Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Fuiste Mi Vida Fuiste Mi Pasión Fuiste Mi Vida Fuiste Mi Pasión

Fuiste Mi Vida Fuiste Mi Pasión

7023 palabras

Fuiste Mi Vida Fuiste Mi Pasión

Recuerdo esa noche en la playa de Puerto Vallarta como si fuera ayer. El sol se había hundido en el Pacífico, dejando un cielo teñido de morados y naranjas que se reflejaban en las olas suaves. El aire olía a sal y a coco fresco de las bebidas que vendían los vendedores ambulantes. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo en Guadalajara, cansada pero con el corazón latiendo fuerte porque sabía que te encontraría ahí, Luis, mi carnal de toda la vida, el wey que me hacía vibrar con solo una mirada.

¿Por qué carajos regrese?, me pregunté mientras caminaba por la arena tibia, mis pies hundiéndose en ella como en una promesa blanda. Habían pasado dos años desde que terminamos, pero neta, cada vez que pensaba en ti, mi cuerpo se encendía. Eras el único que me hacía sentir viva, completa.

Te vi de lejos, recargado en una palmera, con esa camisa guayabera blanca abierta hasta el pecho, mostrando tu piel morena bronceada por el sol. Tus ojos cafés me buscaron entre la gente, y cuando me encontraron, sonrisaste con esa sonrisa pícara que siempre me derretía. Caminaste hacia mí, lento, como si supieras el efecto que causabas. El viento traía tu olor, esa mezcla de mar y colonia barata que a mí me parecía el perfume más chido del mundo.

Fuiste mi vida, fuiste mi pasión, pensé, mientras tus brazos me rodeaban fuerte, tu pecho duro contra el mío.

¡Ana, mi reina! —dijiste, tu voz ronca rozando mi oído, enviando escalofríos por mi espalda—. Neta que te extrañé, wera.

Nos besamos ahí mismo, sin importar la gente alrededor. Tus labios sabían a tequila y limón, calientes y urgentes. Mi lengua se enredó con la tuya, y sentí tu mano bajando por mi cintura, apretando mi cadera como si quisieras fundirnos. El sonido de las olas rompiendo era como el pulso acelerado de mi corazón.

La noche apenas empezaba. Caminamos por la orilla, descalzos, hablando de todo y nada. De cómo la vida nos había separado: tú con tu negocio de tours en la Riviera, yo con mi carrera en marketing. Pero el deseo estaba ahí, latiendo bajo la superficie, como la corriente submarina que te arrastra sin aviso.

Nos sentamos en una cabaña playera que rentaste, con hamacas y luces de colores colgando del techo de palma. Abriste una cerveza fría, el psssht del corcho rompiéndose rompió el silencio. Me la pasaste, tus dedos rozando los míos, y ese toque eléctrico me hizo mojarme al instante. Hablamos de los viejos tiempos, de esas noches en tu depa de Mazatlán donde nos comíamos enteros hasta el amanecer.

¿Sabes qué, Luis? —te dije, mi voz temblando un poco—. Aún sueño contigo, pendejo.

Te reíste, ese sonido grave que me erizaba la piel, y me jalaste a tu regazo. Tus manos subieron por mis muslos, bajo mi vestido ligero de algodón, tocando mi piel desnuda. No traía calzones, neta, porque sabía que te vería. Sentí tu verga endureciéndose contra mi nalga, dura como piedra, y gemí bajito.

El beso que siguió fue fuego puro. Tus labios devorándome, tu lengua explorando mi boca con hambre. Bajaste el vestido de mis hombros, exponiendo mis chichis al aire fresco de la noche. Tus dedos pellizcaron mis pezones, duros y sensibles, y el placer me recorrió como un rayo. Olía a tu sudor mezclado con el mío, ese aroma almizclado de deseo que nos volvía locos.

No pares, cabrón, rogaba en mi mente mientras me recargaba en ti, sintiendo tu corazón galopando contra mi espalda.

Te levanté la camisa, besando tu pecho ancho, lamiendo el salitre de tu piel. Tus abdominales se contrajeron bajo mi lengua, y bajé más, desabrochando tu pantalón con dientes. Tu verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado.

¡Ay, Ana, qué chingona eres! —gruñiste, tus manos enredándose en mi pelo.

Me chupaste las tetas mientras yo te mamaba, succionando fuerte, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. El sonido de mi boca en ti, húmeda y obscena, se mezclaba con tus jadeos y el rumor del mar. Me volteaste sobre la hamaca, que se mecía con nosotros, y bajaste mi vestido del todo. Tus ojos devoraron mi cuerpo desnudo, mi concha lampiña y mojada brillando bajo la luna.

Separaste mis piernas con tus rodillas, y tu lengua encontró mi clítoris como si nunca hubiéramos estado separados. Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando mis labios hinchados. Saboreé mi propio jugo en tus besos después, mientras me metías dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Grité tu nombre, arqueándome, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Pero no me dejaste correrme aún. Me pusiste de rodillas en la arena, el grano fino raspando mis rodillas de forma deliciosa. Me penetraste de una, profundo, llenándome hasta el fondo. Tu verga estirándome, golpeando mi cervix con cada embestida. Agarraste mis caderas, clavando tus dedos, y me follaste duro, el plaf plaf de piel contra piel ahogando las olas.

¡Más fuerte, Luis, rómpeme! —supliqué, mi voz ronca.

Cambiábamos posiciones como en un baile salvaje: yo encima, cabalgándote con las tetas rebotando, sintiendo tu pubis rozando mi clítoris; de lado, tu brazo alrededor de mi cuello, besándome mientras me taladrabas lento. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo frenético. Olía a sexo puro, a mar y a nosotros, ese olor que grita pasión desatada.

En el clímax, me volteaste boca abajo, me levantaste las nalgas y me entraste por atrás, lento al principio, luego bestial. Tus bolas golpeaban mi clítoris, y exploté, mi concha contrayéndose alrededor de ti en espasmos interminables. Grité, mordiendo la toalla de la hamaca, lágrimas de placer en los ojos. Tú seguiste, gruñendo como animal, hasta que te corriste dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar.

Colapsamos en la arena, jadeando, tus brazos envolviéndome protector. El mar lamía nuestros pies, fresco contra el calor de nuestros cuerpos. Te besé el cuello, saboreando el sudor salado.

Fuiste mi vida, fuiste mi pasión, susurré en tu oído, y tú me apretaste más fuerte.

Nos quedamos así horas, hablando en voz baja de lo que vendría. No prometimos eternidad, porque la vida es chingona y traicionera, pero esa noche fuimos uno. Al amanecer, con el sol besando el horizonte, nos vestimos lento, robándonos besos. Caminamos de regreso, tomados de la mano, sabiendo que aunque el mundo nos separe, esto —nuestra pasión— siempre ardería.

Desde entonces, cada ola que escucho me trae tu recuerdo, y mi cuerpo se estremece. Fuiste mi vida, fuiste mi pasión, y parte de mí siempre será tuya, carnal.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.