Abismo de Pasión Capítulo 132
Ana se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. La pantalla del tele brillaba con Abismo de Pasión capítulo 132, esa telenovela que la tenía clavada todas las noches. La protagonista, con ojos de fuego, jadeaba en los brazos de su amante, y Ana sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas. Neta, pensó, ¿por qué carajos mi vida no es así de intensa?
Tenía treinta y dos años, un curro chido como diseñadora gráfica en una agencia fancy de la Roma, y un cuerpo que volteaba cabezas: curvas prietas, piel morena que olía a vainilla y coco de su crema favorita. Pero desde que terminó con su ex, hacía meses, el deseo era como un volcán dormido. Tocó su teléfono, vio el mensajito de Javier: ¿Ya viste Abismo de Pasión capítulo 132? Ven a mi casa, nena, y hagamos nuestro propio abismo.
Javier, su amigo de la uni, el wey que siempre la hacía reír con sus chistes pendejos, pero que en el fondo la ponía como gelatina con solo una mirada.
El timbre sonó, y su corazón dio un brinco. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca mezclado con sudor varonil que la mareó. Órale, carnal, ¿qué pedo? le dijo ella, fingiendo desinterés, pero sus pezones ya se endurecían bajo la blusa ligera.
—Vine por ti, Ana. Esa novela me tiene encabronado de ganas —rió él, entrando sin pedir permiso, con una botella de tequila reposado en la mano—. Abismo de Pasión capítulo 132 es puro fuego, pero nosotros podemos ser el incendio.
Se sentaron pegaditos en el sofá, sirviéndose tragos. El hielo tintineaba en los vasos, y el tequila bajaba ardiente por su garganta, calentándole el vientre. La tele seguía: besos salvajes, gemidos ahogados. Ana cruzó las piernas, sintiendo la humedad crecer en su panocha. Javier la miró de reojo, su mano rozando su muslo desnudo. El toque fue eléctrico, como chispas en la piel.
¿Y si me lanzo? ¿Y si este wey me hace gritar como la de la novela?
El primer acto de su noche apenas empezaba. Javier apagó la tele con un control remoto que cayó al piso. Ya valió, murmuró, y la jaló hacia él. Sus labios se encontraron suaves al principio, explorando, probando el sabor salado del tequila en la lengua del otro. Ana gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. Las manos de él subieron por su espalda, desabrochando el bra de un tirón experto. Sus tetas saltaron libres, pesadas y calientes, y Javier las tomó con hambre, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro.
—Qué rico te sientes, prieta —susurró contra su piel, su aliento caliente como el sol de mediodía en el Zócalo.
Ana arqueó la espalda, oliendo su propio aroma de excitación mezclado con el cuero del sofá. Sus dedos se enredaron en el pelo de él, jalándolo más cerca. Bajó la mano a su entrepierna, sintiendo la verga dura como piedra bajo los jeans. Carajo, qué choncha, pensó, masajeándola con la palma. Javier gruñó, un sonido animal que la hizo mojar más.
Se levantaron tambaleantes, besándose mientras caminaban al cuarto. La puerta se cerró con un clic suave, y la luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras danzantes en las paredes blancas. Ana lo empujó a la cama king size, quitándole la playera. Su torso era un mapa de músculos firmes, con un vello oscuro que bajaba hasta el ombligo. Lo besó ahí, lamiendo el sudor salado, bajando más lento, torturándolo.
—Ándale, nena, no me mates —jadeó él, voz ronca.
El segundo acto ardía con intensidad. Ana se desvistió despacio, dejándolo mirar. Sus caderas anchas, el culazo redondo que él tanto alababa en sus mensajes coquetos. Se subió a horcajadas sobre él, frotando su panocha húmeda contra la protuberancia en sus pantalones. El roce era delicioso, tela áspera contra carne sensible. Javier abrió el cierre, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. Ana la tomó, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel.
Se inclinó para lamerla, sabor musgoso y salado en la lengua, gorgojeando mientras la engullía hasta la garganta. Javier embistió suave, sus manos en su cabeza guiándola. Esto es el abismo, pensó ella, donde todo es puro instinto, puro fuego mexicano. Él la levantó, volteándola boca abajo. Sus dedos exploraron su culo, bajando a la raja húmeda. Metió dos dedos en su concha, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.
—Estás chorreando, pendeja caliente —rió él, juguetón, y ella respondió con un azote en su muslo.
—Cállate y fóllame ya, wey.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Javier se colocó detrás, restregando la verga en sus nalgas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, el sonido rebotando en las paredes. Él la llenaba por completo, caliente, pulsante. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio: él saliendo casi todo, volviendo a hundirse profundo. El slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo, sudor y feromonas llenando el aire.
Ana giró la cabeza, viéndolo en el espejo del clóset: su cara de éxtasis, pelo revuelto, tetas balanceándose. Soy diosa esta noche, se dijo. Aceleraron, Javier agarrando sus caderas, embistiendo fuerte. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando ondas de placer. Ella metió una mano abajo, frotándose el botón hinchado, círculos rápidos.
Ven, cabrón, dame todo. Este es nuestro abismo de pasión, capítulo 132 de puro desmadre.
El clímax se acercaba como avalancha. Javier gruñó más fuerte, su verga hinchándose dentro. Ana sintió el orgasmo nacer en el estómago, expandiéndose como fuego líquido. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, concha apretando como puño. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándola, gimiendo como poseído. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor.
En el afterglow, el tercer acto trajo paz. Javier la abrazó por detrás, besando su cuello salado. El olor de sus cuerpos mezclados era embriagador, como mezcal ahumado. Ana sonrió, sintiendo su verga semi-dura aún dentro, un recordatorio juguetón.
—Qué chido fue eso, carnal —murmuró ella, volteando para besarlo lento, saboreando el eco del placer.
—Y esto es solo el principio del abismo, nena. Mañana, capítulo 133.
Se durmieron enredados, con la luna colándose por las cortinas, prometiendo más noches de pasión infinita. Ana cerró los ojos, el corazón latiendo satisfecho, sabiendo que había caído voluntaria en ese vórtice de deseo que las definía.