Jean Carlo Canela Pasion Prohibida
Yo era la maquillista principal en el set de Pasion Prohibida, esa telenovela que tenía a todo México clavado en la tele. Cada mañana, cuando Jean Carlo Canela llegaba al foro en Televisa San Ángel, mi corazón se aceleraba como si me hubieran inyectado adrenalina pura. Ese hombre, con su piel morena reluciente bajo las luces, sus ojos cafés profundos que parecían devorarte el alma, y esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Neta, era un chulo de pies a cabeza, con ese cuerpo esculpido por horas en el gym y un olor a colonia cara que me envolvía como una niebla sensual.
Me llamaba Valeria, veintiocho años, soltera y con ganas de comerme el mundo, pero trabajando en producción uno aprende rápido a no mezclar chiste con negocio. Las reglas eran claras: nada de romances en el set, sobre todo con las estrellas. Jean Carlo era el galán principal, el que hacía suspirar a las jefas y babear a las fans. Yo solo era la que le ponía base en la cara, le delineaba esos labios carnosos y le peinaba el cabello negro azabache que caía rebelde sobre su frente. Pero cada roce de mis dedos en su piel era eléctrico, como si estuviéramos jugando con fuego.
—Valeria, hoy me dejas más guapo que nunca, ¿eh? —me decía siempre, con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Sus ojos se clavaban en los míos mientras yo le aplicaba el polvo, y yo sentía el calor de su aliento en mi cuello. ¿Cómo no imaginarlo? Noches enteras soñando con esos brazos fuertes rodeándome, su boca explorando mi cuerpo. Pero era prohibido, prohibidísimo. Si el productor se enteraba, adiós trabajo.
Es solo un sueño, Valeria. No seas pendeja. Él es Jean Carlo Canela, y tú solo su maquillista.
El rodaje avanzaba, y la tensión entre nosotros crecía como tormenta en el desierto. Una tarde, después de una escena intensa donde besaba a la protagonista, se quedó en el camerino mientras todos se iban a comer. Yo entré a quitarle el maquillaje, como siempre.
—Qué día, ¿verdad? Esa beso fue de mentiras, pero me dejó con ganas de algo real —murmuró, mirándome fijamente por el espejo. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y el sudor del día le daba un brillo salado a su piel. Olía a hombre, a esfuerzo y a deseo reprimido. Mis manos temblaron al pasar la toallita por su mandíbula.
—Sí, se nota que te exigiste —respondí, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca. Nuestros ojos se encontraron, y ahí fue. Ese momento en que el aire se espesa, el corazón late a mil y sabes que no hay vuelta atrás.
Él se giró en la silla, tomó mi mano y la llevó a su mejilla. —Valeria, desde el primer día que me tocaste, siento esto. Como si tuvieras fuego en las yemas. Su pulgar acarició mi palma, enviando chispas por mi espina dorsal. El camerino olía a su colonia mezclada con mi perfume de vainilla, y el zumbido del aire acondicionado era el único testigo.
Me acerqué, hipnotizada. —Es prohibido, Jean Carlo. Si nos cachan...
—Que nos cachen. Vale la pena —dijo, y me jaló hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, suave al principio, como probar un tequila añejo: cálido, ardiente, con un toque dulce que te quema la garganta. Su lengua danzó con la mía, saboreando mi gloss de cereza, mientras sus manos subían por mi espalda, apretándome contra su pecho duro.
Salimos del foro a hurtadillas esa noche, en su camioneta negra rumbo a su depa en Polanco. El tráfico de la Ciudad de México rugía afuera, cláxones y vendedores ambulantes, pero adentro éramos un mundo aparte. Sus dedos jugaban con mi muslo bajo la falda, subiendo despacio, rozando la piel sensible. —Eres tan suave, Valeria. Me vuelves loco —susurraba, y yo gemía bajito, oliendo el cuero de los asientos mezclado con su aroma masculino.
Esto es mi pasion prohibida, Jean Carlo Canela en carne y hueso. No puedo parar.
Llegamos a su penthouse, luces tenues y vista al skyline brillando como diamantes. Me quitó la blusa con urgencia, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Sus labios bajaron a mis pechos, chupando un pezón endurecido mientras yo arqueaba la espalda, sintiendo su barba incipiente raspando deliciosamente. —¡Ay, wey! ¡Qué rico! —jadeé, enredando mis dedos en su pelo.
Lo empujé al sofá de piel, desabotonando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado, mientras él gruñía como animal en celo. —¡Mamacita, así! ¡No pares!
Me levantó como pluma, me llevó a la cama king size con sábanas de satén negro. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro: el ombligo, los muslos internos, hasta llegar a mi centro húmedo. Su lengua expertas se hundió en mí, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis jugos dulces mientras yo me retorcía, oliendo mi propia excitación mezclada con su sudor. —Jean Carlo, ¡me vengo! ¡Sí! —grité, las olas de placer rompiéndome en mil pedazos, mi cuerpo convulsionando bajo su boca.
Pero no paró. Se colocó encima, su peso delicioso aprisionándome, y entró en mí de un solo empujón profundo. —¡Estás tan apretada, tan caliente! —gimió, embistiéndome con ritmo salvaje, piel contra piel chocando con sonidos húmedos y jadeos. Sentía cada vena, cada pulgada estirándome, llenándome por completo. Mis uñas se clavaron en su espalda musculosa, dejando marcas rojas, mientras el colchón crujía y el aire se llenaba de nuestro olor a sexo puro.
Cambié posiciones, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, mis tetas rebotando al ritmo frenético. Lo miré a los ojos, esos ojos de Jean Carlo Canela que tanto adoraba en la tele, ahora fijos en mí con lujuria animal. —Córrete conmigo, carnal —le pedí, apretando mis paredes internas alrededor de él.
El clímax nos golpeó juntos: él rugiendo mi nombre, llenándome con chorros calientes y espesos, yo explotando en un orgasmo que me dejó temblando, lágrimas de placer en los ojos. Colapsamos enredados, sudados, respirando agitados. Su semen goteaba entre mis piernas, cálido y pegajoso, mientras él me besaba la frente.
—Esto fue increíble, Valeria. Mi pasión prohibida hecha realidad —murmuró, acariciando mi cabello revuelto.
Nos quedamos así horas, hablando en susurros sobre el set, la telenovela, la vida. El amanecer tiñó las cortinas de rosa, y supe que esto no era un polvo de una noche. Era el inicio de algo intenso, riesgoso, pero chingón. Al día siguiente volveríamos al foro como si nada, pero cada mirada, cada roce de maquillaje, guardaría el secreto de nuestra piel compartida.
Jean Carlo Canela, mi pasión prohibida. Y valió cada segundo de riesgo.