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Rae Pasion Desatada

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Rae Pasion Desatada

La noche en Puerto Vallarta estaba caliente como el infierno, con el aire cargado de sal marina y el ritmo de la cumbia retumbando desde los altavoces de la playa. Yo, Marco, un chamaco de Guadalajara que andaba de vacaciones, me senté en la barra de un palaperro con una cerveza helada en la mano, observando el vaivén de cuerpos bailando bajo las luces neón. Ahí la vi por primera vez: Rae Pasión, con su piel morena brillando como aceite de coco, el cabello negro suelto cayéndole por la espalda hasta la cintura, y un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo como si fuera esculpido por los dioses aztecas.

Órale, wey, ¿quién es esa mamacita? pensé, mientras mi pulso se aceleraba solo de mirarla. Ella se movía con una gracia felina, las caderas ondulando al son de la música, y sus ojos cafés, profundos como el Pacífico, escaneaban la multitud hasta que se clavaron en los míos. Sonrió, una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos, y se acercó contoneándose, el aroma de su perfume —jazmín mezclado con algo salvaje— invadiendo mi espacio.

¿Qué onda, guapo? ¿Me invitas una chela o qué?
dijo con esa voz ronca, mexicana de pura cepa, con acento norteño que me erizó la piel.

Le pasé una cerveza sin pensarlo dos veces. —

Claro que sí, preciosa. Me llamo Marco. ¿Y tú?

Rae Pasión
, respondió, lamiéndose los labios rojos mientras chocaba su botella con la mía.
Neta, mi apellido es Pasión, pero todos me dicen Rae. ¿Vienes mucho por acá?

Charlamos un rato, riéndonos de tonterías. Ella era de Mazatlán, una chava independiente que trabajaba en un spa de lujo, masajeando cuerpos adinerados todo el día. Hablaba con esa franqueza sinaloense, soltando pendejadas que me hacían carcajear. Pero debajo de las risas, había una chispa, un roce accidental de sus dedos en mi brazo que mandaba descargas eléctricas directo a mi entrepierna. El sudor de la noche nos pegaba la ropa a la piel, y yo no podía dejar de imaginar cómo se sentiría esa piel morena bajo mis manos.

La banda cambió a un bolero lento, y Rae me jaló de la mano. —

¡Baila conmigo, Marco! No seas rajón.

En la pista, sus tetas se apretaban contra mi pecho, su aliento cálido en mi cuello olía a tequila y menta. Sus caderas se frotaban contra las mías en un ritmo hipnótico, y sentí su calor a través de la tela delgada. Chingado, esta mujer es fuego puro, pensé, mientras mi verga se ponía dura como piedra. Ella lo notó, porque se pegó más y susurró en mi oído:

—Siento que te gusto, ¿verdad? Neta, me encanta un hombre que no se anda con mamadas.

La tensión crecía con cada giro, cada roce. Sus manos bajaban por mi espalda, arañando levemente, y yo las ponía en su cintura, sintiendo los músculos firmes debajo. El olor a mar, arena y su excitación —ese almizcle dulce que emana una mujer cachonda— me volvía loco. Al final de la canción, nos besamos por primera vez: labios suaves, lengua juguetona invadiendo mi boca con sabor a cerveza y deseo. Fue como una explosión, mi corazón latiendo a mil.

Vámonos de aquí
, jadeó ella, ojos brillando. —
Mi hotel está cerca.

Salimos tambaleándonos, riendo como pendejos, el viento nocturno refrescando nuestra piel ardiente. Caminamos por la playa, arena fría entre los dedos de los pies, olas rompiendo suaves. En el lobby del hotel, un lugar chido con palmeras y luces tenues, nos devoramos con la mirada mientras subíamos en el elevador. Apenas cerró la puerta de su habitación, Rae me empujó contra la pared, sus uñas clavándose en mi pecho.

Esto es Rae Pasión en su máxima expresión, me dije, mientras le arrancaba el vestido rojo. Debajo, solo un tanga negro y nada más. Sus pechos perfectos, tetas grandes y firmes con pezones oscuros ya duros, rebotaban libres. La besé por todo el cuello, bajando a morderle suave un pezón, saboreando la sal de su piel. Ella gemía bajito,

¡Ay, cabrón, qué rico!
, enredando sus dedos en mi pelo.

La tiré en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra nuestra piel caliente. Le quité el tanga despacio, oliendo su coño húmedo, ese aroma embriagador de mujer lista. —

Te voy a comer hasta que grites
, le dije, y ella abrió las piernas, exponiéndose sin pudor.

Mi lengua exploró cada pliegue, lamiendo su clítoris hinchado, saboreando sus jugos dulces y salados. Rae arqueaba la espalda, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, el sonido de sus jadeos llenando la habitación como música erótica.

¡Sí, así, Marco! ¡No pares, pendejo!
gritaba, mientras sus caderas se movían contra mi boca. La penetré con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía convulsionar, su coño apretándome fuerte, chorreando.

Pero ella no era de las que se queda atrás. Me volteó como si nada, una amazona sinaloense, y me sacó la verga de los pantalones. —

Mira qué chingona está esta madre
, dijo admirándola, antes de metérsela a la boca. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, chupando con fuerza, saliva resbalando por el tronco. Sentí sus dientes rozando suave, el calor de su garganta cuando se la tragó hasta el fondo. Mis bolas se tensaban, el placer subiendo como lava.

No aguanto más, pensé, pero quise hacerla mía de verdad. La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Escupí en mi mano, lubricando mi verga, y la penetré despacio. Su coño estaba mojadísimo, caliente, envolviéndome como un guante de terciopelo. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera, el slap-slap de piel contra piel, sus gemidos convirtiéndose en gritos.

¡Más fuerte, wey! ¡Cógeme como hombre!
exigía, empujando hacia atrás. Aceleré, agarrando sus caderas, el sudor goteando de mi frente a su espalda. El cuarto olía a sexo puro: almizcle, sudor, tequila de antes. Sus paredes internas me ordeñaban, y yo la azotaba suave el culo, rojo marcándose en su piel morena. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jineteza, tetas rebotando hipnóticas, uñas arañándome el pecho. Yo le chupaba los pezones, mordiendo, mientras ella giraba las caderas, su clítoris frotándose contra mi pubis.

La tensión era insoportable, mi orgasmo construyéndose como tormenta. —

Voy a venirme, Rae
, gruñí.

¡Dentro, cabrón! Lléname
, jadeó ella, acelerando. Exploto dentro de ella, chorros calientes inundándola, mientras su coño se contraía en oleadas, viniéndose conmigo, gritando mi nombre. Nos quedamos así, unidos, pulsando juntos, el mundo desvaneciéndose en éxtasis.

Después, recostados en la cama revuelta, piel pegajosa de sudor y fluidos, Rae se acurrucó en mi pecho, su respiración calmándose. El sonido de las olas lejanas entraba por la ventana abierta, brisa fresca secando nuestro cuerpos. Le besé la frente, oliendo su cabello.

Eres increíble, Marco. Neta, Rae Pasión encontró su match
, murmuró, riendo suave.

Yo sonreí, acariciando su espalda. Esta noche cambió todo, pensé. No era solo un polvo; había conexión, esa pasión cruda mexicana que quema pero deja huella. Nos dormimos así, envueltos en sábanas y promesas de más noches como esta, el amanecer tiñendo el cielo de rosa sobre el mar.

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