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El Actor de Diario de una Pasión en Mi Piel

7219 palabras

El Actor de Diario de una Pasión en Mi Piel

Estaba sentada en el balcón de mi depa en la Condesa, con el calor de la noche mexicana pegándome en la cara como un beso ardiente. El DF bullía allá abajo, con sus cláxones lejanos y el olor a taquitos de la esquina subiendo hasta mí. Yo, Ana, una chava de veintiocho pirulos que trabajaba en una galería de arte, no podía dejar de hojear mi diario de una pasión. Ahí escribía todo: mis fantasías, mis antojos, mis noches solas con el vibrador zumbando entre las piernas. Esa noche, el protagonista de mis garabatos era él, el actor de Diario de una Pasión, esa telenovela que me tenía clavada al sofá todas las tardes. Se llamaba Diego, con esos ojos verdes que te miraban como si te estuvieran desnudando el alma, y un cuerpo que prometía pecados deliciosos.

Todo empezó una semana antes, en la premier de la nueva temporada. Yo había sacado boleto por pura curiosidad, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa cachonda. El teatro estaba a reventar de fans gritonas, el aire cargado de perfume caro y sudor nervioso. Cuando Diego subió al escenario, su voz grave retumbó: "Gracias, carnales, por venir a ver cómo se arma esta pasión". Órale, mi corazón dio un brinco. Me miró directo a mí, o eso creí, y sentí un cosquilleo entre las piernas, como si su mirada ya me estuviera tocando.

Neta, Ana, ese wey es el actor de mis sueños sucios. Imagínatelo encima de ti, sudando, gimiendo tu nombre mientras te parte en dos. Escribe eso en tu diario, no seas pendeja.

Acto seguido, en el coctel después, nos topamos en la barra. Pedí un margarita helado, y él se acercó con esa sonrisa de galán. "¿Tú eres la de los ojos que brillan como estrellas en el desierto?", me soltó, su aliento oliendo a tequila añejo. Nos pusimos a platicar de la novela, de cómo él interpretaba a ese tipo apasionado que no se raja por nada. Yo le confesé que su personaje me ponía caliente, que lo veía y me imaginaba en sus brazos. Él se rio, bajo, ronco: "¿Y si te digo que el actor de Diario de una pasión es igual de intenso en la vida real?". Mi piel se erizó, el roce de su mano en mi brazo fue eléctrico, como un chispazo que me recorrió hasta el clítoris.

Ahí empezó la tensión, wey. Caminamos por las calles empedradas de la Roma, el viento nocturno levantando mi falda, revelando mis muslos suaves. Hablábamos de todo: de cómo el set de grabación lo ponía cachondo con todas las escenas de besos, de mis pinturas eróticas inspiradas en cuerpos entrelazados. Su mano rozaba la mía, casual pero intencional, y yo sentía el pulso acelerado en mi cuello, el olor de su colonia mezclándose con mi aroma a jazmín. Llegamos a mi depa, y en la puerta, me acorraló contra la pared. "¿Me dejas entrar a tu mundo, Ana?", murmuró, sus labios a milímetros de los míos. Asentí, temblando de puro deseo, y lo jalé adentro.

En el sillón, las cosas escalaron lento, como buen guionista. Nos besamos primero suave, sus labios carnosos saboreando los míos con tequila y menta. Su lengua exploró mi boca, profunda, haciendo que gimiera bajito. "Chula, tienes un sabor que me enloquece", gruñó, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando el vestido. Yo le quité la camisa, revelando un pecho moreno, pectorales duros que olían a sudor fresco y hombre. Mis uñas rasguñaron su piel, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la sala, mezclado con el zumbido del ventilador.

Es él, el actor de Diario de una pasión, tocándome como si yo fuera su escena favorita. Mi cuerpo arde, mi coño palpita pidiendo más. No pares, Diego, hazme tuya.

Lo empujé al sillón y me subí a horcajadas, frotándome contra su verga dura que ya asomaba por los pantalones. La tela áspera rozaba mi ropa interior empapada, enviando ondas de placer. Él me amasó las nalgas, fuerte, posesivo: "Estás mojada para mí, ¿verdad, mi reina?". Sí, neta, chorreaba. Le bajé el zipper, liberando su miembro grueso, venoso, latiendo en mi mano. Lo apreté, sintiendo el calor pulsante, el precum salado en mi lengua cuando lo lamí de la punta. Él jadeó, arqueando la espalda: "¡Órale, qué chingona boca tienes!". Lo chupé despacio, saboreando cada centímetro, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos.

Pero no quería acabar ahí. La tensión crecía, mis pezones duros rozando su pecho mientras lo montaba. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas firmes, y las devoró con la boca, succionando fuerte hasta que grité de placer. Sus dientes mordisqueaban, su lengua giraba, y yo me mecía contra él, mi clítoris hinchado frotándose en su pubis. "Te quiero adentro, Diego, fóllame como en tus escenas", le rogué, voz ronca. Él me volteó, poniéndome de rodillas en el sillón, mi culo en pompa. Sentí sus dedos abriéndome, explorando mi humedad, metiéndose uno, dos, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

El aire estaba espeso con nuestro olor a sexo, el slap de su mano en mi nalga resonando. Entró en mí de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué rico!", gemí, mi pared vaginal apretándolo como guante. Empezó a bombear, rítmico, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sudor nos unía, piel resbaladiza, sus manos en mis caderas guiándome. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, el placer subiendo como ola. Sus gruñidos en mi oído: "Eres mi pasión, Ana, mi diario vivo". Me volteó de nuevo, misionero, para mirarnos. Sus ojos verdes clavados en los míos, mientras me penetraba más fuerte, mi coño contrayéndose alrededor de él.

La intensidad psicológica era brutal. Pensaba en todas las noches soñando con este momento, en cómo él, el actor de Diario de una pasión, ahora era mío, real, sudado, gimiendo mi nombre. Mi orgasmo llegó primero, explosivo, ondas de éxtasis recorriéndome desde el útero hasta las yemas de los dedos. Grité, arañándole la espalda, mi jugo empapando las sábanas que habíamos arrastrado al piso. Él se corrió segundos después, profundo dentro de mí, su verga hinchándose, chorros calientes llenándome mientras rugía como bestia.

Nos quedamos así, enredados, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el olor de nuestro clímax flotando. Me besó la frente, suave: "Esto no es solo una noche, chula. Eres mi nueva pasión". Yo sonreí, exhausta, satisfecha. Saqué mi diario de la mesita, y mientras él dormía, escribí:

La noche con el actor de Diario de una pasión superó cualquier fantasía. Su piel en la mía, su sabor en mi boca, su esencia en mí. Esto es el principio de mi propia historia ardiente.

El sol de la mañana entró por la ventana, tiñendo todo de oro. Diego se despertó y me hizo el amor de nuevo, lento, tierno, sellando lo nuestro. Sabía que esto no acababa aquí; mi diario tenía páginas por llenar con él.

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