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24 Horas de la Pasion

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24 Horas de la Pasion

El calor de la noche en Puerto Vallarta me envolvía como un amante impaciente. La brisa del mar traía ese olor salado mezclado con el aroma dulce de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes del bar al aire libre. Yo, Ana, acababa de cumplir treinta años y neta, me sentía lista para soltarme el pelo. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba mis curvas, y mis sandalias de tacón resonaban contra el piso de madera mientras caminaba hacia la barra. Pedí un margarita con sal, el vaso helado sudando en mi mano, y ahí lo vi.

Se llamaba Marco, un moreno alto con ojos cafés profundos que brillaban bajo las luces de neón. Llevaba una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho torneado, y su sonrisa pícara me erizó la piel. Órale, mamacita, ¿vienes a conquistar la noche? me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Nos pusimos a platicar, riendo de tonterías, y pronto sus manos rozaron las mías al pasar el tequila. El roce fue eléctrico, como un chispazo que me subió por el brazo hasta el ombligo. Sentí mi corazón latiendo fuerte, el pulso acelerado en las sienes, y un calor húmedo entre las piernas que me hizo cruzarlas con disimulo.

¿Qué chingados me pasa? Este wey me tiene ya mojadita sin siquiera tocarme bien.
pensé mientras lo veía lamer la sal de su mano, imaginando esa lengua en mi piel. La música de cumbia rebeldía sonaba fuerte, los cuerpos bailando a nuestro alrededor, sudados y pegajosos. Bailamos pegados, su cadera contra la mía, sus manos en mi cintura guiándome con fuerza suave. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que me vuelve loca. ¿Sabes qué? Quiero pasar 24 horas de la pasión contigo, sin parar, me susurró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. No lo dudé. Tomamos un taxi hasta su suite en un hotel frente a la playa, el mar rugiendo de fondo como un presagio.

Al entrar, la puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable. La habitación era amplia, con una cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes, y ventanales que dejaban ver las olas rompiendo bajo la luna. Marco me empujó suavemente contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a tequila y a deseo puro, su lengua explorando mi boca con urgencia, chupando, mordiendo mi labio inferior hasta que gemí bajito. ¡Ay, cabrón, qué rico besas! Mis manos se colaron bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen, la piel caliente y suave como terciopelo.

Me quitó el vestido de un jalón, dejándome en tanga negra y bra de encaje. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al verme. Eres una diosa, Ana, la neta la más chula que he visto, murmuró mientras sus dedos trazaban mi clavícula, bajando hasta mis pechos. Los amasó con delicadeza al principio, luego con más fuerza, pellizcando los pezones hasta que se endurecieron como piedras. El placer me recorrió como una corriente, haciendo que mis rodillas flaquearan. Lo empujé hacia la cama, quitándole la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra su vientre. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso latiendo en mi palma. Te voy a mamar hasta que ruegues, le dije juguetona, y me arrodillé.

Mi lengua rodeó la cabeza, saboreando el precum salado, mientras lo chupaba profundo, mis labios estirándose alrededor de su grosor. Él gruñó, sus manos enredándose en mi pelo, guiándome sin forzar. El sonido de su respiración agitada, los gemidos roncos, me excitaban más. Olía a hombre puro, a sexo inminente. Me levantó de pronto, tirándome a la cama. Ahora te toca a ti, ricura. Se hundió entre mis piernas, su boca devorando mi coño como si fuera el manjar más exquisito. Lamía mi clítoris con maestría, chupando, metiendo la lengua adentro mientras sus dedos me abrían, frotando ese punto que me hace ver estrellas. El placer era intenso, oleadas de calor subiendo por mi espina, mis caderas moviéndose solas contra su cara.

¡No pares, pendejo, me vengo!
grité, y exploté en su boca, temblando, el jugo chorreando por sus labios.

Pero eso era solo el principio. Durante la noche, escalamos la intensidad. En la ducha, el agua caliente cayendo sobre nosotros como lluvia tropical, él me penetró por primera vez desde atrás. Sentí su verga abriéndome, llenándome por completo, el roce delicioso contra mis paredes internas. ¡Más duro, Marco, fóllame como hombre! le pedí, y él obedeció, embistiéndome con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris. El vapor olía a jabón de coco y a nuestro sudor mezclado, el sonido de piel contra piel ahogando el de la regadera. Me vine otra vez, apretándolo con mi coño, ordeñándolo.

Salimos a la terraza al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa y naranja. Nos amamos en una tumbona, yo encima, cabalgándolo lento al principio. Sus manos en mis nalgas, guiándome, mis tetas rebotando con cada movimiento. Lo miraba a los ojos, viendo el fuego allí, sintiendo su verga palpitar dentro de mí. Estas 24 horas de la pasión son lo mejor que me ha pasado, Ana, jadeó. Aceleré, frotando mi clítoris contra su pubis, el placer acumulándose como una tormenta. Él se incorporó, chupando mis pezones mientras yo lo montaba salvaje, nuestros cuerpos resbalosos de sudor y arena fina que se pegaba a la piel.

El mediodía nos encontró en la cama de nuevo, exhaustos pero insaciables. Jugamos con hielo de la hielera: él lo pasó por mi cuello, bajando por mi vientre hasta mi coño, el frío contrastando con mi calor ardiente. Gemí alto cuando lo metió adentro, derritiéndose en mis jugos. Luego yo lo hice con él, lamiendo el agua fría de su pecho, bajando hasta su verga para chuparla helada. ¡Qué delicia, wey! El contraste me volvía loca. Me puso en cuatro, penetrándome profundo, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo con permiso. ¿Te gusta así, puta rica? preguntó juguetón, y yo respondí Sí, cabrón, no pares. El orgasmo nos golpeó juntos, él llenándome de su leche caliente, yo convulsionando alrededor de él.

La tarde trajo una pausa tierna. Pedimos room service: tacos de mariscos frescos, con limón y salsa picante que quemaba la lengua deliciosamente. Comimos desnudos en la cama, riendo, contándonos secretos.

Jamás pensé que un encuentro casual sería tan profundo, tan conectivo
, pensé mientras lo veía masticar, una gota de salsa en su barbilla que lamí. El sol se ponía, tiñendo la habitación de dorado, y volvimos a enredarnos. Esta vez lento, sensual, misionero con besos profundos. Sus embestidas eran pausadas, profundas, rozando mi G-spot cada vez. Sentía cada vena, cada pulso, el olor de nuestro sexo impregnando el aire, el sabor de su piel salada en mi boca.

La noche cayó de nuevo, y en la playa desierta, bajo las estrellas, nos entregamos una última vez. La arena tibia bajo mi espalda, las olas lamiendo nuestros pies, él encima, moviéndose con ritmo hipnótico. El viento traía el aroma del mar y de nuestras feromonas. Te amo en estas 24 horas de la pasión, susurró, y aunque era efímero, lo creí. El clímax fue eterno, olas de placer rompiendo sobre nosotros, mi coño apretándolo mientras él se vaciaba dentro, nuestros gritos ahogados por el mar.

Al amanecer del día siguiente, nos despedimos en la puerta del hotel. El sol naciente calentaba mi piel aún sensible, marcada por sus besos y uñas. Gracias por las 24 horas de la pasión más intensas de mi vida, le dije, besándolo una última vez. Caminé hacia la calle, las piernas temblando, el cuerpo saciado pero el corazón latiendo con un eco de deseo. Sabía que esto no se borraría nunca, un recuerdo ardiente grabado en mi alma.

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