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Enredadera Flor de la Pasión

7395 palabras

Enredadera Flor de la Pasión

El sol de la tarde en Morelos te envuelve como un abrazo cálido mientras caminas por el jardín de la hacienda familiar. Las enredaderas trepan por las paredes de adobe, sus flores moradas y blancas desplegándose como lenguas sedientas. Enredadera flor de la pasión, piensa tu mente, recordando el nombre que tu abuela le daba a esa planta que parece viva, que se enreda y no suelta. El aire huele a tierra húmeda y a jazmín mezclado con ese dulzor exótico de las pasionarias, un aroma que te eriza la piel de los brazos.

Tú, Karla, de treinta años, has regresado de la ciudad para unas vacaciones. La hacienda es tu refugio, un lugar de chamba olvidada y recuerdos que bullen como el pulque fresco. Ahí está él, Luis, el jardinero que lleva años cuidando estos jardines. Alto, moreno, con brazos fuertes de tanto podar y cavar, su camisa pegada al pecho por el sudor. Lo ves agachado junto a la enredadera, sus manos callosas rozando los pétalos con una ternura que te hace tragar saliva.

Órale, ¿por qué carajos me pongo así nomás de verlo?, piensas, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no esperabas.
Te acercas, fingiendo interés en las flores. —Neta, Luis, esa enredadera flor de la pasión está preciosa este año. ¿Cómo le haces pa' que crezca tan frondosa? Le preguntas con voz juguetona, notando cómo sus ojos oscuros suben por tus piernas desnudas bajo el vestido ligero de algodón.

Él se endereza, sonriendo con esa dentadura blanca que contrasta con su piel bronceada. —Es cuestión de mimos, Karla. Hay que regarla con cuidado, tocarla suave pa' que se abra. Como todo lo que vale la pena. Su voz grave vibra en el aire, y sientes el calor subir a tus mejillas. Hay una chispa ahí, un roce de miradas que dura un segundo de más. El viento mueve las hojas, un susurro verde que parece conspirar con vuestros cuerpos.

Pasan los días en esa danza sutil. Mañanas regando juntos, risas por anécdotas del pueblo. —Eres bien chida, Karla. No como las de la ciudad que nomás pasan de largo, te dice una tarde mientras comparten un elote asado en el patio. El maíz caliente quema tus labios, jugo dulce chorreando por tu barbilla, y él lo limpia con el pulgar, un toque que envía electricidad por tu espina. Su piel áspera contra la tuya, olor a tierra y hombre.

La tensión crece como la enredadera misma. Noches en que te despiertas sudando, imaginando sus manos enredándose en tu cuerpo.

¿Y si lo busco? Neta, Karla, ¿qué te pasa? Pero pinche deseo que no me deja en paz.
Una mañana, bajo la lluvia ligera que refresca el aire con olor a petricor, lo encuentras podando la enredadera flor de la pasión. El agua resbala por su cuello, empapando la camisa que se pega a sus músculos. No aguantas más.

—Luis, ¿me ayudas con algo adentro? Se me mojó todo. Tu voz sale ronca, invitadora. Él asiente, ojos brillando. Entran a la casita de herramientas, un espacio íntimo lleno de ollas de barro y semillas. El olor a madera húmeda y flores marchitas los envuelve. Cierras la puerta, el clic del cerrojo como un suspiro contenido.

Se miran, el agua goteando de sus cabellos. —Karla, ¿neta quieres esto? Porque yo ya no aguanto verte así, tan cerca y tan lejos. Su confesión te derrite. Asientes, mordiéndote el labio. Simón, Luis. Te quiero desde el primer día. Enrédate en mí como esa flor de la pasión.

Sus labios chocan contra los tuyos, urgentes pero tiernos. Sabe a lluvia y a café de olla, un sabor rústico que te hace gemir bajito. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajan a tus caderas, apretando la carne suave bajo el vestido mojado. Sientes su dureza presionando contra tu vientre, un pulso caliente que responde al tuyo. El roce de su barba incipiente en tu cuello te arranca un jadeo, piel erizada como las hojas bajo el viento.

Te quita el vestido con delicadeza, como si pelara una fruta madura. Tus pechos se liberan, pezones endurecidos por el fresco y el deseo. Él los besa, lengua caliente lamiendo, succionando con un chup chup que resuena en el cuartito.

¡Qué rico, wey! Me vas a volver loca.
Tus dedos se hunden en su cabello negro, húmedo y revuelto. Bajas la mano, desabrochas su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, y él gruñe contra tu piel.

Caen al catre viejo, colchón hundido que cruje bajo su peso. Tus piernas se abren instintivamente, invitándolo. Él se arrodilla, besa tu interior de muslos, mordisqueando suave. El olor de tu arousal llena el aire, almizclado y dulce como las pasionarias. Su lengua encuentra tu clítoris, lamiendo en círculos lentos, luego rápidos. Sientes las contracciones, el calor subiendo desde el vientre. —Más, Luis, no pares, pinche rico, gimes, caderas moviéndose contra su boca. Él introduce un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que te hace arquear la espalda. El sonido húmedo de tu excitación, sus labios chupando, te llevan al borde.

Pero no te deja ir aún. Se incorpora, ojos fijos en los tuyos. —Mírame, Karla. Quiero verte cuando te entre. Te penetra despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento delicioso, su grosor rozando cada nervio. Gritas bajito, uñas clavándose en sus hombros. Empieza a moverse, embestidas profundas, rítmicas, el catre golpeando la pared con un thud thud que marca el pulso acelerado de vuestros corazones.

El sudor perla sus cuerpos, salado en la lengua cuando lo besas. Sientes sus bolas golpeando tu piel, el roce de vello púbico contra tu monte. Cambian posiciones; tú encima, cabalgándolo como una amazona. Tus pechos rebotan, él los aprieta, pellizca pezones.

¡Ay, cabrón, qué chingón se siente! Esta enredadera nos tiene atrapados.
Aceleras, moldeando tus caderas en círculos, su verga golpeando profundo. Él te sujeta las nalgas, guiándote, gruñendo tu nombre.

La intensidad sube, espiral de placer. Tus paredes lo aprietan, contracciones previas al clímax. —Ya vengo, Luis, ¡órale! Explotas, olas de éxtasis sacudiendo tu cuerpo, jugos empapando sus caderas. Él te sigue segundos después, embistiendo fuerte, llenándote con chorros calientes que sientes palpitar dentro. Gime ronco, cuerpo temblando bajo el tuyo.

Colapsan juntos, respiraciones entrecortadas llenando el silencio. Su mano acaricia tu espalda, trazando espirales perezosas. El aroma de sexo y tierra impregna el aire, mezclado con el dulzor lejano de la enredadera flor de la pasión que trepa por la ventana entreabierta. Flores violetas asomando como testigos mudos.

—Eres mi flor, Karla. La más hermosa y apasionada. Murmura contra tu cabello. Tú sonríes, besando su pecho salado.

Neta, esto es lo que necesitaba. Enredados pa' siempre.
Salen al jardín al atardecer, manos entrelazadas. La enredadera parece más viva, pétalos abiertos en éxtasis perpetuo. El sol pinta el cielo de naranjas y rosas, un afterglow que refleja el de vuestros cuerpos. En Morelos, bajo esas enredaderas, has encontrado tu pasión verdadera, un lazo que no se rompe.

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