimió, un sonido animal que retumbó en el habitáculo confinado.
Me monté a horcajadas, el volante presionando mi espalda, sus manos en mis nalgas amasando la carne. Bajé despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estiramiento ardía delicioso, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empecé a moverme, arriba y abajo, el auto meciéndose con nosotros, resortes chirriando como testigos lascivos.
Sus caderas subían a mi ritmo, chocando con un plaf húmedo, sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose. Olía a sexo puro, a piel caliente, a gasolina residual. Aceleramos, mis tetas botando, sus dedos en mi clítoris frotando círculos furiosos. Mi orgasmo creció como un motor sobre-revolucionado, tensión en cada músculo.
—¡Más fuerte, wey! ¡No pares! —grité, uñas clavadas en sus hombros.
Él gruñó, embistiéndome con fuerza primal, el auto temblando. Exploté primero, un tsunami de placer que me contrajo en espasmos, jugos chorreando por su verga. Él siguió, tenso, hasta que se derramó dentro de mí con un rugido, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando bajo el mío.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos jadeantes, piel pegajosa, el aire espeso con olor a semen y sudor. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello húmedo. El sol poniente teñía el interior de naranja, como un fuego apagado.
Esto fue más que un test drive, fue mi nueva pasión automotriz seminuevos, pensé, sonriendo satisfecha.
—Neta, Ana, eres un sueño. ¿Te llevo este Mustang a casa... o repetimos en otro seminuevo? —dijo él, besando mi hombro.
Reí bajito, mi cuerpo aún zumbando. —Simón, carnal. Pero la próxima, probamos la camioneta grande.
Nos vestimos despacio, robándonos besos, promesas en los ojos. Salimos del lote tomados de la mano, el mundo afuera vibrante, pero nada comparado al fuego que acabábamos de encender. Esa agencia de Pasión Automotriz Seminuevos ya no era solo un negocio; era el inicio de algo salvaje, consensual, nuestro.