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La Pasión de Cristo Premios Noche de Fuego

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La Pasión de Cristo Premios Noche de Fuego

El salón del teatro en Polanco bullía de luces neón y murmullos excitados. La Pasión de Cristo Premios, el evento más guarro y esperado del año en la escena adulta mexicana, estaba a reventar. Lupe caminaba del brazo de Javier, su carnal de toda la vida, sintiendo las miradas calientes clavadas en su cuerpo. Llevaba un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera una segunda piel, el escote profundo dejando ver el valle de sus chichis firmes. Javier, con su traje negro ajustado, lucía como un galán de telenovela, su verga ya medio parada solo de olerle el perfume dulzón que ella se había echado.

Qué chido estar aquí, pensó Lupe mientras subían la alfombra roja. Habían mandado un video casero a la competencia, una mamada intensa en su depa de la Roma, donde Javier la había cogido como animal hasta dejarla temblando. Neta, si ganaban el premio a la Mejor Pasión Amateur, sería la neta. El aire olía a colonia cara, sudor anticipado y algo más, un aroma almizclado de excitación colectiva.

—Estás bien rica esta noche, mamacita —le susurró Javier al oído, su aliento caliente rozándole la oreja, mandándole escalofríos hasta la panocha.

—Cállate, pendejo, que ya me tienes mojadita —respondió ella riendo bajito, apretándole el brazo. Sus tacones repiqueteaban en el piso de mármol, y cada paso hacía que sus nalgas se meneen hipnóticas.

Se sentaron en la tercera fila, rodeados de parejas igual de calientes: actrices porno premiadas, productores con sonrisas lobunas y fans disfrazados de santos pecadores, un guiño chusco al nombre del evento. La Pasión de Cristo Premios era una parodia deliciosa, celebrando el sexo como la verdadera redención. El presentador, un wey moreno y musculoso, salió al escenario con un micrófono en forma de verga, y el público estalló en carcajadas y aplausos.

¿Y si no ganamos? No mames, Lupe, relájate. Lo que sea, esta noche te voy a partir en dos.

La ceremonia empezó con premios menores: mejor mamada deep throat, mejor anal extremo. Cada ganador subía, besaba a su pareja en la boca con lengua y todo, y el público gritaba ¡órale! y ¡qué rico!. Lupe sentía el calor subiendo por sus muslos, la tanguita ya empapada. Javier le ponía la mano en la pierna, subiendo despacito, rozando la piel suave hasta llegar al borde del vestido.

—Para, cabrón, que aquí todos nos ven —dijo ella, pero abriendo un poquito las piernas para que sus dedos juguetearan.

El momento llegó cuando anunciaron la categoría suya. El presentador leyó: Y los nominados para la Mejor Pasión Amateur son... Lupe y Javier, con su video que nos dejó a todos con la verga dura y la concha chorreando. El salón rugió. Lupe sintió el corazón latiéndole en la garganta, el pulso acelerado mandando ondas de calor a su clítoris hinchado.

Salieron al escenario entre flashes y silbidos. Javier la abrazó por la cintura, su erección presionando contra su cadera. Recibieron la estatuilla dorada, una virgen de la pasión con forma fálica, y dieron un speech corto.

—Gracias a todos, pero el verdadero premio es cogernos como locos cada noche —dijo Javier, y Lupe soltó una risa nerviosa, besándolo con hambre.

De vuelta en sus asientos, la adrenalina los tenía poseídos. Javier la jaló hacia el pasillo oscuro del fondo, donde las sombras los cubrían. Sus bocas se encontraron en un beso brutal, lenguas enredadas, saboreando el tequila de la copa que ella había tomado. Él le amasó las nalgas, metiendo la mano bajo el vestido, encontrando la tanga empapada.

—Estás chorreando, mi reina —gruñó él, frotando su chochito por encima de la tela.

—Es por ti, wey. Llévame de aquí antes de que me coja alguien más.

La ceremonia seguía, pero ellos se escabulleron al lobby, subieron al elevador del hotel contiguo. El espejo reflejaba sus caras enrojecidas, el deseo puro en los ojos. Javier la empotró contra la pared del elevador, mordiéndole el cuello, oliendo su sudor mezclado con perfume de jazmín. Sus manos le bajaron el vestido, liberando los pezones duros como piedras, chupándolos con avidez. Lupe gimió, el sonido rebotando en el espacio cerrado, su mano bajando al bulto de sus pantalones.

—Qué grande la tienes, papi. Quiero sentirla ya.

El ding del elevador los sacó del trance. Corrieron al cuarto premiado, una suite lujosa con vista a la ciudad iluminada, cama king size y pétalos de rosa esparcidos. La puerta se cerró con un clic, y explotaron.

Javier la tumbó en la cama, arrancándole el vestido como si fuera papel. Lupe quedó en tanga y medias, su piel morena brillando bajo la luz tenue. Él se quitó la ropa a tirones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la cabeza reluciente de precum. Ella se lamió los labios, gateando hacia él, tomándola en la mano, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos.

Neta, este wey me vuelve loca. Su verga es mi religión.

—Chúpamela, Lupe. Como en el video.

Ella obedeció, abriendo la boca, engulléndola hasta la garganta. El sabor salado la enloqueció, el olor a macho puro invadiendo sus fosas nasales. Javier le agarró el pelo, follando su boca con ritmo, gimiendo ¡qué chida mamada!. Saliva chorreaba por su barbilla, los sonidos húmedos llenando la habitación. Pero ella quería más.

—Cógeme ya, no mames —suplicó, echándose de espaldas, abriendo las piernas.

Él se posicionó, frotando la verga contra su raja mojada, el clítoris palpitando al contacto. Entró de un empujón, llenándola por completo. Lupe arqueó la espalda, gritando de placer, las uñas clavándose en su espalda musculosa. El ritmo empezó lento, saboreando cada centímetro, el sonido de piel contra piel como un tambor primitivo. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

—Más duro, Javier. Rompe mi panocha.

Él aceleró, embistiéndola como un toro, sus bolas golpeando su culo. Lupe sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el placer acumulándose en oleadas. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como jinete, sus chichis rebotando, el cabello revuelto pegado a la frente sudorosa. Javier le amasaba las nalgas, metiendo un dedo en su ano, mandándola al borde.

—Me vengo, cabrón... ¡ahí viene!

El orgasmo la sacudió como terremoto, su concha contrayéndose alrededor de la verga, chorros de jugo empapando las sábanas. Javier no aguantó, sacándola y explotando en su panza, chorros calientes pintándola blanca. Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono.

En el afterglow, Lupe acariciaba su pecho, oliendo su piel salada.

—Ganamos el premio, pero esto es lo mejor de La Pasión de Cristo Premios.

—Simón, mi amor. Y lo repetiremos hasta el amanecer.

La ciudad brillaba afuera, pero dentro, solo existían ellos, en su propio paraíso de pasión.

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