Pasion y Poder Capitulo 5 El Fuego de la Entrega
En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, me encuentro de nuevo con él. Soy Ana, la reina de las juntas directivas, la que cierra tratos millonarios con una sonrisa que desarma a cualquiera. Pero aquí, en este penthouse con vistas al skyline, soy solo yo, la mujer que arde por Marco. Él, con su porte de narco chic sin serlo, ese traje hecho a la medida que abraza sus hombros anchos, me mira como si fuera su próximo imperio por conquistar.
La puerta se cierra con un clic suave, y el aroma de su colonia, mezclado con el tequila reposado que trajimos de la reunión, invade el aire.
«Neta, Ana, cada vez que te veo, siento que el mundo se reduce a esto: tú y yo», me dice con esa voz grave que me eriza la piel. Me acerco, mis tacones resonando en el mármol pulido, y rozo su pecho con las yemas de los dedos. Siento su corazón latiendo fuerte, como un tambor de mariachi enloquecido.
Esta es la tensión que hemos construido en los capítulos anteriores de nuestra historia, Pasion y Poder. Capítulo 1 fue el primer roce accidental en esa gala de empresarios. Capítulo 2, la noche en que cedí un poco de control. Ahora, en el Capítulo 5, sé que la entrega será total. Pero no es rendición; es poder compartido, el tipo de fuego que nos consume a los dos por igual.
Nos besamos con hambre, sus labios firmes probando los míos, sabor a limón y sal de la costa que tanto nos gusta. Mis manos bajan por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa de seda. Él gime bajito, un sonido que vibra en mi boca y me moja entre las piernas. Chingado, cómo me prende este wey, pienso mientras lo empujo hacia el sofá de piel italiana.
Acto uno: la chispa. Nos sentamos, piernas entrelazadas, y hablamos de poder. «Tú mandas en la oficina, Ana, pero aquí... ¿quién manda?» Su mano sube por mi muslo, bajo la falda ceñida, rozando la liga de mis medias. Río, juguetona. «Nel, pendejo, aquí mandamos los dos. Pero prueba a ver si puedes conmigo.» El aire se carga de electricidad, el zumbido del aire acondicionado es lo único que rompe el silencio, salvo nuestras respiraciones agitadas.
Sus dedos encuentran mi piel desnuda, y un escalofrío me recorre la espina. Huele a deseo, ese olor almizclado que sale de nosotrxs, mezclado con el perfume floral de mi escote. Me quita la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que libera. Mis pezones se endurecen al aire fresco, y él los lame con la lengua plana, un roce húmedo que me hace arquear la espalda.
«¡Ay, cabrón, no pares!»gimo, enterrando las uñas en su nuca.
El medio tiempo llega como una ola imparable. Me pongo de pie, lo desabrocho yo misma, disfrutando el poder de verlo vulnerable. Su verga salta libre, dura como acero, venosa y palpitante. La tomo en la mano, sintiendo el calor que irradia, el pulso rápido bajo mi palma. Él jadea, ojos oscuros fijos en los míos. «Qué chingona eres, Ana. Me tienes al borde.» La pruebo con la lengua, sabor salado y masculino, recorriendo la cabeza con círculos lentos. Su gemido es ronco, las manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar.
Lo monto en el sofá, mi concha resbaladiza rozando su longitud. Nos frotamos así un rato, building la tensión, piel contra piel sudada, el sonido de carne húmeda chocando suave. El sudor perla en su pecho, y lo lamo, salado como el mar de Puerto Vallarta. Esto es poder, sentirlo temblar bajo mí, pienso mientras bajo despacio, centímetro a centímetro, su verga llenándome hasta el fondo. Un grito ahogado escapa de mi garganta; es grueso, perfecto, estirándome deliciosamente.
Cabalgamos con ritmo creciente. Sus caderas suben para encontrarme, golpes profundos que resuenan en la habitación. El sofá cruje bajo nosotros, el olor a sexo inunda todo, almizcle y jugos mezclados. Mis tetas rebotan, y él las agarra, pellizcando los pezones con justo la presión que me vuelve loca.
«Más fuerte, Marco, chingame como se debe», le ordeno, y él obedece, embistiéndome con furia contenida. Siento cada vena, cada pulso, el roce en mi punto G que me hace ver estrellas.
La intensidad sube. Cambio de posición; él me pone de rodillas en la alfombra persa, entrando por atrás. Su mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo, tirando suave para arquearme. No duele, es éxtasis. Cada estocada es un trueno, su pelvis chocando mi culo con palmadas sonoras. El espejo frente a nosotros refleja la escena: yo, jadeante, mejillas sonrojadas, él sudado y concentrado. Neta, somos dioses en esto. Su dedo roza mi clítoris, círculos rápidos, y la presión se acumula como tormenta en el Popo.
El clímax nos golpea juntos. «¡Me vengo, Ana!» gruñe, y siento su verga hincharse, chorros calientes llenándome. Mi orgasmo explota, olas de placer que me sacuden, piernas temblando, un grito largo que sale del alma. Colapso sobre la alfombra, él encima, besos suaves en mi cuello mientras las réplicas nos recorren.
El afterglow es puro terciopelo. Nos acurrucamos en la cama king size, sábanas de hilo egipcio frescas contra nuestra piel ardiente. Él me acaricia el pelo, yo trazo patrones en su pecho. «Esto es Pasion y Poder, Capitulo 5, mi amor. La entrega que nos une más.» Río bajito, el corazón lleno. Afuera, la ciudad ronronea, pero aquí estamos en nuestro reino. El aroma de nuestros cuerpos se mezcla con el café que pide room service, y sé que mañana volveremos a ser titanes en el mundo, pero esta noche... esta noche fuimos todo.
Sus labios rozan mi sien, un beso tierno. Chingón, qué bien nos sale esto. Duermo con su brazo alrededor, soñando con el Capítulo 6.