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Bajo el Cielo Púrpura de Roma Pasión

7062 palabras

Bajo el Cielo Púrpura de Roma Pasión

El avión aterrizó en Roma justo cuando el sol se despedía, tiñendo el cielo de un púrpura intenso, como si el universo entero se hubiera puesto cachondo. Bajé del Fiumicino con el corazón latiéndome a todo lo que daba, neta que necesitaba unas vacaciones para desconectarme de la pinche rutina de la Ciudad de México. Yo, Sofía, una morra de veintiocho pirulos que trabaja en una agencia de publicidad, había venido a Italia a soltar el estrés acumulado de un desmadre de relación que me dejó hecha mierda.

Salí del aeropuerto y agarré un taxi directo al centro. El chofer, un italiano rellenito con bigote de charro, me platicó en un spanglish culero sobre lo bella que estaba Roma esa noche. Llegué a mi hostal cerca del Coliseo, tiré las maletas y salí a caminar sin pensarlo dos veces. El aire olía a pizza recién horneada mezclada con jazmín y un toque de escape de motos. Bajo el cielo púrpura de Roma, la pasión parecía flotar en el ambiente, como invitándome a algo prohibido pero chingón.

En la Piazza Navona, llena de fuentes borboteando y turistas como hormigas, lo vi. Alto, moreno, con ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo las luces tenues. Vestía una camisa blanca arremangada, jeans ajustados que marcaban lo que traía abajo. Se llamaba Marco, un romano de treinta años, arquitecto que andaba paseando solo. Me acerqué a la fuente de los Cuatro Ríos y fingí admirar las esculturas, pero mis ojos se clavaron en él.

¿Qué pedo, Sofía? ¿Vas a ser tan pendeja de ligar con un desconocido en una ciudad ajena? Pero míralo, wey, parece sacado de una película de Fellini, con ese cuerpazo y sonrisa que te moja las chonas.

Buenas noches, signorina —me dijo con acento que me erizó la piel—. ¿Primera vez en Roma?

Le contesté en mi español mexicano con toques de inglés, y él se rio, sorprendido pero encantado. Charlamos de la Fontana di Quattro Fiumi, de Bernini, de cómo el agua sonaba como un susurro erótico. Me invitó un gelato de pistacho y fresa, cremoso y frío que se derritió en mi lengua, saboreando cada cucharada mientras el cielo púrpura se oscurecía. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de manos. Sentí su calor cuando se acercó para señalar una estatua, su aliento fresco con aroma a menta y vino tinto.

Acto seguido, me propuso caminar hacia el Tíber. —Vieni, sotto questo cielo viola, è magico —dijo, y yo, sin pensarlo, lo seguí. El río reflejaba las luces de los puentes, un olor a humedad y flores nocturnas nos envolvía. Hablamos de todo: yo de mis noches en el Zócalo bailando cumbia, él de sus veranos en la costa amalfitana. Bajo el cielo púrpura de Roma pasión latía en mis venas, un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mi entrepierna.

Primera noche en Roma y ya estoy fantaseando con este carnal. Neta, Sofía, contrólate, pero su voz ronca me hace imaginarlo encima de mí, sudado y jadeante.

Llegamos a un puente peatonal, el Ponte Sant’Angelo, con ángeles de mármol que parecían guardianes de nuestros deseos. Se detuvo, me tomó la mano y me miró fijo. —Sofía, eres fuego mexicano en esta ciudad fría. Nuestros labios se rozaron en un beso suave al principio, probando sabores: salado de la piel, dulce del gelato. Luego se volvió hambriento, lenguas danzando como en una salsa bien perrona. Sus manos en mi cintura, apretando mi cadera, y yo sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre. El mundo se redujo a ese beso bajo las estrellas que empezaban a asomarse.

—Ven a mi casa, está cerca —susurró, su voz temblando de deseo. Asentí, empapada ya, el corazón retumbando como tambores aztecas. Caminamos rápido por callejones empedrados, el eco de nuestros pasos mezclándose con mi respiración agitada. Su departamento era un ático modesto en Trastevere, con vistas al río. Olía a madera vieja, café y algo almizclado, masculino.

Entramos y la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Me empujó contra la pared, besándome el cuello mientras sus dedos desabotonaban mi blusa. —Dios, tu piel es como seda caliente —murmuró. Yo le arranqué la camisa, sintiendo sus pectorales duros, velludos, oliendo a colonia cítrica y sudor fresco. Mis uñas recorrieron su espalda, dejando marcas rojas.

¡Chingado, qué rico! Este wey sabe lo que hace, no como el pendejo de mi ex que ni me hacía correrme.

Caímos en su cama king size, sábanas de algodón fresco contra mi piel ardiente. Me quitó el brasier con dientes, lamiendo mis tetas, chupando los pezones hasta que gemí como loca. —¡Sí, Marco, así! ¡No pares, cabrón! —le grité en mi español callejero. Él rio, bajando a mi short, besando mi ombligo, mi monte de Venus. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizcle dulce y salado.

Sus dedos exploraron mi panocha, húmeda y palpitante, frotando el clítoris en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. —Eres tan mojada, mi reina mexicana —dijo, metiendo dos dedos, curvándolos justo en mi punto G. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Le bajé el zipper, saqué su verga gruesa, venosa, con la cabeza roja y brillante de precum. La lamí desde la base, saboreando su piel salada, musky, hasta tragármela entera, sintiéndola pulsar en mi garganta.

La tensión subía como lava: él lamiéndome el coño con lengua experta, chupando mis labios mayores, metiendo la nariz en mi humedad. Yo cabalgándolo con la boca, bolas en mi mano, apretando suave. Sudábamos, pieles resbalosas pegándose, olores mezclados en un afrodisíaco natural. —Te quiero dentro, ya, Marco. Fóllame duro —supliqué.

Se puso un condón —siempre responsable, qué chido— y me penetró de un jalón, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, sus embestidas profundas, el colchón crujiendo rítmicamente. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como en un rodeo, tetas rebotando, uñas en su pecho. Él desde atrás, doggy style, azotándome las nalgas con palmadas que sonaban como aplausos, jalándome el pelo suave.

El clímax se acercaba: mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, su respiración jadeante en mi oreja. —¡Me vengo, Sofía! ¡Juntos! —rugió. Explosamos al unísono, mi orgasmo como un terremoto, chorros de placer mojando las sábanas, él temblando dentro de mí, gruñendo mi nombre.

Nos quedamos tirados, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor, respiraciones calmándose. El cielo fuera ahora estrellado, pero el púrpura de la pasión seguía en nosotros. Me acarició el cabello, besó mi frente. —Qué noche, amor. Eres inolvidable.

Yo sonreí, sintiéndome empoderada, viva. Neta, Roma me regaló más que ruinas: bajo el cielo púrpura de Roma pasión encontré mi fuego de nuevo. Nos dormimos así, con el río susurrando afuera, prometiendo más amaneceres calientes.

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